Cristina G. - Al otro lado

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¿Qué harías si enfrente de tu piso vivieran ocho chicos? Emma Parks se muda a vivir a San Francisco con su extravagante primo Daniel mientras duren sus años de estudio. Lo que no esperaba, ni de lejos, era tener como vecinos a ocho chicos. Jóvenes, guapos y a cada cual más raro que el anterior. Kyle y Liam son parte de esos vecinos de Emma. El primero es, aparte de endiabladamente atractivo, listillo, egocéntrico y bastante idiota. El segundo es guapísimo, atento y encantador. No hay modo de evitar cruzarse con ellos y Emma se siente confusamente atraída por los dos. Tomar decisiones no es lo que más le apetezca, pero a veces no queda otro remedio. Ella tendrá que ser consciente de que haga lo que haga, traerá consecuencias.

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Puede que me esté mintiendo. Que simplemente quiera burlarse de mí y esté fingiendo que le gusto cuando en realidad no es nada parecido a eso. Y se ría de mí cuando estúpidamente yo acceda.

Vale. Eso no era tan probable. Tendría que ser bastante —demasiado— cínico para estar montando esa mentira. Debería estar tremendamente aburrido para fingir estar detrás de mí. Pero si era así, se arrepentiría de haber nacido.

Miedo a estar con él. Si finalmente de verdad siente algo por mí, me asusta empezar algo con Kyle. No estoy preparada.

Mis relaciones no habían sido especialmente estupendas. Los únicos dos chicos con los que había estado tenían una competencia por cuál era más idiota. No quería más idiotas en mi vida. Y tenía miedo de que me hicieran daño de nuevo. De que no saliera bien y tener que comer kilos de helado mientras veía Sexo en Nueva York. Como decía, no estaba preparada para estar con alguien.

No quiero hacerle daño a Liam.

Leí la frase un par de veces convenciéndome de lo que había escrito. Bien. Aunque no tuviera mucho que ver con Kyle, era una de las razones. Mi instinto de mujer precavida me decía que Liam era mucho más apropiado para mí. Él no parecía ser el típico imbécil y por lo que había podido notar, sí que se sentía algo atraído por mí. O eso quería pensar yo. Algo me decía que, si me inclinaba por Kyle, Liam saldría herido. Y me daba miedo acabar equivocándome de chico.

Bufé, exasperada. Realmente, ¿era mejor ir por el camino fácil y correcto o arriesgarse por el que da miedo?

Cuando escuché la puerta de casa abrirse, cogí la hoja y la metí rápidamente en un libro que había encima de mi escritorio.

—Enanaaaaa —canturreó Daniel.

Rodé los ojos y salí de la habitación. Mi primo y yo comimos lo que se puede considerar tranquilamente mientras él destripaba a una compañera que le quitaba todos los trabajos buenos. Me debatí sobre contarle lo de Kyle, pero rápidamente deseché la idea. Era muy estúpida.

Después de un rato, cuando me encontraba fregando los platos, sonó el timbre. Daniel fue a regañadientes hacia la puerta. Escuché su voz y la de otro chico. Sería uno de nuestros adorados y acosadores vecinos de enfrente. Continué con lo mío mientras intentaba no hacer mucho ruido para escuchar lo que ocurría. Daniel pareció ir a algún lado y volvió a la puerta. Le oí despedirse y regresar a la cocina.

—Tu novio número dos te envía saludos —dijo tranquilamente. Le miré alzando una ceja.

—¿Novio número dos?

—Liam, vino a por un libro que me prestó.

—Ah. —Continué fregando. Un momento. Me giré de nuevo—. ¿Quién es el número uno?

Daniel sonrió con suficiencia.

—Kyle, claramente.

Saqué una mano del fregadero y le lancé agua en la cara. Maldito Daniel y sus conjeturas extrañas sobre mi estado sentimental con los vecinos. Preferí no preguntarle por qué Kyle era el uno y Liam el dos.

Cuando acabé volví a mi cuarto y me quedé de piedra al ver algo ausente en mi escritorio.

El libro.

No estaba.

El libro donde guardé la hoja con las razones de mi miedo a Kyle.

Oh, no. Mierda.

Salí corriendo y volví a la cocina, sorprendiendo a Daniel mientras chupaba con nada de clase un helado.

—Dime que el libro que había en mi escritorio no era el que te prestó Liam —inquirí con desesperación.

—Lo era —respondió.

Maldita sea mi suerte. ¡Maldita sea mi suerte!

—Vale, vale, vale. —Empecé a alucinar.

¿Qué pasaba si Liam lo veía? ¡Y lo leía! Dios mío.

—¿Qué te pasa, loca? —Mi primo me miró extrañado—. ¿Pasa algo con ese libro?

No podía contarle a Daniel lo que pasaba. Ni de coña. Intenté adoptar una postura tranquila.

—No pasa nada. Es solo que no pude acabármelo.

—Pues se siente. Ha dicho que lo necesitaba hoy.

Muy bien. Perfecto.

Salí de la cocina cual rayo dispuesta a ir a casa de los vecinos y rogar que Liam me devolviera el libro. Solo tenía que decir que había olvidado una nota dentro y todo hecho. Salí de la casa y me dirigí a su puerta. Toqué al timbre unas tres veces. Fue Christian quien me abrió. Me miró de arriba abajo sensualmente sin cortarse un pelo y yo elevé una ceja esperando a que acabara el escáner visual.

—Qué bonita sorpresa —dijo con un tono meloso—. ¿Qué te trae por aquí, Emma?

Rodé los ojos internamente. Ese chico nunca cesaría en intentar ligar conmigo. Aunque bueno, igual lo hacía con todas las mujeres.

—Hola, ¿está Liam?

—No, se ha ido hace nada.

Mierda. Me removí incómoda.

—¿Sabes cuándo volverá?

—Supongo que bastante tarde, o incluso puede que mañana. Ha ido a ver a su madre, creo —dijo, encogiéndose de hombros.

—Ah. Es que me he dejado algo en un libro que ha venido a recoger a mi casa. ¿Podría pasar y cogerlo?

—Claro, por qué no.

Christian se apartó y me dejó pasar. Me señaló la habitación de Liam y me encaminé hacia allí. Cuando entré me quedé paralizada en la puerta. Kyle estaba tumbado en la cama de abajo de una de las literas, con la vista fija en una videoconsola. La verdad, no esperaba encontrármelo. Cuando se percató de mi presencia, alzó la vista y pude ver la sorpresa en su rostro al descubrirme allí plantada como una idiota.

—Hola —saludé con un nudo en la garganta.

Kyle me fulminó con la mirada. Sí, me fulminó con la mirada y volvió la vista a su consola, ignorándome deliberadamente. Estaba enfadado conmigo y se notaba a kilómetros. Pero no podía culparle, había huido como una estúpida cobarde de él. Dejándole con la palabra en la boca, solo y rechazado. Mordí mi labio inferior con nerviosismo mientras pensaba qué podía hacer. ¿Debía pedirle disculpas? ¿Debía explicarle por qué había hecho aquello?

—Oye, eh…

No supe cómo continuar. Era más difícil de lo que parecía. Los ojos negros de Kyle se habían posado en mí con desinterés y eso solo propiciaba el ponerme más inquieta. Me miraba de una manera tan diferente a aquella mañana que no pude evitar sentirme mal conmigo misma. Suspiré. Lo más seguro era que no tenía mucho que hacer y lo primero era encontrar aquel estúpido libro.

Entré en la habitación y comencé a buscar con la mirada. Recorrí el escritorio, las estanterías, las camas, incluso el suelo y debajo de ellas. Nada. No había rastro del dichoso libro. Durante todo el acto pude ver que Kyle seguía mis movimientos por el rabillo del ojo y su ceño se iba frunciendo más y más. Debía pensar que me había vuelto loca, pero estaba tan decidido a ignorarme que ni siquiera preguntaba qué estaba haciendo.

—Mierda —murmuré cuando hube agotado todos los sitios donde buscar.

Kyle se levantó de la cama y me sorprendió poniéndose enfrente de mí. Alcé un poco la vista para mirarle a la cara porque me sacaba como una cabeza.

—¿Qué coño estás buscando? —preguntó molesto. Al fin.

—Nada. —Alzó una ceja, disconforme. Aparté la vista y bufé—. Un libro que nos prestó Liam.

—Pues parece que no está, así que…

Dirigió su mirada a la puerta invitándome poco amablemente a que me marchara. Genial. Ahora se convertía en un borde. ¿Era para tanto lo que yo había hecho como para que me tratara así? Le lancé una mirada de rencor y me dirigí a la puerta, pero antes de llegar me giré.

—¿Sabes? En realidad, siento haber huido de esa manera antes y entiendo que estés enfadado, pero te estás comportando como un idiota —espeté. Y me arrepentí nada más decirlo.

Kyle me miró, incrédulo a mis palabras, se acercó a mí y me acorraló contra la puerta, colocando su mano a un lado de mi cabeza. Atisbé de reojo cómo los músculos de su brazo se tensaban. Contuve la respiración. Tan solo unos centímetros nos separaban y recé para que alguien nos interrumpiera. La intensidad de sus ojos me provocaba un revoltijo en el estómago.

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