Independiente de la ubicación geoespacial, la historia humana está ligada al alimento y a condiciones de entorno que propicien la vida ya sea nómada o estabilizada. Los registros históricos parecen coincidir en que casi 90 000 años son cazadores-recolectores que suplen sus necesidades con lo establecido naturalmente: el río, el mar, la sabana, el valle, entre otros (Betancourt Suárez, 2008, p. 221). Aquello que se producía en el sitio, se convertía en fuente alimenticia, de vestido y vivienda como necesidades básicas a satisfacer. Los alimentos crudos pronto fueron atravesados por la magia del fuego que acrecentaba el sabor y el olor, los cuales no solamente atraían a grupos cercanos, sino también a los depredadores y se convirtió en instrumento de colonización y de guerra (Bernardo Fernández, 2010, p. 23; Harari, 2014, p. 11).
Según Harari (2014) «Hace unos 300 000 años, H. erectus, neandertales y H. sapiens, usaban el fuego de manera cotidiana» (p. 24). Mientras que el fuego acompaña al hombre en su trasegar evolutivo, la sal se suma al convite alimentario chino hace aproximadamente 2700 a. C. (ISAL, 1999) y su uso se extiende, posiblemente a través del surgimiento de las primeras formas de comercio (Cordain et al., 2005, p. 344).
1.1.4. El nacimiento de la agricultura
Sánchez de Prager, Barrera et al. (2017, pp. 255-256) sostienen:
El crecimiento de poblaciones que generaba mayores demandas y/o la esperanza de tener asegurada la comida sin necesidad de grandes movilizaciones, dio origen hace apenas unos 10 000 a 12 000 años al nacimiento de la agricultura de manera independiente en diferentes partes del mundo (Capra, 2003, p. 96; Sarandón y Flores, 2014, p. 13) a partir de asentamientos humanos donde el hombre actúa ya como «agente transformador consciente, que va multiplicando crecientemente sus medios de vida mediante la siembra de semillas y la cosecha de frutos, como ninguna otra especie lo había logrado en la historia evolutiva del planeta» (Patiño, 1988, p. 101).
La siembra de plantas y manejo de especies, fruto de su quehacer práctico y reflexivo, aseguraban la soberanía, [autonomía] y seguridad alimentaria, pues además de proveer el alimento estaban allí, hacían parte de lo disponible, del territorio, del paisaje. El nacimiento de estos lugares, como se dijo con anterioridad, normalmente, ocurría donde hubiese disponibilidad de agua, generalmente cerca de los ríos y/o del mar.
Por ensayo-error aparecieron las prácticas agrícolas que acompañaron el nacimiento de la agricultura y los agricultores: la siembra de especies como el maíz y el fríjol (México), la papa y el tomate en Suramérica, el trigo y las lentejas en Asia occidental y noreste de África, el arroz, el mijo y los cerdos en China, la caña de azúcar y los plátanos en Nueva Guinea. En África, el mijo africano, el arroz africano, el sorgo y el trigo. El café en Etiopía. Acompañando a las plantas, las especies animales domesticadas se remontan al pasado: los rebaños de ovejas, cabras, pequeñas especies como el conejo, cuy, gallinas, llama, entre otros, que aseguraban la disponibilidad de alimentos para los grupos asentados, aparece lo local, regional y se origina también el comercio en sus diferentes modalidades de intercambio [como complemento] (Harari, 2014, p. 150; Higham, 1990, p. 5).
Los trabajos en equipo con ayuda mutua y conjunta, agrupaban a los miembros de la sociedad (Engels, 2003, p. 12), los conocimientos se apropiaban de abuelos a padres e hijos dentro de la familia, entre los vecinos y coterráneos. Constituían el acervo de saberes que permitían a los mayores y a los jóvenes asegurar la vida en comunidad.
Anexo a la agricultura, según lo sostiene Patiño (1988, p. 101), aparece la matemática unida a las necesidades de mediciones, la ingeniería como instrumento para ejecutar obras de adecuación y de riegos, la variedad de alimentos generó la gastronomía que se convierte en símbolo de los territorios y de la cultura local y regional, la química, la orfebrería, textilería y las actividades de obtención de materias primas basadas en la agricultura. También están ligados el tratamiento de enfermedades — principios de la medicina—, el intercambio de productos y el comercio organizado (Esteva, 2004, p. 4). Es decir, el nacimiento de muchas ciencias está ligado a los asentamientos humanos que propició el desarrollo de la agricultura (Bravo, 1991, p. 16).
«En el siglo I [a. C.], la inmensa mayoría de las personas en la mayor parte del mundo eran agricultores» (Harari, 2014, p. 96).
1.1.5. La revolución agrícola transforma el ámbito agrario
Así mismo, Sánchez de Prager, Barrera et al. (2017, pp. 256-257) afirman:
El paso del Neolítico al desarrollo de las primeras civilizaciones surgidas en Egipto, Grecia, Roma y, luego el medioevo, en el mundo occidental conlleva profundos cambios culturales. Aparece el concepto de ciudad con sus propias demandas que conducen a transformaciones sociales, económicas, políticas y científicas, especialmente en esta última, la ciencia emerge como oportunidad para explicar los fenómenos de la vida y producir “transformaciones definitivas en el ámbito agrario, en la estructura de la propiedad de las tierras y el desarrollo de nuevas técnicas de cultivo” (Fratarelli, 2010, p. 13).
Pronto, las civilizaciones que surgieron comprendieron que el manejo de la agricultura era vital para asegurar su supervivencia, al igual que la propiedad de la tierra (suelo, agua) donde se pudieran, inicialmente, establecer los cultivos y convertirse en símbolos de poder. Entonces, la lucha por la posesión de la tierra como bien natural de primera necesidad ha acompañado la historia del hombre y se ha traducido en guerras locales, regionales y mundiales.
El feudalismo da paso a la burguesía antecesora del capitalismo. La edad moderna traerá consigo el fortalecimiento de la visión antropocéntrica del planeta, es la época de las monarquías y de la conquista de América (siglo XV), el encuentro de dos mundos con profundas transformaciones sociales, económicas, políticas y fundamentales en la agricultura. La edad contemporánea inicia a finales del siglo XVIII, con los profundos cambios que induce la revolución francesa, la cual, aporta hitos sociales trascendentales para la historia de la humanidad: el establecimiento de la democracia, al reconocimiento de los derechos humanos, para todos, además de avances científicos y técnicos insospechados. La sociedad dividida en clases sociales predomina en la historia de la humanidad (Delgado de Cantú, Cantú Delgado y Ramírez Magallanes, 2005, p. 5; Fau, 2009, p. 13).
Cada uno de estos periodos dejó sus huellas en la agricultura: el riego, el arado, la siembra de especies como el trigo, la cebada, la lenteja, ganadería, pesca, comercio, los silos para proteger las cosechas. América conoció el trigo, el café, la caña de azúcar y el olivo, entre otros. España y Europa recibieron el maíz, el cacao, la papa, frijoles, tomate y diversidad de frutales. En la etapa contemporánea, ocurrió la mayor urbanización y concentración de la población en las ciudades con alta reducción de la comunidad rural, lo cual incide en la necesidad de producir alimentos y materias primas.
La agricultura ha sido impactada por los cambios sociopolíticos y económicos que acompañaron las guerras mundiales, el advenimiento de la denominada Edad Moderna, con el desarrollo de las ciencias y el cambio de sistemas económico-sociales —del feudalismo al capitalismo contemporáneo— y sus avances cada vez más sofisticados —el capitalismo salvaje— que arrasa los sistemas naturales y sociales e impone un modelo dominante, en el cual, la concepción de naturaleza es de recurso antes que de bien natural finito2.
1.1.6. De la agricultura a las ciencias agronómicas
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