Cristina G. - Al otro lado

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¿Qué harías si enfrente de tu piso vivieran ocho chicos? Emma Parks se muda a vivir a San Francisco con su extravagante primo Daniel mientras duren sus años de estudio. Lo que no esperaba, ni de lejos, era tener como vecinos a ocho chicos. Jóvenes, guapos y a cada cual más raro que el anterior. Kyle y Liam son parte de esos vecinos de Emma. El primero es, aparte de endiabladamente atractivo, listillo, egocéntrico y bastante idiota. El segundo es guapísimo, atento y encantador. No hay modo de evitar cruzarse con ellos y Emma se siente confusamente atraída por los dos. Tomar decisiones no es lo que más le apetezca, pero a veces no queda otro remedio. Ella tendrá que ser consciente de que haga lo que haga, traerá consecuencias.

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—Solo precisamente no… —contestó.

Viviría con sus padres quizás. O a lo mejor tenía muchos hermanos. O a saber. Mis pensamientos se fueron por las ramas imaginando una enorme familia de rostro hermoso de anuncio.

Entramos en la casa y Daniel hizo un gesto de presentación con la mano. Vaya, era bastante bonita. Decorada en colores claros, tenía un gran salón central unido a una brillante cocina.

—Pantalla plana —balbuceé embobada.

—Sí, nena. Podremos ver todo el porno que quieras a gran definición —respondió sonriendo de medio lado. Yo le miré con fingida desaprobación—. Ven a tu cuarto —añadió arrastrándome de la muñeca de nuevo.

Abrió una de las puertas y dejó mi maleta en el suelo. Era quizás más acogedor que el cuarto de mi propia casa. Daniel tenía bastante mano con la decoración y cosas del estilo.

—Te has esmerado, ¿eh? —dije.

—Lo mejor para mi primita. —Sonrió. —La puerta de al lado es mi cuarto y la otra el baño. Tendremos que ponernos de acuerdo con las horas de hacer las necesidades humanas. Ya sabes, eh.

Puse los ojos en blanco. La confianza da asco.

—Vale, mientras tires de la cadena —advertí imitando el gesto. Daniel asintió con vehemencia.

—Hala, venga, coloca tus braguitas en su sitio.

—No he traído de eso —mentí con una mirada pícara.

Daniel rio y se dispuso a salir.

—Aprendes rápido, pelirroja —admitió y se alejó hacia la cocina.

Dejé escapar un suspiro con las manos en mis caderas. Este sería mi hogar de ahora en adelante. Había resultado un poco difícil dejar mi casa atrás, mi habitación, mis cosas, mis rincones y mis rutinas. Y por supuesto a mi madre, que a pesar de ser sobreprotectora y no callarse ni debajo del agua, la amaba con locura. Pero esta era una nueva etapa de mi vida, una nueva página en el libro de experiencias y —esperaba— saldría todo bien. Sería divertido.

Después de colocar mis enseres en su sitio, Daniel pidió una pizza para cenar y nos sentamos a engullirla delante de la pantalla plana que yo ya tanto amaba. Nos pusimos un poco al día, él me habló de cómo le iba en el trabajo. Daniel era enfermero. ¿He dicho ya que esta familia está obsesionada con la medicina? Iría en los genes. Yo le conté cómo me despedí de mis dos únicos «amigos» en Phoenix, y cómo mi madre me hizo prometer no quedarme embarazada.

Estábamos viendo tranquilamente MasterChef, sin embargo algo había estado rondando mi cabeza desde que habíamos llegado. De modo que ni corta ni perezosa decidí preguntar.

—Oye, el chico del ascensor, ¿cómo era? ¿Liam? —dije haciéndome la indiferente. A Daniel comenzó a formársele una sonrisilla en los labios—. No pienses cosas raras, solo quiero saber con quién vive. Antes te has reído y me da curiosidad.

—Sí, curiosidad —repitió escéptico.

—Curiosidad por mis vecinos —añadí fingiendo inocencia. Daniel cogió otro trozo de pizza.

—Pues alucina —espetó con expectación. ¿Con quién narices vivía? Se acercó a mí poniendo un tono siniestro—. Vive con otros siete chicos.

¿Cómo? ¿Siete chicos? Es decir, ocho. Ocho chicos en un mismo apartamento. ¿Qué locura era esa? Tragué saliva con algo de dificultad. Si todos eran como Liam, no sabía lo que podía ocasionar tener ocho jóvenes y atractivos vecinos. Daniel sonrió malvadamente ante mi reacción.

—¿Y por qué narices viven tantos? —pregunté aturdida.

—Supuestamente porque están pelados de pasta, y como son amigos, si vivían todos en un apartamento el alquiler les saldría muy barato a cada uno —explicó, al tiempo que engullía su pizza.

Mi mente imaginativa dibujó un Tetris con todas esas personas en un piso, que aunque muy bonito, no era excesivamente grande.

—¿Hay cuartos para todos?

—Claro que no. Tienen dos literas en cada cuarto.

—Ah —murmuré—. ¿Y tú los conoces a todos?

Daniel se recolocó en su asiento, divertido.

—Oh, sí. Son muy divertidos. —Me miró y añadió en voz baja, como si fuera un secreto—. Están todos locos.

No sabía si alegrarme o asustarme de tal información. De cualquier manera, no acababa de procesarla. Y todavía tenía muchas preguntas en la cabeza que tendría que dosificar o echaría humo por las orejas.

***

—Te toca tirar la basura, nueva —dijo mi primo asomando la cabeza por la puerta de mi cuarto.

—¿En serio? Me acabo de poner el pijama —protesté.

Daniel me miró de arriba abajo y ahogó una carcajada. Mi pijama con conejitos no era lo que se dice precisamente adecuado para salir a la calle, por lo menos si querías conservar tu dignidad.

—Vamos, estás preciosa. —Puso énfasis en la palabra «preciosa»—. No te verá nadie. Los contenedores están abajo.

—Mierda. Está bien —refunfuñé.

No pensaba cambiarme de ropa, así que si al final alguien me veía, tendría que vivir con ello. De todas formas, solo tenía que bajar en el ascensor. Abrí la puerta y primero miré por si había alguien. Menos mal que no era así. Empecé a caminar con la bolsa en la mano, llamé al ascensor dando botecitos sobre mis pies descalzos y me metí corriendo cuando llegó.

Cuando dejé la bolsa en el contenedor suspiré de alivio porque hasta ahí nadie me había visto, pero cuando me dirigí al ascensor de nuevo alguien que entraba corriendo chocó conmigo.

—Perdona —se disculpó apresuradamente, y sin ni siquiera mirarme, subió corriendo por las escaleras.

Me incliné para verle. Era un chico joven, delgado y con el pelo rubio. Tenía que ser uno de mis —según mi primo— locos vecinos de enfrente. Sonreí feliz de que no hubiera reparado en mí y por lo tanto en las pintas que llevaba.

Llegué a nuestro piso y caminé hacia la puerta, ya contenta de que había salido de mi misión sin ser descubierta. Aunque eso sería demasiada suerte para mí, supongo. Escuché un sonido, como una risita, y al girarme vi un chico apoyado en la barandilla de enfrente.

Oh, mierda.

Me quedé paralizada por un momento. Alto, piel morena y pelo oscuro. Jeans ajustados y camiseta negra. Una sonrisilla traviesa y burlona en la cara. ¿Se estaba riendo de mí? ¿Y de mi pijama? Y… Joder, era muy sexy. Inconscientemente me abracé el cuerpo como si así pudiera evitar su escáner visual. Me había vuelto estúpida pues no podía articular palabra, me estaba muriendo de vergüenza internamente. Tuve el impulso de salir corriendo. Él me miró de arriba abajo sin cortarse un pelo, ensanchó su sonrisa, mirándome descaradamente con esos ojos intensos, y después de echarme un último vistazo, se fue.

Y allí me quedé yo con el «Eh, tú. ¿Qué estas mirando?» en la boca. Sacudí la cabeza para recuperar mi inteligencia y entré en casa dando un portazo. Daniel, que estaba en el sofá, se sobresaltó.

—Wow. No rompas la puerta. ¿Qué pasa? —preguntó.

—Un tío. Uno de los vecinos de enfrente. Me ha visto y me ha parecido bastante imbécil —mascullé. Daniel se rio en voz bastante alta.

—¿Te ha visto? ¿Y te ha dicho algo?

—No —respondí, cruzándome de brazos—. Simplemente ha sonreído —añadí en tono burlón.

—Bueno, será que le has gustado. —Y volvió a reír.

—No es gracioso, ¿sabes? —gruñí sentándome a su lado.

—Es que tu pijama de conejitos es jodidamente sexy, Em —se burló con voz seductora.

—Cállate y no te metas con mi pijama —le advertí, agrediéndole con el cojín.

Vivir enfrente de ocho tíos no sería nada fácil. Había conocido a tres, el encantador Liam, el despistado del cual no conocía el nombre y aquel tío estúpido… Y sexy… Aun a mi pesar. ¿Y qué significaría eso de que están locos? Me daba la sensación de que no tenía la menor idea de dónde narices me había metido.

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