Esto me lleva a lo siguiente: creo que deberíamos manejarnos con esta realidad, con respecto a la cual no necesitamos abrigar duda alguna, como la ansiedad, por ejemplo, que carece de una contraparte sensorial, carece de forma, carece de color y, en síntesis, no es accesible a los sentidos. Así, lo que es necesario desarrollar es lo que llamo intuición. Como analistas, nos vemos aquí en dificultades puesto que esta palabra se ha utilizado antes. No se puede inventar un lenguaje nuevo, y cuando uno usa el habitual y dice, por ejemplo, “intuición”, todos creen entender lo que queremos decir, pero no es así. Los psicoanalistas sí lo comprenden; tienen motivos para ello porque la utilizan a diario en su labor. Por lo tanto, aunque uso ese término, pienso que los analistas lo empleamos en un sentido especial, que se asemeja a la connotación que tiene para los legos.
Espero haber dejado bien aclarado que manejamos aquí, inconfundiblemente para nosotros, una realidad externa. Esto es, el analista enfrenta una realidad externa de un tipo muy particular. En mi opinión, es imposible negar que se trata de una realidad virtualmente imposible de comunicar a nadie que no sea el paciente. Este tiene una ventaja injusta, por así decirlo, puesto que se encuentra allí, y eso le permite entender cuando uno dice: “Usted se siente muy ansioso”. Quiera hacerlo o no, cuenta con la oportunidad de percibirlo. Pero cuando se los digo, por ejemplo a ustedes que están aquí, exceptuando el hecho de que son analistas, no hay motivo alguno por el cual deban aceptar que se trata de una afirmación correcta, porque las pruebas en que me baso para decirlo no están aquí. Las pruebas existían cuando le hice esa interpretación al paciente, y a eso se debe que las interpretaciones que son eficaces y a las que el paciente no se opondría son criticadas por nuestros colegas. Estos tienen motivos para ello, no se trata de mera malicia, sino simplemente de que la comunicación lateral es muy mala. Si el objeto está allí, uno puede señalarlo; si no está presente en el análisis, no es posible hacerlo.
Ahora bien, se sentirán sin duda aliviados al saber que he llegado por fin al comienzo de mi trabajo, y quisiera decir que me parece que es muy importante comprender que nuestras dificultades empiezan precisamente cuando se ha completado la formación analítica. Así me siento ahora y me temo que lo mismo les ocurrirá a ustedes. Pero no puedo presentar las cosas como si fueran más simples de lo que son, pues entonces estaría hablando de algo completamente distinto. Sin embargo, quiero comenzar con una traducción aproximada de un pasaje de una carta de Freud a Andrea Salomé. Lamento decir que no la tengo aquí, pero espero no introducir demasiadas distorsiones y, de cualquier manera, como alguien dijo en cierta ocasión refiriéndose a la filosofía, no estoy escribiendo la historia del psicoanálisis, sino simplemente aprovechando cualquier fragmento de experiencia para hablar sobre el psicoanálisis en esta oportunidad y practicar el psicoanálisis en otras ocasiones. Freud dice:
“No puedo percibir muchas cosas que usted puede ver porque no las entiendo, pero sí comprendo su valor. Ello se debe, en parte, a que, cuando estoy tratando un tema, en cuanto llego a algo que es muy oscuro tengo que cegarme artificialmente para lograr que un penetrante rayo de oscuridad ilumine el punto oscuro”. 2
Creo que podrían considerarse otros aspectos de esta frase, pero prefiero no hacerlo esta noche. Con todo, quiero llamar la atención sobre este punto, pues considero que es de gran importancia que todos los analistas puedan cegarse, en el sentido de despojarse de todo aquello que arroja luz, o parece hacerlo, sobre la situación analítica. Ahora bien, esto significa que cuando la situación se vuelve particularmente oscura, uno no se lanza a la caza de una interpretación adecuada. Es éste un problema con respecto al cual me resulta difícil explicar qué quiero decir, pero confío en que ustedes lo comprenderán y sacarán algún provecho de lo que me propongo exponer aquí.
En primer lugar, considero que es muy importante que todo analista trate de concentrar en su arsenal unas pocas teorías esenciales, esto es, unas pocas teorías que son esenciales para él, y para nadie más, tan económicas como sea posible, en el menor número posible, y que abarquen el área más amplia posible, porque no conviene perder el tiempo pensando en una interpretación durante el análisis; el tiempo es aquí demasiado valioso. Los cincuenta minutos de una sesión corriente son demasiado valiosos, constituyen la única oportunidad con que uno cuenta para obtener el material que permite dar una interpretación. En comparación con eso, ninguna otra cosa es importante. Esto significa que el analista debe mantenerse en un estado que le permita captar al máximo. Repito una vez más que acepto la necesidad fundamental de una formación analítica, pero me refiero aquí al desarrollo posterior de la propia técnica. Esto significa que uno debe conocer muy bien unas pocas teorías.
Por ejemplo, es necesario que uno esté absolutamente seguro de comprender acabadamente qué entendía Freud cuando hablaba de la situación edípica. Y cuando eso ha llegado a formar parte de uno, ya no es necesario preocuparse por recordarlo, uno ya puede dejar que se desarrolle, sin necesidad de lanzarse en su búsqueda. Ustedes habrán observado que cuando se encuentran cansados, o desconcertados, hay una tendencia a lanzarse a la búsqueda de una certeza, y una manera fácil de hacerlo es comenzar a buscar una interpretación que, según ustedes sienten, cuenta con la bendición de algún papa psicoanalítico.
Ahora bien, según mi experiencia, es posible establecer en forma relativamente fácil ciertas categorías no demasiado imprecisas, según espero, con respecto a determinados fenómenos mentales que intervienen y tienden a ejercer un efecto peculiarmente oscurecedor. Se interponen entre el analista y la realidad con que aquél debe ponerse en contacto. En líneas generales, quiero utilizar y de hecho los he empleado, los términos recuerdo y deseo para referirme a la mayoría de tales fenómenos. Por ejemplo, si se está a punto de terminar la sesión, creo que uno comienza a preguntarse cuándo llegará ese momento; lo mismo ocurre con la semana y con lo que uno hará después de esa sesión. Eso es precisamente lo que entiendo por deseo. Ahora bien, esas ideas interponen entre el analista y la realidad que debe estar manejando en ese momento una pantalla particularmente opaca.
Cuando digo recuerdo y deseo, utilizo sustantivos pero quiero que éstos tengan tiempo pasado y futuro. A título de ejemplo, en este sentido no tiene mucha importancia que uno empiece a pensar: “¿Qué dijo ayer ese paciente?” o “¿Qué voy a hacer este fin de semana?”. Son la misma cosa, tienen una cualidad idéntica y el mismo grado de opacidad. Mientras uno piensa en todas esas cosas, el análisis prosigue y uno no está realmente presente.
Habrán observado que he modificado el tema central de estos comentarios, que inicialmente se referían al paciente y a las interpretaciones que trataba de darle, y he pasado a hablar sobre el analista. Y ello se debe, no a que quiera dejar de lado al paciente, sino a que pienso que una vez que uno ha completado su formación analítica en la medida de lo posible, es necesario evitar malos hábitos que tienden a retrotraernos al estado en que nos encontrábamos originalmente cuando acudimos al análisis como pacientes. Y creo que, por lo tanto, es conveniente adquirir y mantener buenos hábitos en el curso de nuestro trabajo que, al fin de cuentas, ocupa una considerable parte de nuestro tiempo y regula gran parte de él.
Ahora bien, el enfoque que quiero destacar aquí, el enfoque que consiste en lograr que el penetrante rayo de oscuridad ilumine la zona oscura, padece de algunos defectos desagradables para el analista. No creo que se trate de algo insólito, pues incluso en algo tan simple como aprender a jugar al tenis, si uno sigue las indicaciones del entrenador, no jugará demasiado bien y lo sentirá como algo extraño hasta que llegue a formar parte de uno mismo. Y esto se aplica también a este intento particular de establecer un estrecho contacto con las realidades que el psicoanálisis debe encarar.
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