El ritmo de la conversación mejoró. Supe que mi interlocutor estaba muy orgulloso de su habilidad para reconocer los acentos regionales. Personas de todas partes del país, de todas partes del mundo, venían a su negocio. Él tenía un buen oído. Desarrolló una magnífica destreza para descubrir el origen de las personas escuchando las variaciones dialectales en el habla.
Me sentí halagado de ser el objeto de su curiosidad. El único interés previo que puedo recordar haya mostrado en mí un dependiente fue tomar mi orden correctamente y asegurarse de que yo hubiera entendido bien el precio.
“¿Qué te cobro?”
“Un pastrami con centeno. ¿Cuánto es?”
“Un verde y setenta y cinco”
El lenguaje es informativo y utilitario. Cuando ha terminado su trabajo o se detiene o se transforma en chisme. Pero por aquellos breves momentos en aquel lugar de Brooklyn, alguien escuchaba mis palabras por algo más que simple información; aquel hombre buscaba conocimiento . Aquella persona deseaba saber de donde venía y lo que había experimentado que había dado como resultado mi manera de pronunciar las palabras de la manera en que lo hice. No fui reducido a ser un consumidor hambriento al que se le podía sacar provecho económico. Yo tenía particularidades geográficas, una idiosincrasia lingüística. En mí había más que necesidades biológicas y potencial económico, y él estaba interesado en ello o, al menos, en una parte de ello.
En una época periodística en la cual las únicas cosas que califican como merecedoras de atención son lo inmediato y lo extraordinario, no estoy acostumbrado a ser considerado de esta forma. En una era comercial en la que cada persona es evaluada como una unidad económica y el tiempo es dinero, no estoy acostumbrado a tan relajada consideración. Pero sólo esta clase de atención es la que me permite expresar las muchas facetas de la humanidad y el complejo significado que tienen para quién soy. Separado del antes , el ahora tiene poco significado. El ahora es sólo una delgada porción de lo que soy; aislado del rico depósito del antes , no puede ser entendido.
Así los biógrafos investigan en los archivos familiares. Los psiquiatras recuperan recuerdos reprimidos e indagan sobre las impresiones de la infancia. Los amantes hurgan en los álbumes de fotografía buscando saber todo lo posible el uno del otro, sabiendo que cada detalle profundiza la comprensión y, por ende, el amor. El antes son las raíces del ahora visible. Nuestras vidas no pueden ser leídas como si fueran un periódico sobre las noticias de última hora; son novelas íntegras que incluyen el desarrollo del personaje y de la trama, siendo cada párrafo esencial para su madura apreciación.
Sabiendo que la humanidad completamente apasionada y desarrollada de Jeremías tenía necesariamente un complicado e intrincado trasfondo, nos preparamos para examinarla. Hasta ahora sólo hemos echado un vistazo. Hasta ahora tenemos esto: tres escuetos e inexpresivos datos: el nombre de su padre, Hilcías; el oficio de su padre, sacerdote; su lugar de nacimiento, Anatot. Queremos saber más. Sin información adicional, ¿cómo podremos obtener una adecuada comprensión de la humanidad de Jeremías? Necesitamos saber las condiciones sociales y económicas de Anatot para poder trazar las primeras influencias en la pasión de Jeremías por la justicia. Necesitamos saber si su padre fue pasivo o enérgico para así evaluar la compleja vida emocional del hijo. Necesitamos saber si su madre fue sobre protectora y cuándo destetó a su hijo si deseamos explicar la increíble tenacidad del profeta en su adultez. Necesitamos conocer los métodos de enseñanza usados por los sabios locales para distinguir lo original de lo convencional en la enseñanza y predicación de Jeremías. Las preguntas aumentan. La falta de evidencia es frustrante. Lo que necesitamos es un avance significativo en el descubrimiento de manuscritos del Anatot del siglo séptimo antes de Cristo, manuscritos que contengan anécdotas, datos estadísticos y cartas, la materia prima para la reconstrucción del mundo en el cual nació Jeremías.
Fantaseamos con una primicia arqueológica. Mientras tanto lo que tenemos al alcance de nosotros es mucho más útil: la investigación teológica. En lugar de hablar sobre lo que los padres de Jeremías hicieron, hablaremos sobre lo que Dios hizo: “Antes que te formara en el vientre, te conocí, y antes que nacieras, te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (Jer. 1:5).
Antes de que Jeremías conociera Dios, Dios ya lo conocía a él: “Antes que te formara en el vientre, te conocí”. Esto cambia todo lo que hayamos pensado jamás sobre Dios. Creemos que Dios es un objeto sobre el cual tenemos preguntas. Tenemos curiosidad sobre Dios. Nos hacemos preguntas sobre Dios. Leemos libros sobre Dios. Participamos en largas sesiones de estudio nocturno sobre Dios. Vamos de vez en cuando a la iglesia para saber cómo van las cosas con Dios. Reflexionamos sobre el amanecer o una sinfonía para cultivar un sentimiento de reverencia hacia Dios.
Pero esta no es la realidad de nuestras vidas con Dios. Mucho antes de que si quiere se nos hubiera ocurrido la idea de hacernos preguntas sobre Dios, Dios ya se hacía preguntas sobre nosotros. Mucho antes de que nos interesáramos en el tema de Dios, Dios nos sometió al más intensivo y exhaustivo conocimiento. Antes de que si quiera cruzara por nuestras mentes que Dios pudiera ser importante, Dios nos señaló como importantes. Antes de que fuésemos formados en el vientre, Dios nos conocía. Fuimos conocidos antes de conocer.
Esta verdad tiene un resultado práctico: ya no vamos de aquí para allá, ansiosos y llenos de pánico, buscando una razón para nuestra existencia. Nuestras vidas no son rompecabezas que deben ser armados. Más bien, vamos a Dios, quien nos conoce y nos revela la verdad de nuestras vidas. El error fundamental es comenzar con nosotros mismos y no con Dios. Dios es el centro a partir del cual la vida se desarrolla. Si utilizamos nuestro ego como el centro del cual se desarrolla la geometría de nuestras vidas, viviremos excéntricamente.
Toda sabia reflexión es corroborada por la Biblia. Entramos a un mundo que no creamos. Crecemos en una vida que fue provista para nosotros. Llegamos a un complejo de relaciones con otras voluntades y destinos que ya están plenamente operativos antes de que seamos incluidos en ellas. Si vamos a vivir apropiadamente, debemos estar concientes de que estamos viviendo en el medio de una historia que ya fue comenzada y que será concluida por otra persona. Esta otra persona es Dios.
Mi identidad no comienza cuando comienzo a entenderme a mí mismo. Existe algo previo a lo que pienso de mí mismo, y eso es lo que Dios piensa de mí. Esto significa que todo lo que pienso y siento es por naturaleza una respuesta, y a aquel a quien estoy respondiendo es Dios. Nunca digo la primera palabra. Nunca hago la primera movida.
La vida de Jeremías no comenzó con Jeremías. La salvación de Jeremías no comenzó con Jeremías. La verdad de Jeremías no comenzó con Jeremías. Él entró a un mundo en el cual las partes esenciales de su existencia ya eran historia antigua. Y con nosotros es igual.
Algunas veces cuando conversamos de manera cercana y profunda con otras tres o cuatro personas, otra persona se añade al grupo y comienza abruptamente a decir cosas, discutir posiciones y a hacer preguntas ignorando completamente lo que fue dicho durante las dos horas anteriores, ignorante del delicado balance que había sido alcanzado en la conversación. Cuando esto sucede, siempre quiero decir: “¿Sería mucha molestia que cerraras la boca por un momento? Sólo siéntate y escucha hasta que te pongas al corriente de lo que estamos hablando. Sinfonízate primero con lo que está sucediendo, y entonces serás bienvenido a nuestra conversación”.
Читать дальше