Jerónimo Moya - Arlot

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Atravesando los bosques que rodeaban su castillo el duque de Aquilania, conocido como Diablo, se sentía colérico puesto que sus cacerías resultaban infructuosas. Resultaba evidente que últimamente las gentes del señorío los domingos se encerraban en iglesias y casas para evitarle. Y su cólera aumentó cuando tras uno de los recodos del sendero advirtió una silueta que permanecía en el centro, inmóvil. Se trataba de un hombre joven, alto, de pelo negro y largo y rostro frío. Le esperaba.¿Le esperaba? Insólita situación para quien se sostiene sobre el terror ajeno y cuya mera presencia acobarda. Sin embargo, resultaba evidente que tales sentimientos no eran compartidos por el desconocido. Y había más: sostenía en su mano una espada oscura de gran tamaño. ¿Le desafiaba?, pensó, incapaz de creerlo posible. ¿Cómo te atreves?, gritó, furioso.El joven no se movió, su rostro no se alteró y la espada permaneció con la punta descansando sobre la hojarasca. A la espera. Aquel atardecer de primavera ni el duque de Aquilania ni el joven que permanecía en el sendero para cumplir con lo que algunos consideraban venganza y él justicia, sabían que con aquel encuentro se iniciaba una nueva época en el reino de Entrealbas. Aquel atardecer de primavera ni él ni el joven que permanecía en el sendero sospechaban que un grupo de jinetes, un grupo de amigos, capitaneados por quien en aquel momento sostenía la espada oscura, se convertiría en una ilusión para quienes no disponían de otro destino que el de la resignación y la obediencia. En una leyenda.

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Un domingo en que el cielo se pulió en un radiante azul, los siete amigos decidieron salir de caza. A ellos se unió, apenas tuvo conocimiento de sus planes, siempre en su papel de tutor, Páter. El día, claro y sin viento, invitaba a recorrer los caminos del bosque a pesar de las costras de hielo que los cuarteaba. Por la aldea había corrido la voz de que un grupo de ciervos se había instalado en los alrededores, y ya se habían organizado desde el castillo diversas y frustradas cacerías. Según Triste se debía a que los soldados se perdían en cuanto se encontraban con más de dos árboles. Atravesaron el claro en que solían practicar con las armas que entre unos y otros habían conseguido reunir, y esconder puesto que las órdenes en este sentido seguían siendo estrictas: al margen de la milicia y la nobleza, la posesión de armas se limitaba a los cuchillos y las hachas dada su utilidad doméstica, las segundas para conseguir leña. Las espadas, al igual que poseer un caballo, en principio pertenecían a la milicia o a las clases sociales que se iniciaban en quienes se reconocían como caballeros, condición de la que en el señorío se tenía noticia únicamente a través de los juglares. Habían dejado la aldea antes del amanecer, en esta ocasión con tres arcos y cuatro cuchillos de considerable tamaño ocultos bajo las pieles con las que combatían el frío. Solo Yúvol había prescindido de tal prenda y se limitaba a protegerse con una capa de lana. Más allá del claro apuntaba un camino que permitía avanzar por un espacio en el que los robles desplazaban a los castaños, y lo hacían sin demasiados miramientos, con brusquedad, creando una tupida barrera que cerraba la vista a escasos metros. No importaba. Sabían que aquel camino, salvando unos cuantos obstáculos en forma de matorrales y árboles caídos, conducía a un ensanchamiento del río, un lugar en el que las aguas aflojaban ímpetus y ganaban placidez, el ideal para que los animales abrevaran. Por ejemplo, los ciervos. Antes de llegar, apartando afanosamente las ramas bajas a fin de superar las estrecheces del recorrido y ponerse a la altura de Arlot, Páter se dirigió a él en voz baja, como si anduvieran entre secretos de confesión.

—Arlot —empezó—, hace días que intento tratar contigo sobre un asunto que considero importante. Aún más, yo lo calificaría de trascendente. Quiero hacerlo como sacerdote, pero no solamente como sacerdote, también como amigo.

Arlot supuso que se refería al espacio que, a falta del claro del bosque, cargado de gruesos costrones de hielo, venían empleando para sus prácticas en los domingos más desapacibles del invierno, y no era otro que el jardín trasero de la iglesia. Lo habían empezado a hacer, y en ello seguían, sin un consentimiento explícito por parte del sacerdote.

—Páter —se disculpó Arlot—, envolvemos las espadas con trapos para que no se oigan los golpes. Nadie nos ha visto nunca. La iglesia oculta el patio y desde el camino es imposible vernos.

El Páter movió la cabeza, como si hubiera recordado algo de pronto, algo que de inmediato descartó por considerarlo un estorbo. En un primer momento ni siquiera sabía de qué le estaba hablando.

—No, no me refiero a eso, aunque tendremos que dejar las cosas claras en algún momento. Al final me vais a buscar un problema porque la gente tiene los oídos muy finos y la lengua muy larga. ¿Aún no os habéis enterado de en qué mundo vivís? ¿De qué sirve todo lo que os enseño?

—¿Entonces? —inquirió Arlot, intrigado.

Páter le cogió de un brazo a fin de que se detuviera. Ante ellos la enorme figura de Yúvol avanzaba precediéndose de manotazos a las ramas que encontraba a su paso. Envuelto en su capa de lana, que se había ceñido a la cintura con una tira de cuero negro, recordaba a un oso irritado a la búsqueda de una cueva en la que hibernar. Cuando consideró que su figura quedaba lo suficientemente alejada, Páter susurró:

—Conozco tus planes desde hace tiempo. ¿Me tomas por tonto?

Arlot frunció el ceño. Se había cuidado mucho de decirle algo al respecto por las mismas razones que guardaba silencio con sus padres. Llegado el momento, los tres serían las primeras personas a las que acudirían. También corrían cierto peligro sus amigos, en especial Yamen, pero pronto los considerarían ajenos a la culpabilidad dada su juventud, sinónimo de simpleza para tantos. Al menos confiaba en ello.

—Sabe que le consideramos nuestro maestro, y que le estamos agradecidos por lo mucho que nos ha enseñado —protestó, sincero, Arlot—. Y no me refiero únicamente a leer y escribir, o a la Biblia y la historia.

—Mucho reconocimiento y poca confianza, ¿no te parece? —bajó aún más la voz Páter—. En fin, sea como sea estoy al tanto de lo que pretendes hacer apenas entremos en la primavera. Bueno, la fecha la ignoro. Lo importante es que, al margen de lo ofendido que me sienta por habérmelo ocultado, considero que deberíamos reflexionar juntos al respecto. ¿No lo hacemos sobre otros temas? Pues este, siendo lo que es, tiene prioridad. Mi deber es evitar que hagáis las locuras a las que el ardor de vuestra juventud os empuja, ardor y de paso inconsciencia, en especial cuando son tan peligrosas que no se prevé otro desenlace que la tragedia.

Tras una ligera vacilación, Arlot reemprendió la marcha y Páter se apresuró a seguirle. Durante varios metros el silencio se convirtió en la compañía de ambos, como ese tercer invitado que, nos agrade o nos irrite, se suma en ciertos momentos de nuestra intimidad con cualquier ser querido o aborrecido. No desanimó su presencia al sacerdote, estaba habituado a intuir su presencia y a ignorarlo.

—Vamos a ver… —empezó.

—¿Quién…? —le interrumpió Arlot.

Las manos de Páter revolotearon frente a su rostro. Déjate de tonterías y vamos al grano, parecía decir.

—¿Quién me lo ha dicho? Eso ahora carece de importancia, pero sí te diré que me ha llegado por alguien que te quiere bien.

—Entonces no me será difícil averiguar su nombre —se quejó Arlot—. Con ese dato el círculo de posibilidades se hace pequeño.

—¡Válgame Dios, Arlot! ¿Pero qué tonterías dices? —La mano señaló hacia las figuras que les precedían—. ¿No te quieren tus amigos? ¿Y tu madre? ¿Y tu padrastro? ¿No te quiero yo?

Para entonces ya habían alcanzado el lindero del bosque y el río, a una treintena de metros, relucía entre el hielo y el agua. No había otro animal a la vista que un viejo zorro rojo. Destacaba sobre el fondo blanquecino con su nerviosa inmovilidad como una pequeña hoguera. Debió intuir una presencia extraña porque giró el cuello y clavó los ojos, dos brillantes bolas de madera de nogal, sobre una zona del bosque que se mostraba apacible y alejaba temores. El silencio ayudaba al engaño. Pero ni este ni la calma reinante consiguieron disuadir al zorro de que algo o alguien le amenazaba, o pudo la desconfianza sobre la sed, porque tras unos segundos de indecisión se lanzó a una veloz carrera río abajo. La cola bamboleando como si fuese el propio fuego quien lo hubiese puesto en fuga. Le vieron desaparecer sin hacer gesto alguno. Ni siquiera Triste, tan presto siempre a emplear la honda, reaccionó. No estaban allí a la búsqueda de pieles de zorro, lo que el padre de Yúvol hubiese agradecido puesto que en la ciudad se cotizaba al alza, sino de carne de ciervo. Ya de nuevo ante un paisaje solitario y mientras el grueso del grupo tomaba posiciones ocultos por la vegetación, Páter volvió a tomar del codo a Arlot y lo alejó de los demás varios metros, los suficientes para que sus susurros se perdieran entre el rumor del río antes de hacerse inteligibles. Vento sonrió y señaló a Páter, saludándole irónicamente con una inclinación ante sus maniobras para mantenerlos alejados.

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