El hombre moderno es “un negocio sombrío”, dice Tom Howard. “Para disgusto nuestro hemos descubierto que la declaración de autonomía no fue emitida por una raza de hombres libres y magistrales, sino más bien por una raza que puede ser descrita por sus poetas y dramaturgos sólo como aburrida, irritada, desesperada, amargada y congestionada”. 2
Esta condición ha producido un raro fenómeno: individuos que viven vidas triviales y luego se involucran en hechos malvados para darles significado. Asesinos y secuestradores que intentan dar el brinco de la oscuridad a la fama matando a una persona prominente o poniendo en peligro las vidas de quienes viajen en un avión. Con frecuencia tienen éxito. Los medios de comunicación hacen públicas sus palabras y muestran sus acciones. Los escritores compiten entre sí analizando los motivos y proveyendo perfiles psicológicos de éstos. Ninguna otra cultura ha estado tan ávida en recompensar el sinsentido y la maldad.
Si miramos, por otro lado, a nuestro alrededor para saber lo que significa ser una persona madura, íntegra y bendecida, no encontramos mucho que ver. Estas personas están a nuestro alrededor, quizás muchos más de los que hubo nunca, pero son difíciles de localizar. Ningún reportero los entrevista. Ningún show los toma en cuenta. No son admirados. No son imitados. No marcan la moda. No tienen valor monetario alguno. No se da un Oscar a la integridad. Al finalizar el año nadie elabora una lista con las diez vidas más decentes.
De igual forma, seguimos teniendo una sed insaciable por la integridad, un hambre por la rectitud. Cuando nos disgustamos verdaderamente con los cretinos y farsantes que se nos presentan diariamente como celebridades, algunos de nosotros volvemos a las Escrituras para satisfacer nuestra necesidad de alguien a quien imitar. ¿Qué significa ser un verdadero hombre, una verdadera mujer? ¿Qué forma toma en la vida diaria la humanidad auténtica y madura?
Cuando vamos a las Escrituras en busca de ayuda en este tema, podemos sorprendernos. Una de las primeras cosas que nos impresionan sobre los hombres y mujeres de las Escrituras es que fueron decepcionantemente poco heroicos. No encontramos ejemplos morales espléndidos. No encontramos modelos virtuosos impecables. Esto es siempre algo que impresiona a los lectores novatos de la Biblia: Abraham mintió, Jacob traicionó, Moisés murmuró y se quejó, David cometió adulterio, Pedro blasfemó.
Leemos y comenzamos a sospechar una intención: una estrategia consistente para demostrar que las figuras grandes y significativas en la vida fueron creadas del mismo barro que el resto de nosotros. Encontramos que la Biblia es parca en la información que da sobre las personas mientras que es generosa en lo que nos dice sobre Dios. Se rehúsa a alimentar nuestras ansias por héroes a quienes adorar. No complacerá nuestro deseo adolescente de unirnos a club de fanáticos. La razón es, creo yo, bastante clara. Los clubes de fanáticos alientan vidas de segunda mano. Por medio de fotografías y objetos que pertenecieron a personajes famosos, autógrafos y visitas turísticas, nos asociamos con alguien cuya vida es (según nosotros) más emocionante y glamorosa que la nuestra. Encontramos diversión en nuestra propia existencia monótona a través de la vida de alguien exótico.
Lo hacemos porque estamos convencidos de que somos pocos atractivos y ordinarios. El pueblo o ciudad en que vivimos, el vecindario en el que crecimos, los amigos que frecuentamos, las familias o matrimonios que tenemos, todo parece ser tan irrelevante. No encontramos la manera de ser importantes en tales áreas, con tales compañías, entonces nos rodeamos de evidencias de alguien que sí lo es. Llenamos nuestras fantasías con imágenes de una persona que vive más aventuradamente que nosotros. Tenemos gente emprendedora a nuestro alrededor que nos provee (por un precio, por supuesto) con el material para encender el fuego de estas vidas de segunda mano. Hay algo triste y lamentable en todo este negocio, pero florece aún así.
Las Escrituras, sin embargo, no participan en este juego. Algo muy diferente sucede en la vida de la fe: cada persona descubre todos los elementos de una aventura única y original. Se nos previene acerca de seguir las huellas de alguna otra persona y se nos llama a una incomparable asociación con Cristo. La Biblia pone muy en claro que cada vez que hay una historia de fe, esta es completamente original. El genio creativo de Dios no tiene fin. Él jamás, fatigado e incapaz de sostener los rigores de la creatividad, recurre a la producción en masa. Cada vida es un lienzo nuevo en el cual usa líneas y colores, sombras y luces, texturas y proporciones que jamás había usado antes.
Vemos lo que es posible: todos y cada uno de nosotros somos capaces de vivir una vida entusiasta que sobrepase los límites de un estereotipado envase que una sociedad cohibida por el pecado provee. Este tipo de vidas unen espontaneidad y propósito y reviven un paisaje deshidratado con significado. Vemos también cómo es posible: sumergiéndose en una vida de fe, participando en lo que Dios inicia en cada vida, explorando lo que Dios está haciendo en cada evento. Las personas que vemos en cada página de las Escrituras son extraordinarias por la intensidad con la que viven siguiendo a Dios, la minuciosidad con la cual todos los detalles de sus vidas son incluidos en la palabra de Dios para ellos, en el actuar de Dios en ellos. Son estas personas, quienes son conscientes participar en lo que Dios dice y hace, quienes son más humanos, quienes están más vivos. Estas personas son evidencia de que a ninguno de nosotros se nos pide que vivamos “a este pobre y mediocre nivel” otro día más, otra hora más.
Esta cualidad doble de las Escrituras –la capacidad de intensificar una pasión por la excelencia combinada con una indiferencia hacia los logros humanos como tales— me llama poderosa y particularmente la atención en el libro de Jeremías.
Cleanth Brooks escribió lo siguiente: “Uno busca un modelo de hombre, intentando en un mundo crecientemente deshumanizado identificarse a sí mismo con un hombre que actúe como un ser moralmente responsable y no que ande como si fuera un mero objeto”. 3Jeremías es, en mi opinión, un “modelo de hombre”, una vida excelencia que los griegos llamaron aretê . En Jeremías está muy claro que la excelencia viene de una vida de fe, de estar cada vez más interesado en Dios que en sí mismo, y que tiene casi nada que ver con comodidades, fama o logros personales en la historia. Jeremías estimula mi pasión por una vida plena. Al mismo tiempo, cerraba firmemente la puerta contra intentos de alcanzar esta clase de vida por medio de la autopromoción, autosatisfacción o mejoramiento propio.
Es extremadamente difícil ilustrar la bondad de manera atractiva; es mucho más sencillo retratar a un canalla interesante. Todos nosotros tenemos mucho más experiencia en el pecado que en la bondad, por lo que un escritor tiene más material imaginario con que trabajar para crear un personaje malo que uno bueno. En novelas, poemas y obras de teatro la mayoría de los personajes memorables son villanos o victimas. La gente buena, de vidas virtuosas, parecen un poco tontas. Jeremías es una impresionante excepción. En la mayor parte de mi vida adulta me ha atraído. La complejidad e intensidad de esta persona capturó y retuvo mi atención. Lo cautivante en este hombre es su bondad, su virtud, su excelencia. Tuvo una vida plena. No tuvo una vida color de rosas, al contrario, atravesó tormentas violentas de hostilidad y la furia de la duda amarga. No hay un solo rastro de satisfacción, complacencia o ingenuidad en Jeremías. Cada músculo de su cuerpo fue presionado hasta el límite por la fatiga, cada pensamiento en su mente fue sujeto al rechazo, cada sentimiento en su corazón fue sometido al ridículo. La bondad en Jeremías no significó “ser bueno”. Fue algo más como la valentía .
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