Por otra parte, que el mismo Jesús estuviera expuesto a “sentir” la tentación del Demonio, aunque fuera imposible que cayera en ella, indica hasta qué punto nuestra humanidad se ve acosada por el Mal.
El padre de la mentira, que sabe disfrazarse de ángel de luz, también hace mucho daño en la Iglesia a través de nuestros descuidos. Siembra odio y vanidad detrás de supuestas defensas de la recta doctrina, siembra egocentrismo detrás de aparentes sabidurías, siembra violencia detrás de aparentes valentías. Y es mucho lo que destruye de esta manera, procurando así impedir el despliegue del Espíritu Santo.
Pero no basta reconocer la existencia del demonio, ni entrar en innumerables discusiones acerca de su naturaleza, sino más bien preguntarse qué incidencia espiritual tiene esta realidad en la vida de cada uno, qué relación tiene con nuestro propio camino de santificación. Por eso el subtítulo de este libro es el combate espiritual”. No podía ser de otra manera si lo ha escrito un monje, desde los desvelos por su propia santificación y desde los dolores de parto del acompañamiento espiritual.
Seguramente él conoce esa alegría de un verdadero maestro espiritual cuando ve cómo sus hijos vencen la prueba y Dios se abre camino en sus vidas. Es la celebración de un triunfo contra el poder del Maligno. Por eso Jesús un día se alegró con sus discípulos cuando ellos se habían entregado con generosidad a evangelizar, y dijo feliz: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc 10:18).
Esta obra nos ayuda a profundizar en un aspecto de la enseñanza del Papa Francisco, menos aplaudido y comentado: él enseña que reconocer la misericordia de Dios no es flojera, no es entregarse a merced de lo que puede dañarnos, no es dejar de luchar. Porque muchas veces, por no aceptar que la vida, y particularmente la vida espiritual, es combate, nos exponemos demasiado al debilitamiento y al desprecio de nosotros mismos. Quien lucha por mantenerse en pie es alguien que sabe valorarse a sí mismo porque se reconoce reconocido y amado por su Padre.
Este libro nos hace entrar de lleno en una cuestión de fe, que exige una mirada específicamente sobrenatural. Si bien la existencia de Dios o de lo divino puede ser aceptada desde la razón, sin fe, y algunos dichos de Jesús también pueden también ser gustosamente repetidos por no creyentes, por el contrario, la afirmación de la realidad del demonio y su poder suponen necesariamente acoger la Revelación y mirar la realidad con ojos que no son los del mundo. El demonio es el inevitable trasfondo oscuro de una visión sanamente piadosa de nuestra existencia en la tierra.
Esta obra, a su vez, nos ayuda a recoger las advertencias y consejos de muchos maestros espirituales, que con enorme realismo nos han hablado de las peores tentaciones del demonio: la acedia, el tedio, el ocio, el avinagramiento. Y frente a estas, resuena el llamado a la paciencia, lejos de todo exitismo y de todo triunfalismo mundano.
Precisamente porque vivimos en el mundo de la imagen y de las sensaciones, hoy la espiritualidad debe recordar también que el mundo de la imaginación, de los sentimientos y las sensaciones puede ser un instrumento del demonio, como ya lo reconocían los Padres del desierto. Por eso, quien ya no es capaz de vivir más allá de ese nivel se ve especialmente expuesto. Así se vuelven nuevas las recomendaciones de los maestros espirituales a lo largo de dos mil años, como nos parecen tan actuales las reglas de discernimiento de San Ignacio.
Pero quiero destacar también que el autor de este libro, al tiempo que escribe con firme convicción y con la misma preocupación paterna que vemos en Papa Francisco cuando habla del demonio, igualmente nos recuerda que el poder del diablo es limitado, y que su acción está contenida y regulada por el mismo Dios, siempre buscando el mayor bien del ser humano. Esto hasta el punto que el mal que permite intentar al demonio, finalmente da lugar a un bien para la víctima. El demonio aparenta tener un poder que no posee, y también de ese engaño tenemos que cuidarnos, dejándonos estar en los brazos del Padre amado cada noche y tomando su armadura cada mañana.
Muchas gracias a Bernardo, este querido hermano monje, por su aporte a la Iglesia, y ahora concretamente por este libro, que sin duda bebe de su propia experiencia de oración constante. Tu oración, estimado hermano, es parte importante de esa armadura que nos protege.
Mons. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad
Católica de Buenos Aires
Buenos Aires, 3 de enero de 2018
INTRODUCCIÓN
No hace falta vivir muchos años para poder preguntarse con el santo Job ¿No es una servidumbre la vida del hombre en la tierra? (Job 7:1). Y, si hemos tratado de vivir para Dios, acogeremos con agradecimiento el consejo del sabio: Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba (Ecclo 2:1).
San Pablo predicó el Evangelio de Dios en Tesalónica en medio de frecuentes luchas, y les advirtió que todos sufrirían tribulaciones, y eso fue lo que sucedió (I Tes 2:2; 3:4).
El origen del combate espiritual viene de muy lejos. En el libro del Apocalipsis leemos: Entonces se entabló una batalla en el cielo, Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero, fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él (Apo 12:7-9).
Jesús de Nazaret, el Maestro itinerante, dijo un día a sus discípulos: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc 10:18). Y en otra oportunidad afirmó respecto al Diablo: no se mantuvo en la verdad (Jn 8:44). Su discípulo Pedro, años más tarde, dirá: Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitándolos en los abismos tenebrosos del Tártaro, los entregó para ser custodiados hasta el Juicio (II Ped 2:4; Cf. Jud 6).
Recordemos una parábola que nos enseñó Jesús: me refiero a la parábola del sembrador. Mateo, Marcos y Lucas nos la transmiten, la “triple fuente” manifiesta su importancia. Los tres evangelistas nos alertan sobre un triple enemigo que roba y mata la Palabra de Dios sembrada en nuestro corazón. De una u otra forma identifican así al adversario:
Satán, que viene y arrebata lo que se había sembrado en el corazón. Digamos, desde ya, que el Maligno no es una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor.
Carne, la cual es voluble, como alguien que no tiene raíces. El ser humano, interiormente desordenado, nada puede sin la ayuda de la gracia de Dios.
Mundo, las preocupaciones mundanas y la seducción de las riquezas nos cierran a la salvación y nos hunden en el pecado.
San Juan de la Cruz, un gran estratega de la guerra espiritual, nos enseña cómo ha de disfrazarse el alma a fin de librarse de los ataques de sus enemigos: demonio, mundo y carne.
Con la fe, que es como una túnica interior de blancura encandilante por lo refulgente, el alma sortea todos los engaños del demonio que es el más fuerte y astuto enemigo.
Sobre la túnica de la fe se pone el alma la librea verde de la esperanza, con ella se ampara del segundo enemigo que es el mundo, pues teniendo la vista fija en la vida eterna todo lo de este mundo le parece seco y lacio y muerto y de ningún valor.
Finalmente, la toga colorada de la caridad completa el disfraz, con ella el alma se cubre de los ataques del tercer enemigo que es la carne, porque donde hay verdadero amor de Dios no entrará el amor de sí ni de sus cosas. Y téngase en cuenta que este último es el enemigo más tenaz y que duran sus acometimientos mientras dura el hombre viejo. (1)
Читать дальше