Carme Aràjol i Tor - Te quiero hasta el cielo

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Hay muchos libros que hablan sobre el Alzheimer. Y es por ello por lo que ya disponemos de mucha información, tanto sobre este tema como sobre la manera de afrontar esta enfermedad. Reflexioné bastante al respecto y llegué a la conclusión de que, a pesar de ello, seguía queriendo escribir este libro porque creo que mi visión y mi experiencia pueden aportar algo más acerca de este tema.
En este libro quiero reflejar mi manera de vivir, afrontar, entristecerme, llorar, disfrutar, agradecer, aprender de esta situación y mejorar como persona. Quiero hacer todo esto pensando que, quizás, en el abanico de personas tan diferentes que habitan este mundo, a algunas de ellas pueda resultarles interesante y útil este libro en el caso de que tengan que afrontar su propio reto personal.
Estamos ante una narración serena e intimista sobre la vida, la enfermedad y la muerte de una madre, con la que Carme Aràjol expresa un lloro por el dolor de su pérdida y cuya parte fundamental es la entrega a un familiar enfermo a lo largo de los años y la relación entre madre e hija.

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A pesar de todo, mi madre, aparentemente, superó estos dos hechos tan dolorosos. Sin embargo, en su interior pervivía un punto de tristeza y rencor que solo conocíamos los que éramos más cercanos a ella,y que Quimeta expresaba en momentos puntuales dentro de la intimidad de la familia, ya que nunca hablaba con los demás de sus problemas.

Este sentimiento de tristeza de mi madre quedaba compensado por su carácter, siempre lleno de fuerza y optimismo y que hacía que siempre mirase hacia delante.

La relación con mi madre

Soy la hija mayor de la familia y siempre he tenido una relación de proximidad con mi madre. Nos parecemos físicamente, aunque ella es más guapa. Las dos somos muy activas, siempre nos ha gustado hacer cosas y no nos da miedo el trabajo; esta manera de actuar nos ha unido y es por ello que mi madre siempre ha contado conmigo cuando ha necesitado ayuda sobre cualquier tema.

Ella me eligió a mí como confidente para hablar y compartir la enfermedad de mi padre y los problemas que esta situación le creaba. Mi padre era una persona muy inteligente, un buen intelectual y un idealista. Una persona muy entusiasta con su trabajo de secretario de ayuntamiento, y allí donde iba destinado siempre estudiaba antes la historia y la geografía del lugar y también los eventos sociales y culturales del municipio. Todos estos conocimientos daban un plus a su trabajo. Pero, a la vez, tenía una enfermedad crónica: era bipolar, y esto suponía que tenía temporadas en las que estaba bien y otras en las que se encontraba o bien deprimido o bien todo lo contrario, con un grado de excitación superior a lo normal. Como he comentado antes, esta situación creaba una cierta inestabilidad familiar.

Yo era una niña tranquila, sensible y equilibrada, y mi madre se sentía cómoda hablando conmigo de la situación familiar. Durante mucho tiempo, fui la única persona con la que ella hablaba de este tema y, además, siempre me pidió que no lo comentase con nadie más. Así, desde muy pequeña me convertí en su confidente y aliada, incluso en algunos momentos me decía: “No tienes que hablar de la enfermedad de tu padre con nadie, porque si no, los chicos no querrán casarse contigo”.

Sus comentarios me marcaron durante muchos años y he necesitado hacer un trabajo personal importante para quitarme este peso de encima. Ahora estoy muy contenta porque lo he conseguido y en estos momentos soy una mujer feliz y libre que he superado los bloqueos y traumas que esta situación me produjo. Pero lo mejor de todo es que no se lo he tenido en cuenta a mi madre porque creo que ella, en aquel momento, estaba muy afectada por la situación de su marido y le pareció que yo podría ser su apoyo, sin platearse que podía hacerme daño porque era demasiado joven para asimilarlo.

A medida que he trabajado este tema a nivel personal, también he ido siendo consciente de que yo soy la única responsable de mi vida, ya que los problemas que todos padecemos mientras estamos en este mundo sirven para ayudarnos a aprender y avanzar; y que tenemos la responsabilidad de buscar la manera de superarlos y, sobre todo, creo que debemos aprender de las situaciones que se nos van presentando. No nos ayuda en nada echar la culpa a los demás -ni a nosotros mismos- de nuestra situación, sino más bien lo contrario. Lo que ha pasado, ha pasado. Y tenemos que curar las heridas y mirar hacia adelante con fuerza, energía y optimismo. Tengo la suerte de ser una mujer muy positiva, siempre veo el vaso medio lleno y no decaigo fácilmente ante los problemas; además, soy muy entusiasta y esta actitud me ha ayudado a seguir adelante y estoy muy satisfecha de lo que he conseguido.

Mi madre era conmigo muy mandona y controladora. Siempre me decía lo que tenía que hacer, y eso a mí no me gustaba, por lo que a veces me revelaba ante su autoridad; pero, a la vez, ella me quería mucho a pesar de que entre nosotras no hubiera muchas muestras exteriores de afecto. Esta relación, que desde fuera parecía un poco fría, era una constante en nuestra familia: entre nosotros, no nos expresábamos nuestro amor los unos por los otros con besos y abrazos y por esta razón parecía que tuviéramos una relación fría. Pero no era cierto, porque somos una familia muy cálida y unida que siempre nos hemos querido mucho.

Entre mi madre y yo siempre hubo mucha complicidad, nos sentíamos muy bien hablando de nuestras cosas. Recuerdo una vez en que, el día de Sant Jordi, al principio de los años ochenta, yo había vuelto de Madrid, donde había vivido durante siete años. Mi madre vino aquel día a mi casa a traerme una rosa, pero, como yo no estaba en casa, la dejó en casa de una vecina. Este detalle me encantó y siempre lo he recordado. También recuerdo con nostalgia los últimos pendientes que ella me regaló -de plata y con un diseño muy moderno- antes de empezar a desarrollar la enfermedad de Alzheimer. Ese fue el último regalo consciente que Quimeta me hizo, y guardo uno de los pendientes con mucha estima ya que el otro lo perdí.

Inicio del proceso de deterioro cognitivo

Unos años antes de que comenzasen a manifestarse los primeros síntomas de la enfermedad, de vez en cuando, mi madre ya empezaba a tener algunos lapsus y actitudes extrañas. Por ejemplo, escondía cosas en los armarios y después no las encontraba; o no sabía hacer cosas que antes hacía normalmente y yo me enfadaba con ella y la reñía porque no podía entender que estaba enferma.

Un día, quedé con ella para ir de compras. Habíamos quedado a una hora concreta en un lugar determinado para coger juntas el metro. Yo la esperé durante mucho rato, pero Quimeta no llegaba. Después de dar unas cuantas vueltas por el lugar donde nos habíamos citado, vi que me estaba esperando en otra parte de la calle. En aquel momento me enfadé, pero más adelante entendí que este comportamiento ya era un síntoma de los inicios de la enfermedad. En otras ocasiones, iba al mercado y pagaba lo que había comprado pero se lo dejaba en la parada.

Un día, me encontré en la calle con Ramona, su vecina, y me explicó que mi madre no estaba bien. Se había obsesionado con su vecino Luis, al cual siempre había considerado muy buen vecino y siempre se habían ayudado mutuamente. Luis, más de una vez, le había hecho grandes favores, pero ahora lo criticaba constantemente y todo lo que hacía le parecía mal; incluso le parecía una persona insoportable y, en cambio, sobre su esposa, Teresina, decía que era muy buena mujer. Un día que mi madre revisaba las libretas de ahorro de La Caixa, cosa que hacía constantemente según Ramona, le comentó que le faltaba dinero y que, probablemente, Luis le había cogido el dinero, de lo cual Ramona intentaba convencerla de que era imposible.

Cuando Ramona me explicaba todo esto yo no le hacía mucho caso y le decía: “No, Ramona, a mi madre no le pasa nada. Está bien, acabamos de llegar de La Seu d’Urgell y ha pasado un buen verano”. Supongo que, en aquel momento, inconscientemente estaba negando lo que le ocurría a mi madre porque no me gustaba escuchar que ella no estaba bien.

En La Seu d’Urgell, a veces, se había dejado el gas encendido. Una vecina también nos había advertido que mi madre no podía estar sola, ya que no estaba bien y era peligroso que tuviera una cocina de gas. Yo escuchaba a todos, me preocupaba la situación pero no buscaba ningún remedio porqué seguía sin ser consciente de la situación real en que se encontraba Quimeta y, además, no sabía qué hacer ya que mi madre era una mujer que mostraba mucha autosuficiencia y no dejaba que le organizasen la vida.

A pesar de estas señales, Quimeta sabía disimular muy bien, seguía siendo una mujer muy alegre y cuando hablaba lo hacía con mucha seguridad y convicción. Además, cuando se reunía con sus hijos u otras personas conocidas se esforzaba para darnos esta imagen, por lo que su actitud nos desorientaba a todos.

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