Estuve dando vueltas en la cama hasta que me dormí, incapaz de dejar de pensar en esos dos chicos que habían irrumpido en mi vida sin permiso. Liam era jodidamente adorable, pero no tuve valor de dejarle entrar en mi casa e invitarle a un piscolabis. ¿Por qué era tan cagada? Y Kyle… bueno, después de verle con su estúpida y sensual sonrisa mirándome desde la ventana cerré de un portazo y ya no pude sacármela de la cabeza. Me mantuvo cabreada pensando que no quería cruzarme con ese egocéntrico chico nunca más. Aun y así su imagen aparecía en mi mente atormentada.
¿No podría haber tenido unos vecinos normales? ¿Una pareja de ancianos o unos calvos solterones? Daniel debería haberme avisado de esto. Sí, todo era por su culpa.
Después de dejar a Daniel durmiendo en su cuarto —a pesar de que pensé en asesinarlo—, me decidí a ir a una biblioteca cercana. Qué puedo decir, me gustaban más los libros que a un niño un caramelo. Cuando salí los nervios se instalaron en mi cuerpo pensando que, por estas del destino, podría toparme con alguno de mis vecinos. Me escabullí con rapidez del edificio y por suerte, no fue así.
Cogí el bus esperando no equivocarme de parada y acabar en el peor barrio de la ciudad. Llegué a la biblioteca después de caminar por la misma calle en la que se encontraba tres veces sin verla. Me quedé impresionada cuando entré. Era mucho más grande que a la que estaba acostumbrada en mi zona de Phoenix.
Me acerqué a la sección de novela histórica. Siempre tuve pasión por las historias ambientadas en siglos pasados, historias de amor imposibles entre miembros de clases diferentes, las guerras, las cambiantes situaciones políticas y económicas, etc. Desde que era pequeña mi madre me había leído cuentos de todo tipo, me enseñó el amor por la lectura, y me empujó a leer esos libros históricos que ella tenía en su haber. Cuando devoré todo lo que había en casa no pude más que pasar media vida en la biblioteca y en las librerías para crear mi propia colección. Gran peso con el que contaba mi maleta se debía a mis libros.
Mientras ojeaba en la estantería que se encontraba más cerca del mostrador, divisé algo que me hizo clavar los pies en el suelo. Kyle estaba en el dichoso mostrador, con un brazo apoyado casualmente en él mientras hablaba con la bibliotecaria con una sonrisilla de suficiencia en la cara. ¿Tenía que estar precisamente en esta biblioteca a la misma hora que yo? Mierda y más mierda. Le observé de reojo comprobando que no había notado mi presencia. Oh, no. ¿Estaba ligando con esa mujer? Si no era eso, básicamente se la estaba metiendo en el bolsillo. Podía escuchar brevemente su tono seductor, y encima ella se retorcía de vergüenza. Por Dios, podría ser su madre. Rodé los ojos y dejé con cuidado el libro que sostenía en su sitio. No quería que me viera, pero tampoco podía huir. ¿O sí?
—¿Novela histórica, eh?
Su voz prácticamente en mi oído derecho me hizo pegar un respingo y por poco logró que me diera un infarto.
Me había quedado embobada y ni me había dado cuenta de que se había acercado. Me giré para encontrarlo de frente. Era la primera vez que me hablaba directamente. Kyle bajó la mirada para encontrarse con la mía. Sus ojos eran preciosos. Además, olía genial.
Rayos.
—Sí —respondí, simulando que no me importaba tenerlo tan cerca—. Solo estaba echando un vistazo.
Kyle alargó el brazo y extrajo uno de los libros de la estantería. Era La catedral del mar. Lo abrió y pasó las primeras páginas.
—Esto parece un poco aburrido.
—No lo es, pero quizás ese sea demasiado. Hay lecturas más ligeras.
Él me miró como si fuera un extraterrestre bajado a la Tierra. Me contuve de hacer un mohín.
—Lo que tú digas. —Lo dejó en su sitio y elevó una ceja de manera juguetona—. Prefiero la película.
¿Entonces qué narices hacía en una maldita biblioteca?
—Al parecer vamos a vernos esta noche —añadió de pronto. Mis pulsaciones se incrementaron.
—Sí, eso parece —murmuré—. Daniel es… En fin, se empeñó.
—¿Tienes ganas?
¿Esa pregunta tenía doble sentido?
—No soy mucho de fiestas —contesté. No podía decir que no les quería en mi casa, eso sonaría grosero. Kyle se rio haciendo que me estremeciera.
Que alguien me ayude.
—Yo creo que estará bien —dijo con un tono seductor. Su voz era grave y algo rasgada. Se acercó un poco más a mí, y yo me quedé congelada en el sitio. Como una estatua—. Nos vemos más tarde.
—Vale —respondí automáticamente.
Kyle sonrió una última vez y se alejó por el pasillo. Observé su silueta, su espalda ancha ocupándolo casi todo, con esa forma grácil de caminar. Una vez le perdí de vista, suspiré. Parecía otra persona diferente. Primero se burló de mí, después, el día que nos presentaron me ignoró como si no existiera siquiera, y ahora esto. Me había hablado como si siempre lo hubiera hecho.
A lo mejor mis vecinos sí que estaban locos.
Cogí rápidamente el libro que había estado hojeando y me dirigí al mostrador. La bibliotecaria no era simpática con todo el mundo al parecer. O simplemente le decepcionaba que no fuera su querido Kyle. Pasó mi libro con desgana y me despidió. Antes de salir miré por encima de mi hombro. Él ya no estaba por ninguna parte.
***
—¿Qué es todo esto? —pregunté horrorizada a mi primo mientras sacaba botellas y botellas de las bolsas.
—Alcohol, querida Emma. —Sonrió con malicia.
—Eso ya lo sé. ¿Pero por qué narices has comprado tanto? ¿Es que quieres que acaben en el hospital?
—Pelirroja, relájate. Es una fiesta, ya sabes. Beberemos hasta que alguien baile encima de la mesa. Bueno no, no pienso dejar que pisen mi preciosa mesa.
Rodé los ojos.
Estaba demente. No tenía suficiente con una casa llena de vecinos jóvenes y guapos, sino que tendría una casa llena de jóvenes, guapos y borrachos vecinos. Genial. Estupendo.
Faltaban tan solo un par de horas para que todos vinieran a casa y empezaba a estar nerviosa. Las fiestas no eran lo mío. Yo era una persona tranquila, además no me entusiasmaba el alcohol. Tan solo recordaba haber ido a dos de ellas en toda mi vida.
Mientras Daniel se encargaba de preparar todo yo fui a arreglarme. Me decidí por un vestido azul ajustado y unos zapatos planos negros. Tampoco hacía falta más. Cuando salí, Daniel ya había colocado aperitivos, vasos desechables, había enchufado la wii y tenía los bafles dispuestos para resonar. Solo esperaba no molestar al resto de vecinos del edificio con eso.
—Oh, qué sexy te me has puesto, primita. ¿Pretendes impresionar a alguien? —comentó mirándome de arriba abajo.
—No te hagas ilusiones.
—Ya, ya. Escucha, se me ha olvidado la coca-cola. ¿Puedes mover tu culo a su casa y decirles que traigan?
—¿A casa de los vecinos? —pregunté con temor.
—¿A dónde si no? —Puso los ojos en blanco—. Vamos, vamos —añadió moviendo la mano para que me fuera.
Lo tenía claro. Mi primo Daniel no sobreviviría muchas noches más si seguía metiéndome en esas cosas. Podría haber ido él perfectamente, o enviarles un mensaje, pero nooo, tenía que mandarme a mí. Lo hacía a propósito.
Le fulminé con la mirada antes de abrir la puerta y salir. Llegué a casa de los chicos y me paré frente a la puerta. Mis manos se habían puesto a sudar y me las sequé en la parte trasera del vestido.
Vamos, relájate, no es para tanto.
Toqué el timbre y esperé. Se abrió de golpe haciendo que pegara un respingo y un chico apareció en el umbral. Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no salir corriendo y mantener mis pies en el sitio. Su expresión parecía decirme poco sutilmente que quería comerse a mis hijos. Su piel blanca destacaba con su pelo oscuro y caído sobre los ojos. Dos grandes ojeras enmarcaban su mirada, una mirada que me ponía los pelos de punta. Era guapo, sí, lo era. Pero a mí me dio un poco de mal rollo.
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