Carme Aràjol i Tor - Te quiero hasta el cielo

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Hay muchos libros que hablan sobre el Alzheimer. Y es por ello por lo que ya disponemos de mucha información, tanto sobre este tema como sobre la manera de afrontar esta enfermedad. Reflexioné bastante al respecto y llegué a la conclusión de que, a pesar de ello, seguía queriendo escribir este libro porque creo que mi visión y mi experiencia pueden aportar algo más acerca de este tema.
En este libro quiero reflejar mi manera de vivir, afrontar, entristecerme, llorar, disfrutar, agradecer, aprender de esta situación y mejorar como persona. Quiero hacer todo esto pensando que, quizás, en el abanico de personas tan diferentes que habitan este mundo, a algunas de ellas pueda resultarles interesante y útil este libro en el caso de que tengan que afrontar su propio reto personal.
Estamos ante una narración serena e intimista sobre la vida, la enfermedad y la muerte de una madre, con la que Carme Aràjol expresa un lloro por el dolor de su pérdida y cuya parte fundamental es la entrega a un familiar enfermo a lo largo de los años y la relación entre madre e hija.

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El centro de día era muy pequeño y parecía como si les faltara espacio y aire. Tampoco tenían mucho personal y los abuelos se pasaban el día en el mismo espacio, solo salían un ratito por la mañana y los llevaban a una plaza de cemento, no muy agradable, que había al lado del centro. Prácticamente, no hacían actividades y la verdad era que el panorama no resultaba demasiado motivador.

Segundo centro de día

Muy pronto, decidí buscar otro centro de día y esta vez opté por un centro público. Primero, fui a visitar a la asistente social del barrio para que hiciera una valoración de la situación familiar y personal de Quimeta. Una vez decidieron que Quimeta tenía derecho a un centro de día de la Generalitat, la asistente social nos buscó uno que estaba en el barrio de la Teixonera, y no tardaron mucho en concedernos una plaza. A pesar de que estaba más lejos de su casa que el primero, estábamos encantados de llevarla allí porqué se trataba de un centro muy bien equipado, con grandes espacios, el personal necesario y de muy buen nivel. Había auxiliares, terapeuta ocupacional, fisioterapeuta, asistente social y psicóloga, y se hacían muchas actividades, por lo que Quimeta estaba muy distraída y le encantaba asistir a él.

Quimeta permaneció tres años en este centro de día, y estuvo siempre muy contenta. Ella decía que “iba al colegio” y, cada mañana, una vez se había duchado y comido el desayuno con mi ayuda, mi hermano la llevaba al centro de día. Antes de irse, se despedía de sus vecinas de la escalera, Ramona y Teresina, que eran sus amigas, y les decía muy contenta: “Adiós, me voy a La Seu d’Urgell”, o “Adiós, me voy al colegio”.

En esta época, su gran obsesión era ir a La Seu d’Urgell, el pueblo donde había vivido desde que se casara y donde siempre se sintió muy bien. Casi siempre decía que se iba a La Seu, y alguno de esos días, en los que estábamos a punto de salir y yo me encontraba haciendo otra cosa y no la controlaba, cuando me daba cuenta había sacado toda la ropa del armario y muy rápidamente la había puesto en una bolsa porque decía que se tenía que ir a La Seu d’Urgell. Entonces, cuando llegaba mi hermano para llevarla al centro de día, entre él y yo, con mucha paciencia, sacábamos la ropa de la bolsa y la volvíamos a colgar en el armario. Dentro del armario, habíamos encontrado mandarinas en estado de putrefacción que ella había escondido entre la ropa. Después de varias situaciones como esta, decidí cerrar todos los armarios con llave excepto uno, el que se encontraba en la salita. Así ella podía seguir metiendo y sacando cosas del armario y yo solo tenía que controlar uno. De esta manera, todo era más sencillo.

Quimeta se sentía muy cómoda en este centro. Cada mañana, cuando llegaba, la recibía María, una de las auxiliares del centro y mi madre estaba contentísima, porqué María era una mujer muy dulce y le daba la bienvenida con mucho amor. Llegaba alrededor de las nueve de la mañana y salía a las cinco de la tarde, aunque el centro estaba abierto hasta las seis, consideramos que era mejor que saliera una hora antes ya que si no se le haría el día muy largo y se pondría nerviosa.

Una mañana en la que acompañé a mi madre al centro de día, María me dio una bufanda de seda que Quimeta había pintado para mí. La terapeuta ocupacional hizo un taller de pintar ropa y le preguntó a quién quería regalar la bufanda. Ella contestó: “A Carme”. Y a mí me gustó mucho tanto la bufanda como el detalle de mi madre respecto a mí, por lo que me puse muy contenta. Continúo llevando esta bufanda de vez en cuando ya que para mí es una pieza muy valiosa.

Quimeta llamaba “señoritas” a las cuidadoras del centro de día, ya que -como antes he explicado- para ella ir al centro de día era ir al colegio. Allí hacía muchas actividades de dibujo, manualidades, gimnasia, etcétera. También se celebraban las fiestas del ciclo festivo: Navidad, Reyes, Carnaval y los aniversarios de los usuarios. Los familiares estábamos invitados a todas estas fiestas, y yo asistía siempre que podía. Al principio, como mi madre estaba físicamente muy bien, le encargaban que pusiera la mesa para comer con la supervisión de la auxiliar, y a ella le encantaba porque le hacía sentirse muy útil.

Llevaba a casa los trabajos que hacía con las profesionales para que yo los viera, y de vez en cuando hablaba con ella sobre ellos y la animaba a continuar haciéndolos y le decía que me gustaban mucho.

Los tres años que estuvo en el centro de día se lo pasó muy bien, y cuando se marchó de allí para ingresar en la residencia los tres hermanos lo sentimos mucho, pero en esta época mi madre ya empezaba a perder facultades y su neurólogo, el doctor Acarín, consideró que era el momento adecuado para ingresarla en una residencia.

Cuando nos fuimos, me despedí del personal del centro con tristeza y les di las gracias por todo lo que habían hecho por Quimeta.

Anécdotas durante esta época

Cuando en el centro de día o en algún otro lugar le preguntaban su nombre, ella decía muy orgullosa: “Quimeta Tor Forga, para servir a Dios y a usted”, una frase que le enseñaron a decir cuando iba a la escuela en Martinet.

Me encantaba preguntarle de vez en cuando si me quería: “Quimeta, ¿me quieres?”. Y ella contestaba: “Sí, hasta el cielo”, otra frase que ella decía cuando era pequeña.

En una ocasión, mi madre fue con mi hermana y su familia a la casa de campo de mi hermano Jaume, cerca de Berga. Allí vio un cuento infantil que pertenecía a sus hijos y tuvo una reacción curiosa, dijo: “Gracias a Dios, esto es lo que yo necesito”. A continuación, comenzó a leer el cuento y eso la puso muy contenta. Desde entonces, mi cuñada Eva le regaló muchos cuentos infantiles de sus hijos y cuando Quimeta estaba en su casa, de vez en cuando ella se los leía, siempre en compañía de alguno de sus hijos ya que mi madre ya no tenía la iniciativa para hacerlo sola.

Un fin de semana que yo me ocupaba de mi madre fuimos a la playa de la Villa Olímpica de Barcelona. Mientras yo conducía, mi madre se removía en el asiento contiguo nerviosa e inquieta. Y, en cuanto llegamos, bajamos del coche y nos dirigimos hacia la playa. Al ver el mar dijo: “Gracias a Dios, esto sí que me gusta”. A partir de aquel momento se quedó tranquila mirando el mar. Desde entonces, muchos fines de semana íbamos a la playa; yo colocaba en el maletero del coche dos sillas plegables de camping y, cuando nos dirigíamos a la playa, en una mano llevaba las sillas y en la otra sujetaba a Quimeta. Caminábamos sobre la arena hasta llegar cerca del agua y mi madre y yo nos sentábamos en las sillas mirando el mar. Esta actividad a la Quimeta le encantaba y se quedaba muy relajada.

Un fin de semana que mi madre estaba en casa de mi hermana Antonia, para distraerla mi hermana la llevó a misa a una iglesia cercana a su casa. Se sentaron en las primeras filas y el cura que oficiaba la misa lanzó un sermón en un tono tan agresivo que parecía que estaba regañando a los feligreses. Quimeta, que aún era consciente de algunas cosas que pasaban a su alrededor, cuando percibió el tono del cura no le gustó, se levantó y en voz alta dijo: “Antonieta, vámonos porque este señor es muy mal educado”. El cura y los feligreses que estaban cerca lo oyeron y mi hermana se tuvo que marchar con mi madre para que esta no hiciera más comentarios genuinos en voz alta.

A mi madre no le gustaban las personas gordas, y un día que yo estaba paseando con ella por la residencia, pasó cerca de nosotras uno de los cuidadores, que estaba gordo y fuerte. Cuando mi madre lo vio, en voz bastante alta, me dijo: “¡Mira, este hombre está gordo como un cerdo!”. Yo me sentí incómoda y avergonzada porque el cuidador la escuchó, pero no le dije nada a mi madre porque ella no lo hubiera entendido, ya que actuaba como una niña y decía lo primero que le pasaba por la mente en cada momento, con una lógica infantil.

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