Fernando Bergel - El cerebro adicto

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A través del tiempo, observé que uno de los eslabones que faltaba en los pacientes y familiares de adictos en recuperación es la información. Y entonces, decidí hacer este libro que atraviesa lecturas sociológicas y antropológicas, ya que el factor de cómo la humanidad enfrenta desafíos desde su nacimiento, pasando por la Edad Media, la Edad Moderna hasta llegar a la Posmodernidad, coloca al ser humano y a un cerebro adicto como resultante de un proceso social. Ya que el siglo XXI está llegando a niveles de pandemia, el abordaje neurológico y psicológico, tanto desde el problema como desde la solución, le da al texto un carácter alentador ya que cuando la enfermedad es reconocida la solución es posible. El abordaje que se propone en este libro es desde la mirada de los programas de doce pasos e incluye también terapéuticas psicológicas más dinámicas. Se plantea una diferencia entre lo genético y lo epigenético, que toma en cuenta el medio ambiente, el grupo familiar, y ofrece, como parte de la solución, la mirada de la biodecodificación y de las constelaciones familiares de
Bert Hellinger.Tomamos en cuenta también, como parte de la información vital y desde la investigación más rigurosa, el daño que produce cada una de las sustancias, en el caso de la drogadicción y el alcoholismo, sin dejar afuera las adicciones no tóxicas pero que destruyen el núcleo del individuo. Concluimos que no son las sustancias las que causan adicción sino que hay un cerebro adicto que utiliza múltiples circunstancias para auto destruirse. Este libro brinda una información de fácil acceso y comprensión para todo lector interesado en las causas, problemática y solución de problemas de adicción, y ofrece una mirada completa, integral y holística de este flagelo social en el que todos, de un modo u otro, estamos incluidos.

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Estos nódulos sociales, que son los individuos y las familias, arman las membranas vinculares de toda la sociedad. El cerebro adicto y sus resoluciones de vacío, en cuanto a las adicciones no tóxicas se refiere, están creando un agujero en esa colectividad.

En esta sociedad del inmediatismo, la resolución del vacío espiritual apela a la compra inmediata, al juego de azar, a la compulsión por la comida o a obsesionarse con los músculos y los gimnasios. Nunca en la historia de la humanidad hubo tantos gimnasios, ni tantas personas corriendo en las plazas, en los parques y en las ramblas de todos los países del mundo. Es la obsesión por el running , como por verse flaco o por verse pulido desde la piel o por las compras, como si un par de zapatillas o una cartera nueva modificara la estructura del individuo de la clase media. Estas actitudes hacen que las adicciones no tóxicas sean un síndrome epidémico en los albores del siglo XXI.

Entonces, en cuanto a adicciones no tóxicas se refiere, los niveles de filtración de estas conductas que devienen en patologías severas, son el fiel reflejo de una sociedad resquebrajada, donde la idea de la búsqueda de completitud, de integridad —hasta de dignidad— quedan reemplazados por tapa agujeros que no son más que meros comportamientos, repetitivos, día tras día, hora tras hora, negando toda circunstancia de trascendencia como, por ejemplo, la caducidad y la muerte.

Como todos sabemos, a medida que el tiempo pasa, no cumplimos años sino que restamos años. La paradoja consiste en que, en vez de conectarme con la idea teleológica y hasta teológica de la existencia, me conecto con una búsqueda de consumir o, en el caso de las cirugías estéticas, de mejorar aquello que se va deteriorando, con costos altísimos por llegar a estándares de belleza que transforman a los individuos en monstruos. Monstruos de la cirugía, o sea, de la ciencia que, en lugar de ser volcada para una quemadura de primer grado o la reconstrucción en un accidente grave, es comercializada para los adictos, donde el cirujano, es decir, el científico, se transforma en el dealer del consumidor compulsivo de las cirugías estéticas. Los gimnasios y los centros de estética son lugares que agrupan a personas con el fin de negar todo vestigio de realidad, borrando por completo la idea del fin, es decir, de la muerte. Se busca borrar la idea de que absolutamente todo lo que tenemos y lo que somos, como cuerpos, como habitantes de casas o de ciudades, lo tenemos que dejar, porque solo lo estamos usando. Ni siquiera nuestro propio cuerpo nos pertenece.

Por esa razón, las compras, las cirugías, la vigorexia y la adicción a las dietas son un grupo de síntomas que esconden un gran miedo a la muerte, al deterioro y a la vejez. Es la búsqueda de ser viejos sin envejecer.

El grupo de la electrónica, donde está internet, los videojuegos, el teléfono móvil y la ludopatía, es una categoría que junta lo recreativo con lo lucrativo, la producción y la destrucción en el mismo acto. Esto lleva a niños, jóvenes y adultos a transformar sus cerebros en cerebros adictos, es decir, en un cerebro dopamínico que esconde las emociones de angustias y desconexión social, ya que las redes sociales, con su falso código comunicacional, crean en el individuo la fantasía de estar conectados con otras personas. Creen hablar con esas otras personas, produciendo la gestión de un sentido emocional por el otro, cuando, en verdad, no hay ningún otro, porque lo que tiene enfrente de sí es una máquina. La otredad implica la presencia física del otro, donde hay matices, tono de voz, tacto, miradas y el fenómeno irremplazable del contacto emocional. La otredad desaparece cuando el individuo está solo; por lo tanto, no hay otro. Solo hay aislacionismo e individualidad, gestionando un montón de contactos con otros en situación de soledad, escondiendo el gran miedo al contacto, a la intrusión del otro que invadiría su espacio físico con sus hábitos, sus gustos, su aliento, sus bacterias y sonidos. El otro debe de existir físicamente para que realmente esté.

Lo mismo sucede en los juegos en red. Al jugar en red, los jóvenes —hoy jóvenes, pero que en unos años serán adultos— seguirán teniendo los mismos hábitos reemplazados por nuevas tecnologías. Así, serán adultos o viejos con esos mismos hábitos. Lo que hoy es actualizado, queda desactualizado cuando las nuevas tecnologías reemplacen a las actuales. Estos jóvenes no están jugando con nadie, porque da lo mismo que los comandos de los otros contrincantes, para el caso, los esté operando otro individuo en otra parte del mundo o simplemente otro ordenador en otra parte del mundo, al que llamamos Inteligencia Artificial (IA).

Por lo tanto, el cerebro no produce ningún contacto con nadie, la otredad desaparece y el cerebro no diferencia entre el otro y una máquina. Solo le queda el placer por jugar, ganar y llevar una vida a través del juego en internet, alejada de todo otro valor.

Asimismo, la adicción a los fondos de inversión —conexión con Bloomberg las veinticuatro horas para revisar todas las bolsas de comercio del mundo, buscando especular entre un sistema de ganancias y el otro— no es muy diferente a cualquier otro tipo de entretenimiento o juego de azar, ya que el cerebro construye el mismo sistema de «placer y recompensa» como en cualquier otro síntoma de adicción. En el caso del adicto a la bolsa (así como el del juego), se disfruta de la pérdida y no de la ganancia, generando en un principio el hechizo de jugar para ganar pero, en verdad, el cerebro disfruta de perder, ya que, en los cambios de carriles entre el bien y el mal, el placer y el displacer, el gozo y el dolor, son una inversión de valores y hacen que el individuo necesite un tratamiento igual al que se hace con cualquier adicción tóxica.

Por otro lado, tenemos una adicción tan común como es la adicción a la televisión y a las noticias, donde también incluimos radios y periódicos. Generalmente están volcadas a noticias sociales y políticas, maquillados en frases como «hay que estar actualizado para saber qué pasa». Estos son individuos que se levantan a la mañana con la radio, como si fuera un despertador, escuchando a distintas personas hablando de cuestiones totalmente ajenas al individuo y donde los canales de noticias repiten la misma noticia diariamente porque, en el periodismo amarillista y el sistema de control social a través de los noticieros, la noticia que se supone es la información y la divulgación de lo que está pasando en una sociedad fue reemplazada por la noticia negativa. Lo que se informa desde el periodismo son crímenes, robos, la acción de un político deshonesto, la catarata de denuncias sobre situaciones domésticas de maltrato y violencia familiar o las inundaciones en los barrios por alguna lluvia o tormenta. Lo que sucede como buenas noticias, por ejemplo, lo que estoy haciendo en este momento —alguien escribiendo un libro— no es una noticia. O adquirir un nuevo gatito para la familia, no es una noticia. Entonces, el adicto a la noticia está conectado a una cascada de circunstancias que le generan una emoción negativa y una idea imaginaria de que lo que está sucediendo en todos lados, todo el tiempo; son catástrofes que muestran una ruina que resquebraja de la sociedad en su totalidad. Es, en definitiva, un fiel reflejo de una cultura en decadencia. Las noticias no somos los pensadores ni las buenas acciones cotidianas. Mucho menos las noticias científicas, porque para lo científico existen revistas especializadas con publicaciones determinadas, a las que no accede el que es adicto a la televisión y a los otros medios. Para comprender el contenido de las publicaciones científicas debe utilizar otras regiones del cerebro, que no son regiones adictas. El cerebro adicto consume noticias, consume vibración mala. Consume ruido.

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