Natalia García Freire - Nuestra piel muerta

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"¿Cómo se denomina al que regresa?", se pregunta Lucas cuando vuelve a su casa, donde ahora viven dos desconocidos: Felisberto y Eloy. El regreso es una larga conversación con su padre muerto, un reproche, una invocación, una súplica. Su madre fue enviada lejos hace ya tiempo y en el jardín que tanto amaba ahora solo crece la mala hierba. Ellos están ahí, viven con Sarai, Noah y Mara, las mujeres que lo criaron y que ahora, como todo lo que está dentro de la casa, les pertenecen. Contra su voluntad, Lucas se convierte en el testigo del derrumbe de lo que un día fue el pilar y refugio de su infancia: los cimientos y las paredes se desmoronan, los rincones acumulan podredumbre, la oscuridad todo lo cubre. Pero es esa oscuridad la que conduce a Lucas hacia el mundo subterráneo que ha sobrevivido a la invasión: el mundo de los insectos. Nuestra piel muerta explora ese mundo ínfimo, más perfecto que el humano y más sagrado que Dios, y para ello se sirve de un acusado tono lírico y una estructura que va atando los recuerdos del protagonista con el momento presente como si de una telaraña se tratase, en cuyo centro se encuentran preguntas y reflexiones sobre el mal, la enfermedad, la muerte y la locura. ¿Llama la descomposición a la vida o al fin de esta? ¿Dónde se encuentra lo divino? ¿El milagro es la cordura o la enajenación?

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Y que a mí me hayan vendido como a un esclavo les parece algo bueno, algo merecido, porque qué otra cosa podía sucederle al hijo de una loca.

Nada queda de nosotros, padre, más que estos animales minúsculos atraídos por la calidez que rodea la muerte. Más vivos que los vivos que caminamos y hablamos.

De cuclillas, observo dentro de casa, asomo apenas la cabeza por la ventana, como el diablo. «Dios lo ve todo, Lucas», es lo que usted siempre decía. Pero yo ya no me lo creo, para eso Dios es muy mojigato. El Diablo, sin embargo, debe de ser un mirón. Y yo también.

Observo detrás del vidrio de la ventana, las gotas de lluvia hacen de lupa, pero todo se ve borroso. Tengo que hacer un esfuerzo para alcanzar a mirar. Todo parece seguir ahí. La sala con los sillones de rombos en los que mi madre se sentaba a leer, las bancas de esterilla, al fondo el comedor. Felisberto está sentado en su puesto, padre, el de la cabecera, y Eloy a la derecha. La luz de la tarde que entra por la ventana del frente les suaviza las facciones, como si de dos pastores se tratara. Están cenando codornices. ¡Cuánto gusto por las codornices! Por comerlas enteras. Las agarran de las patas y les dejan los huesos limpios desde las uñas hasta el cogote. Usan su ropa, ese par de levas de paño gris y llevan todavía las barbas largas como esperpentos, donde se les queda la espuma de la cerveza.

Las cosas que están dentro de la casa no han cambiado desde que me fui. Se pueden ver los retratos de los abuelos en la pared que está detrás de Felisberto, las velas gastadas sobre la mesa, la alfombra persa, la vajilla china empolvada en la vitrina del rincón, arriba las botellas de sulfato, tartrato, bicarbonato, botellas de un blanco como el de los huesos y con olor a cuarto de boticario; el bargueño en la mesa de al lado, en cuyos cajones secretos mi madre guardaba flores secas para sus herbarios; incluso el mantel sobre la mesa es el mismo que usamos el último día en el que comimos todos juntos, lo único que bordó mi madre en toda su vida.

Todo está ahí, pero nada habla de nosotros, padre.

Esos hombres de los retratos, los abuelos, podrían ser un par de hombres cualquiera, bajitos y de aspecto solemne.

Uno creería que después de tanto tiempo de tenernos en su interior, lo menos que habría podido hacer esta casa era conspirar para atrapar a los intrusos, como una araña: tejer su red y mantenerlos ahí dentro hasta que se secaran. Pero las casas también envejecen y olvidan.

Desde algún lado aparecen Noah y Sarai. Caminan con los ojos en el vacío, con los uniformes de peto almidonados que Esther les obliga a usar, como muñecas de juguete. Retiran los platos con las codornices de la mesa y sirven dos cestas de fruta, pan y maíz tostado. Eloy no espera, agarra la comida de las fuentes con toda prisa. Miro su rostro, ese rostro carente de mentón, la papada temblorosa, las fosas nasales siempre abiertas, lo miro comer y volverse idiota, trozos de comida se le caen por todos lados y sus ojos no se quedan quietos. Si algo no le gusta lo arroja al piso.

Quizá era eso lo que más miedo nos daba de Eloy, ese aspecto de tonto de pueblo que en cualquier momento iba a ser capaz de matarnos y acto seguido podría salir a comer habas fritas en el patio, bajo la sombra gentil del olmo.

Felisberto es, en cambio, un vivo. Cuy de vivo, decía Esther. Como los dueños de los animales de circo, jamás pone en duda los límites de su maldad o su vulgaridad. Los ejecuta sin temor. Lo conozco bien.

Cuando Sarai le retira el plato, él ya tiene la mano derecha en su cintura y la va subiendo a los pechos mientras, con la otra mano, agarra el hueso delicado del ala de codorniz. Lo imagino diciendo: «¡No solo de pan vive el hombre!». Ese tipo de cosas que decía Felisberto y que usted, padre, festejaba. Pero no puedo escuchar nada, solo puedo ver que ríe.

Me agacho y apoyo la espalda contra la pared. Un olor a orines que podría venir de mi ropa o de las líneas que hay entre las baldosas de algún modo me calma. Siempre me ha sucedido lo mismo, quizá por eso el orinal que dejaban en mi habitación por si en la noche tenía que mear me gustaba tanto. A veces me despertaba en plena madrugada, me quedaba tieso como un tronco y sentía un miedo original: el miedo al miedo. Entonces iba al orinal, la habitación por un momento se llenaba de vaho, y yo volvía a dormir con ese agradable olor como de herrumbre que sale de uno.

Ahora cae el sol y al fondo las colinas cambian de color y se vuelven sus propias sombras, los senderos se oscurecen y se vuelven senderos extraviados y los árboles cercanos no se mueven porque aquí, en esta casa, ya no hay viento y todo está quieto.

¿Qué vine a buscar, padre? ¿El silencio? ¿Un espejismo? ¿Una patria?

El que regresa no tiene nombre, ni sabe lo que busca, y en su propia casa vive en calidad de huésped.

Quizá debería haberme quedado bien lejos, como me dijo mi madre que hiciera. «Dime que te vas a ir de ahí para siempre, Lucas. ¡Júralo!». Eso me dijo una vez en el sanatorio de las madres marianitas. Un lugar donde todo expira, el final del fin. Me costó trabajo encontrarlo, pero lo vi, padre. Ni siquiera hay jardines; solo el bien y el mal, el cielo y el infierno: habitaciones de monjas y de enfermos. «¡Júralo, Lucas!», me suplicó mi madre, tomándome de la mano con mucha urgencia porque las monjas con pelos en los lunares se la estaban llevando. Y yo la miraba fijo a los ojos, que los tenía ya marchitos, la miraba mudo. Como dentro de un espejo.

Y no le hice caso.

No le hice caso porque mientras me llevaban lejos de esta casa, algo que me salía como del esternón se me iba tensando y me jalaba de vuelta como si hubiera nacido encadenado a esta tierra. Como están encadenados los vientos a las montañas.

Y quizá es mejor que a mi madre la haya enviado lejos, padre, porque si viera su jardín podría morir de pura pena, como siempre imaginé que ella moriría. No quedan nada más que los animales de piedra que mandó tallar, esparcidos como los restos de una civilización extinta, cubiertos de moho y enredaderas; el olmo solitario tiene las raíces levantadas, llenas de musgo, y las ramas secas.

Todos los rosales han muerto. Y los crisantemos.

De los alelíes permanecen pequeños tallos con astillas como troncos mutilados. El espiral de botones que se llenaba de colores distintos tiene apenas unos cuantos brotes de campanillas chinas y unas celosías. El resto del jardín está invadido por plantas de mora salvaje, amapola, garranchuelo y cardos que me pinchan donde mis pantalones están rotos.

Arranco dientes de león y los como por la raíz y apoyo la cabeza sobre la tierra invadida del jardín. El recuerdo de mi madre suena entre las plantas muertas. O quizá sean las cigarras, que cantan mi regreso.

LA NOCHE QUE BRAMARON LAS VACAS

Aquel largo día se enfriaba y las vacas no dejaban de bramar Esther se había - фото 3

Aquel largo día se enfriaba y las vacas no dejaban de bramar. Esther se había puesto a trenzar el cabello de mis nodrizas, apretaba las hebras con fuerza como si estrangulara seres minúsculos entre los cabellos negros.

«El señor va a tener que matarlas», dijo en voz baja. «Y no van a dar ni siquiera buena carne», agregó.

Nadie le respondió y ella siguió apretando las hebras desordenadas en esa noche fría y sucia. Todas las de ese mes parecían llenas de polvo, y los días estaban colmados de una luz lechosa y flores secas que flotaban en los estanques. El tiempo era torpe, se atascaba en el sonido aquel, un sonido purulento, agotador. Si caminabas cerca de las vacas te arremetían náuseas porque sus bramidos parecían salir de un estómago ulcerado y una laringe seca.

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