La Iglesia, con su experiencia secular, no vacila en enseñar el sentido profundo de nuestra vida en esta tierra. Sabe –y por eso enseña– que detrás del sufrimiento y la muerte se esconde una causa personal siniestra:
Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del Maligno, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios (...) Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la experiencia (...) Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como un combate, y por cierto dramático, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de dominar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándoles interiormente y expulsando al Príncipe de este mundo (Cf. Jn 12:31), que le retenía en la esclavitud del pecado (Jn 8:34). El pecado rebaja al hombre impidiéndole lograr su propia plenitud. A la luz de esta revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su última explicación. (2)
Me propongo en este libro hablar del combate espiritual, más concretamente, del combate contra el mal espíritu y sus huestes. Ese ángel caído llamado Satanás, Diablo, Demonio, Maligno, Adversario, Enemigo, Tentador, Mentiroso, Homicida... El apóstol Pablo los denomina también: Principados, Potestades y Dominaciones, advir-tiéndonos que nuestro combate es contra ellos y no simplemente contra la carne y la sangre.
La variedad de nombres nos indica que la Revelación cristiana no se interesa tanto sobre la naturaleza de los demonios sino por su acción; no lo que ellos son o viven, sino lo que hacen: seducen y acusan, combaten y apoderan. (3)
No hace falta decir que si no creemos en la existencia de los malos espíritus o ángeles caídos tampoco creeremos en su acción maléfica. Este libro no es para incrédulos (¡tampoco para “crédulos”!) sino para quienes acogen con fe la revelación bíblica y la tradición cristiana de la Iglesia. No obstante, cualquier persona de buena voluntad podrá encontrar algo de utilidad y una explicación a tantos fenómenos que inquietan y perturban a los seres humanos. Escribo para quienes se esfuerzan por crecer humana y espiritualmente, sabiendo que Dios inicia, acompaña y corona nuestra obra.
Deseo también aclarar que no escribo para meros curiosos. Es decir, para quienes alimentan sus vidas con avidez de novedades a fin de saber para tener sabido, aunque no asimilado; barniz de sabiduría que se convierte en charlatanería en torno a una taza de café humeante y distrayéndose con la compañía de otros semejantes a ellos.
Este librito introductorio no es para expertos en demonología ni para exorcistas, es solo para quienes deseen tener un cierto conocimiento bien fundado sobre el Diablo, su acción y nuestras armas defensivas contra sus insidias.
Dos últimas cautelas. El arma mejor afilada contra el Maligno es saber que existe y matarlo con la indiferencia, él mismo se cava su propia tumba con la pala de la vanidad. Además, conociéndolo se evitan miedos infundados y fantasías estrambóticas.
Quizás el título del libro llame a alguno la atención: ¿por qué “líbranos del Malo” y no “líbranos del mal”? El mal que deseamos Dios nos libre es, sobre todo, el Mal personal y perturbador, es decir: el Maligno, el Tentador, Satán. Es él quien quiere separarnos del reinado y de la voluntad de Dios. Por él entró el pecado en el mundo y, tras el pecado, vinieron todos nuestros infortunios y desgracias. En la oración del Padrenuestro pedimos a nuestro Padre Dios que nos libre de Satanás y también de toda clase de mal, especialmente de orden moral.
En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El “diablo” es aquél que “se atraviesa” en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo. (4)
En consonancia con lo que vengo diciendo, comenzaré consultando la Biblia y la Tradición, la Teología y el Magisterio. Esto nos dará los fundamentos necesarios para interpretar como creyentes la experiencia demoníaca en nuestro mundo de hoy.
Toda postura extremista tiene su contrapartida. Somos conscientes de que al “minimalismo” racionalista (el diablo no existe, y si existe, no actúa) se le opone el “maximalismo” pandemonologista, este último ve demonios en todas partes y olvida la influencia de las causas segundas (carne y mundo) que intervienen en la tentación y otros fenómenos.
Hoy, igual que siempre, se habla y discute con mayor o menor sabiduría acerca de los ángeles buenos y malos, la “New Age” es un notorio ejemplo de ese hecho. A veces, la confusión que se crea es grande, con el peligro de hacer pasar como fe de la Iglesia cosas que no lo son o, al contrario, se dejan de lado aspectos fundamentales de la verdad revelada. La verdad sobre los ángeles es, en cierto sentido, “colateral” y, no obstante, inseparable de la Revelación central que es la existencia, la majestad y la gloria de Dios-Creador que brillan en toda la creación (“visible” e “invisible”) y en la acción de Dios-Salvador en la historia del hombre.
A fin de partir rectamente y poder alcanzar nuestra finalidad valgan desde esta misma introducción estas tres advertencias pastorales:
Soberanía de la libertad (inteligencia-voluntad): el Diablo no puede actuar directamente contra la libertad humana, pero puede obrar en la imaginación y afectividad y así influir en la inteligencia, voluntad y libertad. Nuestra libertad y conciencia son el santuario del alma en el cual solo habita el Señor y Creador.
Naturaleza y Desgracia: la acción y manifestación diabólica tiene algún tipo de fundamento en nuestra naturaleza humana, creada buena y herida por el pecado original y por nuestros otros pecados (= “flanco débil”, enfermedad, propensión psicológica...). Así como la gracia divina edifica y transforma nuestra naturaleza, de modo semejante la desgracia diabólica se asienta sobre ella para dividirnos e incitarnos al mal.
Gradualidad discreta: hay que agotar las explicaciones naturales de un hecho o circunstancias antes de considerar la posibilidad de una intervención “preternatural” o del espíritu puro, en este caso, maligno.
1. San Juan de la Cruz, Noche II, XXI.
2. Vaticano II, Gaudium et spes 13.
3. Encontramos en las Sagradas Escrituras una excepción a lo que acabo de decir: los demonios creen pero tiemblan (Sant 2:19).
4. Catecismo de la Iglesia Católica 2851.
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