Sin embargo, este movimiento nacionalista vasco surgido como un producto del proceso de modernización del Estado español no se puede explicar sin factores premodernos como la importancia de la religión. De acuerdo con la historiografía sobre el nacionalismo vasco, la iglesia católica y la religión por la cual Arana identificó a los vascos como «los elegidos» empezó a perder su hegemonía social en España durante el proceso de urbanización e industrialización [31]. En el País Vasco y en otras regiones de Europa, los campesinos que empezaron a trabajar en las fábricas, comenzaron a formar parte del Estado moderno y, como resultado, se empezó a moldear el concepto de «cultura popular» a través del modo en que el mundo urbano fue absorbiendo al rural [32]. Sin embargo, desde el núcleo mitológico de los vascos, esta apertura provocó un cataclismo. Las almas de los vascos y su lengua, el euskera, pertenecían al mundo rural, mientras que el mundo hispanizado y urbano eran símbolos de la administración y del mundo práctico de los negocios [33]. La oligarquía financiera vasca conectó económicamente con sus homólogos en Madrid, y los emigrantes del sur de España que llegaron a trabajar a las nuevas fábricas vascas temían a las clases medias y bajas vascas, que no se beneficiaron de ese proceso de modernización. De acuerdo con la historia social vasca, los tenderos, los trabajadores de las tiendas, los trabajadores de oficina y otras profesiones liberales fueron atraídos por las ideas nacionalistas de los euskalerriakos, un movimiento vasco liderado por el industrial Ramón de la Sota (1857-1936), quien, llegando a un acuerdo con Arana, llegó a ser el mayor patrocinador del Partido Nacionalistas Vasco (PNV).
Como podemos observar, la complejidad a la hora de analizar el nacionalismo vasco no se basa en presupuestos teóricos, sino en intentar retratar a la gente detrás del movimiento. Los comienzos del nacionalismo vasco como movimiento social y político están conectados con las estrategias que tomó un grupo de intelectuales para iniciar el movimiento. En este sentido, el nacionalismo vasco no difiere del nacionalismo español ni de cualquier otro nacionalismo. A parte de las estrategias, tratamos de entender el nacionalismo a partir de la adhesión de las masas a un determinado proyecto político nacional. Los vascos que se empezaron a ver atraídos por las ideas del PNV no pueden ser simplemente considerados como gente que se vio inmersa en un proceso «adoctrinamiento». Este análisis no explicaría suficientemente el nacionalismo vasco constituido como movimiento de masas tras la exitosa estrategia del PNV de adoptar los principios políticos democristianos durante la década de los treinta. Seton-Watson, que ha dudado de si el nacionalismo puede ser considerado simplemente como una ideología, define a la nación como la voluntad de una comunidad de adoptar el principio moderno de soberanía popular y califica el resto de estructuras ideológicas nacionalistas como mera «retórica» [34]. Sin embargo, mi investigación sobre el nacionalismo vasco no se centra simplemente en una comunidad que ha decidido «convertirse en algo». En mi análisis, la estrategia política del PNV solo puede explicar parcialmente la formación del movimiento nacionalista vasco. La razón por la que los campesinos y las clases medias urbanas se adhirieron al proyecto nacionalista durante la primera mitad del siglo XX no puede ser entendida simplemente como un proceso de «lavado de cerebro». Por el contrario, ellos entendieron este proyecto nacional como algo positivo para mejorar sus condiciones de vida. De hecho, solo explorando su vida cotidiana podemos llegar a entender la formación de la primera comunidad nacionalista vasca.
¿Qué implicaciones tuvo la formación de la comunidad nacionalista vasca (compuesta por clases medias urbanas y campesinos) en la futura Izquierda Abertzale (nacida durante el proceso de industrialización que tuvo lugar en los sesenta y consolidada en los setenta durante una convulsa transición) y, por lo tanto, para los narradores que participan en esta investigación? Mi análisis revela cómo esta pequeña comunidad nacional vasca siempre ha sentido la necesidad histórica de protegerse. La Izquierda Abertzale tomó este rol durante la década de los setenta, recogiendo el legado que inició el PNV a principios del siglo XX. El sentido de pertenecer a ciertas tradiciones en un mundo en el que el neoliberalismo había empezado durante los setenta a «desintegrar» las relaciones humanas en meras relaciones mercantiles es otro ejemplo de esta continuidad. Desafortunadamente, esta conexión normalmente se ha omitido en la historiografía del conflicto vasco. En este sentido, la importancia de permitir a los militantes de ETA que reflejen sus raíces culturales desde este sentimiento de autoprotección proyectado en sus testimonios es algo primordial en mi trabajo.
Expresándolo de forma más explícita, la lucha de ETA por la independencia del País Vasco se basó en un constante desafío contra el «estado actual de las cosas» en forma de sistema económico neoliberal europeo establecido durante el último cuarto del siglo XX.
A pesar de que el nacionalismo tiene, en la sociedad de hoy, connotaciones negativas (suele estar considerado por las clases liberales como chovinista y opuesto a la multiculturalidad), no es mi intención dotar a este concepto de una connotación negativa o positiva. Lauren Berlant hace una crítica del sentimentalismo nacional y lo sitúa como una creación de las elites nacionales para construir hegemonía y perpetuarse en el poder [35]. Berlant enfatiza que el sentimentalismo nacional tiene sus raíces en un «dolor subalterno masivo» que funciona como núcleo de la colectividad nacional [36]. Cuando las clases privilegiadas sienten como propio el dolor de las clases subalternas, entonces es cuando se empezarían a dar los cambios estructurales en una determinada nación. Mi trabajo sobre ETA explica precisamente cómo la organización pudo (sobre todo en los setenta y los ochenta) canalizar la desafección de una parte de la sociedad vasca con la idea de luchar contra el régimen neoliberal español nacido de la transición a la democracia. Berlant teoriza cómo en una hipotética ausencia completa de dolor social, las naciones no existirían, y el concepto abstracto de nación sería innecesario. La manera en que ETA conectó el dolor social con la nación vasca es un buen ejemplo de cómo esta organización, a pesar de haber recogido las luchas por los derechos de los trabajadores en su ideario, tuvo, en el nacionalismo vasco, su principal razón de existir. En estos términos, que Berlant considere como algo negativo el hecho de que ciertas emociones puedan estar asociadas a un determinado imaginario nacional es irrelevante para mi investigación. ¿Qué nos interesa de la teoría de Berlant? Lo que considero relevante de la teoría de Berlant, y se puede incorporar a las historias de vida de los militantes de ETA, es cómo las «intimidades transpersonales» que están presentes en una comunidad nacional han de ser disfrazadas con el objetivo de mantener el dominio de la clase dirigente. En este sentido, el hecho de que los militantes de ETA hayan interpretado el conflicto vasco desde una sola dimensión beneficia a las elites del Estado español comprometidas con derrotar la «amenaza del terrorismo», negando cualquier solución política al conflicto vasco. Por esta razón, mi crítica al concepto de nación creado por Berlant entraña una crítica a las actuales sociedades liberales. En este contexto, ¿cómo podemos llegar a entender la violencia producida por un movimiento nacionalista vasco como ETA? Tratar de entender estas «intimidades transpersonales» es precisamente el principal objetivo de mi investigación.
LA POSGUERRA EN EUROPA. AMBIGÜEDAD SOBRE EL CONCEPTO DE VIOLENCIA POLÍTICA
Читать дальше