Jonathan Edwards - Los afectos religiosos

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El pastor Jonathan Edwards, el teólogo más destacado de las Américas, escribió el «Ensayo Sobre los Afectos Religiosos» en tiempo del Primer Gran Despertamiento de las Américas, que también fue conocido en Inglaterra como el Avivamiento Evangélico. Él predicaba una serie de sermones en 1742-1743 tratando el tema de cómo distinguir entre la experiencia religiosa que es verdadera y la que es falsa. El ensayo vino del texto de estos sermones redactados para publicación en 1746, y es redactado y traducido aquí para el español.
¡Qué problemas pudiera haber evitado la Iglesia si los cristianos se hubieran pegado a lo que dicen las Escrituras en cuanto a la experiencia verdadera de la salvación!

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Mucho debemos avergonzarnos de que estas situaciones no nos afectan más.

PARTE SEGUNDA

SEÑALES INVALIDAS PARA COMPROBAR QUE NUESTRAS EMOCIONES SEAN PRODUCTO DE UNA VERDADERA EXPERIENCIA DE SALVACIÓN

Las emociones religiosas pueden tener un origen natural o espiritual. Pueden existir en personas que no han sido salvas, al igual que en aquellas que verdaderamente se han convertido. En esta parte del libro, voy a examinar experiencias que ni comprueban que nuestras emociones, sean espirituales, ni demuestren que no lo sean. En otras palabras, quiero que miremos experiencias que no nos dicen nada acerca de la naturaleza espiritual o no espiritual de nuestras emociones.

El que nuestras emociones sean vivas y fuertes no comprueba que sean o no sean espirituales

Algunas personas condenan toda emoción fuerte. Albergan prejuiciosencontradetodoelquetengasentimientospoderososyvivosacercadeDiosylascosasespirituales.Instantáneamente asumen que tales personas sufren de algún engaño. Sin embargo, si, como acabo de comprobar, la religión verdadera tiene mucho que ver con nuestras emociones, se desprende que la abundancia de la verdadera religión en la vida de una persona resultará en plenitud de emoción.

El amor es una emoción. ¿Dirá algún cristiano que no debemos amar abundantemente a Dios o a Jesucristo? ¿O dirá alguno que no debemos sentir gran odio y dolor por el pecado? ¿O que no nos compete sentir un alto grado de gratitud a Dios por su misericordia? ¿O que no nos es necesario desear con intensidad a Dios y su santidad? Hay algún cristiano que pueda decir, “Estoy bien satisfecho con el grado de amor y gratitud que siento hacia Dios, y con el grado de odio y tristeza que siento hacia el pecado. No tengo necesidad de orar pidiendo una experiencia más profunda de estas cosas.”?

1 Pedro 1:8 Habla de emociones vivas y fuertes cuando dice: “os alegráis con gozo inefable y glorioso.” De hecho, las Escrituras suelen requerir de nosotros profundidad en el sentir. En el primer y gran mandamiento, agotan el alcance del lenguaje para expresarnos el grado hasta el cual debemos amar a Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30). Las Escrituras también nos mandan a sentir fuerte gozo: “Alégrese Israel en su Hacedor; ... Regocíjense los santos por su gloria, y canten aun sobre sus camas” (Salmos 149:3,5). Además, con frecuencia nos exhortan a estar agradecidos con Dios por sus misericordias.

De los creyentes cuyas experiencias se nos narran en las Escrituras, los más sobresalientes expresan a menudo emociones fuertes. Por ejemplo, veamos al salmista: Él menciona su amor como si fuera indecible: “!Oh cuánto amo yo tu ley!” (Salmos 119:97). Su deseo espiritual lo sobrecoge: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía” (Salmos 42:1). Habla de inmensa tristeza por sus propios pecados y los pecados de los demás: “Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza; como carga pesada se han agravado sobre mí” (Salmos 38:4). “Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley” (Salmos 119:136). Expresa también ferviente gozo y alabanza espiritual: “Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos... Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijaré” (Salmos 63:3-4, 7).

Esto, pues, demuestra que la existencia de fuertes emociones religiosas no es necesariamente una señal de fanatismo. Erramos gravemente si condenamos a la gente de exaltada simplemente porque sus emociones son fuertes e intensas.

Por el otro lado, el hecho de que nuestras emociones sean fuertes e intensas tampoco comprueba que su naturaleza sea verdaderamente espiritual. Las Escrituras nos muestran que las personas se pueden emocionar mucho en cuanto a la religión sin llegar a ser verdaderamente salvas. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, la misericordia de Dios en el éxodo conmovió grandemente a los israelitas, y cantaron sus alabanzas--Éxodo 15:1-21. Sin embargo, pronto olvidaron sus obras. La entrega de la Ley en el Sinaí los animó de nuevo; parecían estar llenos de santo entusiasmo, afirmando, “Todo lo que Jehová ha dicho, haremos” (Éxodo19:8). Al poco tiempo ¡los vemos adorando al becerro de oro!.

En el Nuevo Testamento, las multitudes de Jerusalén profesaban admirar grandemente a Cristo, y lo alababan. “¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!” (Mateo21:9). Pero cuán pocos de estos eran verdaderos discípulos de Cristo. Muy pronto las mismas multitudes estarían gritando, “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” (Marcos 15:13-14).

Todos los teólogos ortodoxos están de acuerdo en que pueden existir sentimientos muy vivos en cuanto al cristianismo sin que haya una genuina experiencia salvadora.

El que nuestras emociones tengan un gran impacto sobre nuestro cuerpo no comprueba que sean o no espirituales.

Todas nuestras emociones afectan nuestros cuerpos. Esto se debe a la unión íntima entre cuerpo y alma, carne y espíritu. No es nada sorprendente entonces, que las emociones fuertes tengan, por consiguiente, un fuerte efecto en el cuerpo. Sin embargo, estas emociones pueden ser o naturales o espirituales en su origen. La presencia de efectos corporales no puede comprobar ni que la experiencia sea sencillamente natural ni verdaderamente espiritual.

Las emociones espirituales, cuando poderosas y fuertes, indudablemente son capaces de producir grandes efectos corporales. El salmista dice, “Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo” (Salmo 84:2). Aquí vemos una clara distinción entre corazón y carne, y la experiencia espiritual afectó a ambos. Otra vez dice, “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela” (Salmo 63:1). De nuevo se ve la clara distinción entre alma y carne.

El profeta Habacuc habla de como experimentó corporalmente la majestad de Dios: “Oí, y se conmovieron mis entrañas; a la voz temblaron mis labios; pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí” (Habacuc 3:16). Igual experiencia tuvo el salmista, “Mi carne se ha estremecido por temor de ti,” (Salmo 119:120).

Las Escrituras nos relatan revelaciones de la gloria de Dios que tuvieron fuertes efectos corporales en aquellos que las recibieron. Por ejemplo, Daniel: “No quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno” (Daniel 10:8). La reacción del apóstol Juan a una visión de Cristo fue esta: “Cuando le vi, caí como muerto a sus pies”(Apocalipsis 1:17). De nada sirve objetar que estas fueron revelaciones externas y visibles de la gloria de Dios, más bien que espirituales. La gloria externa era una señal de la gloria espiritual de Dios. Daniel y Juan lo habrían entendido así. La gloria externa no los sobrecogió solo por su esplendor físico, sino precisamente porque era una señal de la infinita gloria espiritual divina. Sería presumir, decir que en nuestros días Dios nunca da a creyentes vistazos espirituales de su belleza y majestad los cuales producen efectos corporales similares.

Por el otro lado, los efectos corporales no comprueban que las emociones que los han producido sean espirituales. Emociones fuertes que no tienen orígenes espirituales también pueden afectar poderosamente al cuerpo. Por lo tanto, no podemos valernos de simples reacciones corporales como pruebas de que nuestra experiencia haya sido de Dios. Tenemos que tener alguna otra manera de evaluar la naturaleza de nuestras emociones.

[Nota: Edwards se esfuerza en casi todo este capítulo para demostrar que las emociones espirituales sí pueden producir fuertes reacciones físicas, sin decir que siempre, ni aun normalmente, lo hagan. Debemos recordar que el contexto en el cual escribía era el de uno de los avivamientos más grandes que se haya conocido en la historia de la iglesia, momento cuando la gente estaba muy propensa a desmayarse, llorar, y temblar bajo la poderosa predicación de la palabra de Dios.

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