Héctor Palma - Salvajes y civilizados

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Una soleada mañana de enero de 1833, por uno de los canales al sur de la Tierra del Fuego un buque inglés navega junto a un bote más pequeño. Los nativos de la zona, mediante gritos y humo, rápidamente se comunican entre sí la novedad y comienzan a aparecer decenas de canoas con cientos de ellos para observar la extraña aparición. Curiosos y amigables la mayoría, algo agresivos otros, observan el bote más pequeño que acerca a la orilla a tres fueguinos (dos varones y una mujer) que regresan a su tierra luego de haber pasado casi un año en Londres. Para sorpresa de los compatriotas que los reciben casi desnudos, estos tres visten ropa europea, tienen el cabello cortado, hablan inglés y traen consigo juegos de té de porcelana, ropa blanca de cama, sombreros y vestidos.Esta singular escena es solo una pequeña parte de una historia más extensa que estaba destinada al olvido en el tiempo y en el inhóspito extremo suramericano si no fuera porque ocupa extensos pasajes de los diarios de viaje de los dos protagonistas ingleses de la misma historia: el capitán de la expedición Robert Fitz Roy y el naturalista de a bordo y, con el tiempo, uno de los científicos más influyentes del mundo moderno, Charles Darwin. Pero además de esos testimonios directos, a lo largo de casi dos siglos se ha instalado una versión más o menos estándar repetida una y otra vez con una cantidad de supuestos y errores que merecen ser revisados y reevaluados. Reconstruir esta historia y, sobre todo, revisarla críticamente, es el objetivo de este libro.

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Para la segunda expedición se destinó inicialmente (luego se fueron agregando otras naves, como ya se mencionó) solo el Beagle con algunas modificaciones estructurales con respecto al viaje anterior y que, según la enumeración que hace el propio Fitz Roy, zarpó con el joven naturalista Charles Darwin, trece tripulantes –entre oficiales y sus asistentes–, un médico, un carpintero, siete particulares, treinta y cuatro marineros, seis grumetes, un sirviente de Darwin (Syms Covington, quien lo acompañó en los múltiples viajes a caballo en Uruguay, Chile y Argentina), el reverendo Richard Matthews, el ya entonces reconocido pintor Augustus Earle (quien renunció a la expedición en Montevideo y fue reemplazado por Conrad Martens, autor de algunas de las más conocidas pinturas de la expedición, pero que también se retiró de la travesía en 1834, en Chile) y los tres fueguinos. Como es natural, a lo largo de cinco largos años hubo algunos cambios en el personal de a bordo.

Darwin enumera, en el primer párrafo de su Diario , de manera muy sucinta, los objetivos 3del viaje del H.M.S. Beagle :

[C]ompletar el reconocimiento de Patagonia y Tierra del Fuego, comenzado bajo la dirección del capitán King de 1826 a 1830; hacer un estudio de las costas de Chile, Perú y de algunas islas del Pacífico, y efectuar una serie de medidas cronométricas por todas partes del mundo. (Darwin, 1892: 267)

Como ya se ha señalado, la doble expedición británica forma parte de una larga serie de viajes por distintas regiones del planeta y obedece a la estrategia de expansión diseñada y llevada a cabo a lo largo del siglo XIX (que algunos historiadores denominan el “siglo imperial”) con el resultado conocido: el Imperio británico –el más extenso de la historia– llegó a dominar hacia principios del siglo XX aproximadamente al 25% de la población y el 20% del territorio mundial, sin contar otras formas de dominación diplomática y comercial. Aunque América quedó exenta, en el último tercio del siglo XIX se consolidan los imperios coloniales que anexaron, formal y administrativamente, una enorme cantidad de territorios alrededor del mundo en manos de las principales potencias europeas (Reino Unido, Italia, Alemania, Francia, Países Bajos y Bélgica) y Estados Unidos. En buena medida, esos territorios surgieron de la desintegración de los imperios español y portugués.

De los cinco años que duró el segundo viaje, aproximadamente un año transcurrió en el actual territorio argentino, ya que el 24 de julio de 1833 indica Darwin en su Diario que la expedición zarpó desde Maldonado en Uruguay con rumbo hacia el sur, y el 10 de junio de 1834, por su parte, relata que a través del estrecho de Magallanes el Beagle pasó al océano Pacífico rumbo a la región central de Chile. Incluso permaneció unos pocos días en Mendoza luego de cruzar los Andes desde Chile. 4Al período “argentino” le dedicó ocho de los veintiún capítulos de su Diario .

Los protagonistas: Robert Fitz Roy, Charles Darwin y los fueguinos

Muchos años después, un Darwin ya anciano reflexiona acerca del viaje en el Beagle en su autobiografía:

[H]a sido con mucho el acontecimiento más importante de mi vida y ha determinado toda mi carrera […] le debo a esa travesía la primera educación o educación real de mi mente; me vi obligado a prestar gran atención a diversas ramas de la historia natural y gracias a eso perfeccioné mi capacidad de observación, aunque siempre había estado bastante desarrollada […] Hoy día, lo que más vivamente me viene a la memoria es el esplendor de la vegetación de los trópicos; aunque la sensación de sublimidad que excitaron en mí los grandes desiertos de la Patagonia y las montañas cubiertas de bosques de la Tierra del Fuego ha dejado una impresión indeleble en mi mente. La vista de un salvaje desnudo en su tierra natal es algo que no se puede olvidar nunca. 5(Darwin, 1892 [1997: 65])

Charles R. Darwin, hijo y nieto de médicos, nació el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury (Inglaterra) y murió, víctima de una cardiopatía, el 19 de abril de 1882. Provenía de una acomodada familia y a los dieciséis años fue enviado por su padre a estudiar medicina a la Universidad de Edimburgo, junto con su hermano Erasmus. Luego de dos años en Edimburgo, su padre se enteró del desinterés de Charles por la medicina y decidió enviarlo a realizar la carrera eclesiástica a Cambridge. Tampoco allí encontró su vocación. No obstante, y al igual que le había ocurrido en Edimburgo, Darwin estableció gran cantidad de contactos, sobre todo con geólogos y botánicos. Como sentía gran afición por las ciencias naturales, el profesor John S. Henslow lo instó a estudiar geología con Adam Sedgwick.

Era habitual que las expediciones contaran con un naturalista, es decir, alguien encargado de recoger muestras de plantas y animales desconocidos y realizar observaciones geológicas. Ese puesto correspondía, por una tradición de la Armada británica, al cirujano de la nave que, en el caso del Beagle , era Robert McCormick, quien también estaba interesado y preparado para el puesto y la tarea de recolección de especies biológicas y cuestiones geológicas. Pero el capitán Fitz Roy no lo consideró la persona adecuada, quizá por su carácter reacio a aceptar órdenes, quizá por su origen irlandés. Sin embargo, lo más probable es que, como bien señala Stephen Jay Gould, dada la tradición de los capitanes de no relacionarse con sus subordinados (salvo para cuestiones estrictamente referidas al barco y la travesía) y el temor a estar varios años aislado –luego de la traumática experiencia de Stokes en el viaje anterior–, Fitz Roy haya querido designar un supernumerario que, aunque se tratase de un desconocido para él, perteneciera a su misma clase social. Por ello, le pidió al profesor Henslow que le recomendara a alguien, 6y este le nombró a Darwin quien, ante el ofrecimiento, aceptó condicionadamente. Pidió tener libertad para alejarse del derrotero de la expedición cuando quisiera (cosa que hizo repetidas veces y por períodos bastante prolongados) y que se le permitiera hacerse cargo de sus gastos de alimentación. Fitz Roy aceptó y, poco antes de zarpar, Darwin escribe en una carta entusiasmada desde Devonport el 17 de noviembre de 1831:

Todos aquellos que están a la medida de opinar, dicen que se trata de una de las travesías más grandiosas que jamás se hayan emprendido. Estamos equipados a lo grande […] en definitiva, todo es tan próspero como el ingenio humano puede hacerlo. (Darwin, 1892 [1997: 268])

Puede asegurarse que en su viaje, además del libro de Humboldt ( Personal Narrative of Travels to the Equinoctial Regions of America ), Darwin llevó la Biblia y el recién aparecido primer tomo de los Principios de geología de Charles Lyell, que proponía una nueva visión de los cambios geológicos del planeta (conocida como “uniformitarismo”) y que influyó fuertemente en él. Lyell afirmaba que las características geológicas del planeta son el producto de un lento y continuo proceso en el cual intervienen causas que operan en forma constante y no, como sostenían los catastrofistas, a partir de grandes y esporádicos cataclismos. Además, en oposición a la mayoría de los naturalistas de su época, sostenía que la edad del planeta se remontaba a varios millones de años.

El Darwin que parte en el Beagle es apenas un joven lúcido e inquieto de veintidós años, con una gran afición por la vida al aire libre y las cabalgatas, y que no imaginaba en absoluto el papel central que tendría en la historia de las ciencias y en la cultura occidental en general. Sin embargo, en el Diario , que termina de redactar para su publicación a la vuelta, describe con una proverbial meticulosidad no solo lo que era incumbencia de un naturalista en la época (la biología, la geografía y la geología de la zona), sino que también aporta consideraciones antropológicas y sociológicas sobre los habitantes de las regiones visitadas con una agudeza y lucidez más propias de un profesional avezado que de un joven inquieto. Muestran su enorme capacidad analítica y de observación, al tiempo que una gran creatividad conceptual para ensayar hipótesis plausibles. Pero aún no era el Darwin que publicó dos décadas más tarde uno de los principales libros del siglo XIX: On the Origin of Species by Means of natural Selection or the Preservation of the favored Races in the Struggle for Life (conocido más comúnmente como El origen de las especies ; en adelante El origen ) . Es más, aunque resulta discutible el lugar y la ocasión de inspiración de cualquier teoría científica, al menos en el sentido heroico y fundacional que, a veces, se le quiere dar, el eureka de la evolución es bastante posterior al regreso a Londres. Más allá de chovinismos cientificistas menores de argentinos, chilenos y ecuatorianos acerca del privilegio del lugar y momento preciso en que a Darwin le surge su peligrosa idea y de que algunos hallazgos en Punta Alta (al sur de la provincia de Buenos Aires), en la cordillera de los Andes, en la Patagonia y en las Galápagos ocupan un lugar destacado en el posterior rompecabezas de la evolución, lo cierto es que Darwin tardó varios años en anudar su teoría. Más adelante volveremos sobre esto.

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