Jeremías continuó haciendo lo que todos los demás comienzan a hacer, ser humano. Y nunca se detuvo. Durante más de sesenta años continuó viviendo dentro del significado de su nombre. El significado exacto de Jeremías no es seguro: puede significar “El SEÑOR exalta” o “el SEÑOR arroja”. Lo que sí es cierto es que “el SEÑOR”, el nombre propio de Dios, está en su nombre.
El día en que su hijo nació, Hilcías y su esposa le dieron nombre tomando en cuanta la manera en que Dios actuaría en su vida. Por la esperanza de que verían los años transcurrir y a su hijo como uno en quien el Señor se alzaría: Jeremías –el Señor es exaltado. O, por la esperanza que vieron en el futuro de que su hijo sería una persona que Dios lanzaría a la comunidad como una jabalina representativa de Dios, penetrando las defensas del egoísmo con justicia divina y misericordia: Jeremías –el Señor arroja. De cualquier forma, está claro que Dios está en el nombre. La vida de Jeremías fue compuesta con la acción de Dios. Los padres de Jeremías vieron a su hijo como un espacio viviente en el cual lo humano y lo divino se integrarían. La vida de Dios, de una u otra forma (¿exaltando?, ¿arrojando?), encontrarían un medio de expresión en el hijo de ellos. Dar nombre no es un capricho; es un medidor de esperanza en relación con el futuro. Y “la esperanza no es un sueño sino una forma de hacer los sueños realidad” (Cardenal L. J. Suenens).
Ningún niño es sólo un niño. Cada uno es una criatura en la cual Dios intenta hacer algo grande y glorioso. Ninguno es sólo el producto de los genes aportados por los padres. Quienes somos y quienes seremos guarda relación con lo que Dios es y con lo que él hace. El amor de Dios, su providencia y salvación, están incluidos en la realidad de nuestra experiencia junto con nuestro metabolismo, tipo sanguíneo y huellas digitales.
La mayoría de los nombres en la historia de Israel estuvieron compuestos con el nombre de Dios. Los nombres anticipaban lo que cada quien sería en su adultez. Josías , el Señor sana; Joacim , el Señor levantará; Sedequías , el Señor es justo; Jeremías , el Señor exalta, o el Señor arroja. Algunas de estas personas vivieron según el significado de sus nombres. Jeremías y Josías lo hicieron. Otros, como Joacim y Sedequías, fueron una vergüenza para sus nombres, parodiando con sus vidas la gran promesa de sus nombres. Sedequías tenía un nombre glorioso, pero lo traicionó. Joacim tenía un nombre maravilloso, pero lo abandonó.
Existen al menos tres categorías dentro de las cuales Jeremías pudo haber caído tranquilamente, tomando su lugar entre los profesionales religiosos de su época: profeta, sacerdote u hombre sabio. Estos eran los roles aceptados para las personas que se preocupaban por las cosas de Dios y el camino de la humanidad. La negativa de Jeremías de aceptar cualquiera de los roles disponibles y su excéntrica insistencia en vivir la identidad de su nombre lo colocó en evidente contraste con la desgastada suavidad de aquellos que se habían adaptado a las expectativas de la opinión personal y quienes habían conseguido el contenido de sus mensajes no preguntando “¿Qué hay para comer?” sino “¿Qué se tragará José?” Su angular integridad expuso la autocomplacencia superficial en la que vivían. Fueron provocados y se enfurecieron: “Venid y preparemos un plan contra Jeremías, porque la instrucción no le faltará al sacerdote ni el consejo al sabio ni la palabra al profeta. Venid calumniémoslo y no atendamos a ninguna de sus palabras” (Jer. 18:18). Sacerdotes, sabios, profetas y afines sintieron que su bienestar profesional estaba siendo amenazado por la singularidad de Jeremías. Presas del pánico, tramaron su desgracia. Su “instrucción”, “consejo” y “palabra” estaban en peligro de ser expuestos como fraudes piadosos por la honestidad y vida apasionada de Jeremías.
Los franceses acuñaron la frase deformation professionelle – deformación profesional- la propensión o tendencia a errar que es inherente al rol que uno haya asumido, vale decir, médico o abogado. La deformación a la cual los profetas, sacerdotes y sabios estaban sujetos era promocionar a Dios como una comodidad, usar a Dios para legitimar sus propios intereses. Esto es algo sencillo y frecuente. Sucede sin que se le busque deliberadamente.
Lo que no había previsto
Fue el día gradual
Debilitando la voluntad
Perdiendo su claridad… 9
Un nombre propio, no un papel asignado, es nuestro es nuestra libreta de ahorros dentro de la realidad. Es también nuestra constante orientación dentro de la realidad. Cualquier otra cosa que no es nuestro nombre –título, oficio, número, rol— es menos que un nombre. Separados del nombre que nos marca como creados de manera única y nos refiere de manera personal, podemos caer en fantasías que están fuera del alcance del mundo real que nos hacen vivir de manera inefectiva e irresponsable. En otros casos, vivimos según el estereotipo que otras personas nos han asignado y que se encuentran fuera del alcance del carácter único con el cual Dios nos creó, y por tanto vivimos reducidos al aburrimiento, perdiendo nuestra claridad.
Jeremías, un nombre unido al nombre y actuar de Dios. La única cosa más importante para Jeremías que su propio ser, era el ser de Dios. Él lucho en el nombre del Señor y exploró la realidad de Dios, y en el proceso creció y se desarrolló, floreció y maduró. Siempre estuvo extendiéndose, encontrando cada vez más la verdad, entrando en contacto más con Dios, haciéndose más él mismo, más humano.
Antes que te formara en el vientre, te conocí, y antes que nacieras, te santifiqué, te di por profeta a las naciones .
Jeremías 1:5
¿Qué ciencia podrá algún día ser capaz de revelar al hombre el origen, naturaleza y carácter de aquel poder conciente para desear y amar lo que constituye su vida? Ciertamente no es nuestro esfuerzo, ni el de nadie más alrededor nuestro lo que pone a andar tal corriente. Y ciertamente tampoco es nuestra solicitud, ni la de nuestro amigo, la que impide su flujo o controla su turbulencia. Podemos, por supuesto, trazar a los largo de las generaciones algunos de los antecedentes de la corriente que nos lleva; y podemos también, por medio de ciertas disciplinas y estímulos morales y físicos, regularizar o aumentar la apertura a través de la cual la corriente es liberada en nosotros. Pero ni la geografía ni los artificios nos ayudaran en la teoría ni en la práctica a canalizar las fuentes de la vida. Mi propio ser es dado a mí más de lo que es formado por mí. El hombre, dice la Escritura, no puede añadir un codo a su estatura. Mucho menos aún añadir una unidad al potencial de su amor, o acelerar en otra unidad el ritmo fundamental que regula la madurez de su mente y de su corazón. En último caso la vida profunda, la vida de la fuente, la vida recién nacida, escapa completamente a nuestra comprensión.
Pierre Teilhard de Chardin 1
Me encontraba sentado en el mostrador de una charcutería en Brooklyn, comiendo un emparedado de pastrami con pan de centeno y teniendo una conversación ligera con el dueño del establecimiento. Después de unos quince minutos de conversación desordenada, sin que ninguno de los dos dijera al otro nada de interés, el hombre se puso en pie delante de mí adoptando una postura de intensa concentración y dijo: “No me lo diga, usted es de… déjeme ver… usted viene de… Nebraska”.
“No”, le dije, “Soy de Montana”.
El hombre se desilusionó, “Normalmente no me equivoco tanto”.
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