Como se sugirió anteriormente, la forma de vida dominica, elegida por Tomás menos de un cuarto de siglo después de la muerte su fundador, favorece la adquisición de la verdad sagrada por la característica combinación del estudio asiduo con los ejercicios asociados a la vida monástica, especialmente el acatamiento a los consejos evangélicos y la oración común de la Liturgia de las Horas. La defensa de la verdad y la paz dispone a Tomás para descubrir y apreciar profundamente el orden sapiencial de la ciencia divina. La antífona de entrada para la Misa celebrada el 28 de enero, día de su fiesta, capta esta temática: «En medio de la asamblea le abrió la boca, y el Señor lo llenó del espíritu de sabiduría y de inteligencia, lo revistió con un vestido de gloria (Ecl 15,5)»48. Al hombre de Roccasecca le quedaban dieciocho años de vida para desarrollar las implicancias de un principio que permanece insondable excepto para Dios.
El arquero experto
El oficio de enseñanza medieval exigía tres labores para que un profesor para cumpliera con sus responsabilidades profesionales. Cuando Tomás se unió a las filas de los maestros universitarios, estas obligaciones se habían sintetizado en el trío latino: legere, disputare, praedicare. Primero, el maestro debía leer (legere), comprometiéndolo principalmente a la lectura y análisis de la Biblia. Cuando Tomás comenzó, a mediados del siglo XIII, la lectura de los profesores también incluía la exposición de otra literatura, como las obras de Aristóteles, que se habían hecho disponibles en latín a partir de varias fuentes y habían sido traducidas, en casi todos los casos, directamente del griego49.
Segundo, el maestro debía ser capaz de participar en los debates públicos, para disputar con otros (disputare). La disputa se desarrolla como un ejercicio de argumentación discursiva; no se refiere al enfrentamiento de partes en conflicto, como cuando se disputa un cargo en una cuenta de crédito. Más bien, proporciona una fórmula mediante la cual los hombres eruditos pueden explorar diferentes puntos de vista con miras a alcanzar, al final de intercambios estrictamente controlados, una determinación o conclusión sobre el asunto disputado. Alasdair MacIntyre habla de un «desacuerdo limitado» que caracteriza el método teológico de Tomás50. Tomás dedicó un tiempo considerable a entablar disputas, que para el mundo universitario medieval habrían satisfecho los mismos apetitos intelectuales que en el siglo XXI son saciados por debates televisados, blogueros y programas de entrevistas (donde lo que se dice parece ser todo menos limitado). Por supuesto, las disputas medievales se confinaron a temas serios en las ciencias sagradas, sobre las cuales, no obstante, los eruditos y los estudiantes sostuvieron una gran variedad de opiniones. La disputa, ya sea privada (entre el maestro y sus alumnos) o pública (abierta a la audiencia universitaria), proporcionaba un foro para la enseñanza. La unidad de instrucción se conoce como quaestio, es decir, una pregunta propuesta para discusión. A pesar de la claridad acerca de su estructura, los académicos no concuerdan sobre cómo las ocho disputas impresas de Tomás, sus cuestiones disputadas (quaestiones disputatae), se corresponden con las sesiones de enseñanza individuales que Tomás llevó a cabo durante sus períodos académicos.
Por último, la predicación (praedicare) se encontraba entre las principales obligaciones del maestro medieval. Es sabido que el ejercicio religioso de la predicación, que exigía haber recibido las órdenes sagradas, estaba íntimamente asociado con el proyecto educativo medieval, de un modo que sorprendería a los miembros de la universidad secular moderna –incluso a aquellos que todavía cuentan con un predicador universitario. La predicación en una iglesia se consideraba profesoral en cuanto que el púlpito ofrecía el lugar óptimo para la comunicación de la verdad divina. Este arreglo no surgió de un espíritu de elitismo, sino que, al contrario, generalmente se pensaba que la ignorancia del predicador no debía comprometer su autoridad.
Al igual que los otros maestros universitarios, Tomás se dedicó a estas responsabilidades profesionales. Aunque a menudo pasa desapercibido, el monje dominico cumplió su cometido mientras vivía bajo el gobierno de los monarcas franceses. Por su parte, el rey Luis IX favoreció a los dominicos con grandes beneficios que les permitieron construir los edificios que acogieron a Tomás durante su primera regencia parisina (término reservado para describir el periodo en que un maestro trabaja en un puesto universitario oficial) y nuevamente durante la segunda.
Los arqueros reales se posicionaros estratégicamente frente al priorato dominico de Saint-Jacques para algo más que garantizar el control de la muchedumbre; los revoltosos representaban la cara pública de algunos desafíos serios a la legitimidad de las nuevas órdenes mendicantes que operaban dentro del entorno universitario. El clero católico existe en dos formas de servicio a la Iglesia: un grupo debe su lealtad al obispo local y sirve las necesidades pastorales de la iglesia local; el otro grupo (monjes, frailes, etc.) puebla los diversos institutos religiosos que se han desarrollado a lo largo de los siglos. Aún en nuestros días la diferencia en los arreglos financieros que existe entre ambos grupos permanece un factor relevante para las «disputas anti-mendicantes». Los sacerdotes seculares y los clérigos administran sus propios recursos financieros y retienen la capacidad de poseer propiedades, mientras que el monje o religioso hace un voto de pobreza en el contexto de una vida común y, por lo tanto, renuncia al derecho de poseer bienes como propios. A mediados del siglo XIII, no todos en París entendieron que las órdenes mendicantes recién formadas (del latín mendigar, mendicare) proponían ganarse la vida pidiendo limosnas. Este modo de abastecimiento para la vida diaria supuso una desviación de la forma en que las órdenes monásticas más antiguas satisfacían sus necesidades. Tradicionalmente, los monjes, según el mandato emblemático de san Benito, ora et labora, dividían su tiempo entre oración y trabajo, este último destinado a generar ingresos para apoyar a la comunidad monástica.
También conviene recordar, como ha señalado M.-D. Chenu, que la universidad medieval llevaba el sello del carácter eclesiástico, de modo que todos sus recursos «dependían de un régimen de clérigos»51. No es de extrañar que los clérigos que no pertenecían a órdenes religiosas –es decir, los maestros seculares que se ganaban la vida como profesores en la Universidad de París– se preguntaran por qué los nuevos institutos de frailes mendicantes comenzaron a ocupar algunos de los puestos que tradicionalmente les habían sido reservados. ¿Por qué –deben haber preguntado estos clérigos seculares– los mendicantes no se sostienen como los monjes a través del trabajo manual? Este desconcierto, alimentado por un cierto resentimiento, explica la preocupación de santo Tomás por exponer la legitimidad de que un instituto religioso se dedique legítimamente al estudio de la verdad sagrada y, al mismo tiempo, pida la limosna de los fieles cristianos para apoyar su forma de vida. Otros factores, como el prestigio y la influencia en la sociedad civil, también colaboraron a la insatisfacción que algunos de los maestros seculares dejaron supurar hasta convertirse en una oposición abierta. En el centro de la controversia de la década de 1250 se encuentra Guillermo de Saint-Amour, un clérigo secular cuyas opiniones luditas fueron rechazadas rotundamente por el Papa. Tomás respondió a los argumentos engañosos de la retórica inflamatoria de Guillermo con su propio tratado apasionado, Contra impugnantes Dei cultum et religionem (Contra los que atacan la religión y el culto a Dios)52. El conflicto finalmente llegó a una tregua, aunque no a un acuerdo. Durante su segundo período de enseñanza, o regencia, en París, Tomás de Aquino se enfrentaría aotra ronda de oposición anti-mendicante.
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