No mires abajo, no mires abajo.
Me apoyé contra la pared del ascensor intentando bajo toda costa mantener mi mirada en sus ojos. Él se tapó discretamente su amigo colgante con las manos.
—¿Qué coño…? —empecé a decir.
—Lo siento. Había un fantasma —dijo como si fuera lo más normal del mundo.
Y esa fue toda su elocuente, elaborada e innegable explicación.
¿Un fantasma? ¡El único fantasma que había allí era él! Me tapé los ojos con las manos y recé: «Por favor, que cuando los abra esté vestido. Por favor, que cuando los abra esté vestido».
Pero cuando los abrí, no estaba vestido.
* 6 * Las mentiras tienen las patas cortas
Unos hombros anchos, músculos poco marcados pero excitantes con esa piel tostada y aparentemente suave. Las caderas que cincelaban la forma triangular de su torso llevaban a… a…
¿Pero qué estaba mirando? ¡Por Dios!
Me tapé de nuevo los ojos con las manos para escapar de la horrible y tentadora visión del cuerpo desnudo de Kyle. Todavía no podía comprender por qué extraño motivo había aparecido de esa guisa en el ascensor, delante de mí.
Le señalé con nerviosismo con una mano mientras seguía tapándome —a medias— los ojos con la otra.
—¡Tápate! —chillé casi en un graznido de gallina.
Él se encogió de hombros, un tanto indiferente a mi dramatización. Por suerte, seguía tapándose la parte más inquietante de su cuerpo.
—No tengo con qué.
—¡¿Pero por qué estás desnudo?! —continué con mis alaridos.
—Es una larga historia.
Inconscientemente y adquiriendo valor, no sé de dónde, quité la mano que cubría mi vista para mirarle con irritación. Él me observó divertido y una sonrisa torcida comenzó a dibujarse en su rostro. Oh, genial. Encima le hacía gracia.
—¿Te divierte? —pregunté indignada. Kyle rio entre dientes.
—Un poco.
Consternada, me deshice de la sudadera azul marino que llevaba puesta y se la tiré a la cabeza. Él levantó los brazos para cogerla dejando a mi vista a su amigo, solté un grito ahogado y me giré rápidamente hacia la pared. Me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja con nerviosismo mientras escuchaba como Kyle hacía algo con mi sudadera.
—Puedes girarte. Creo que no te comerá —dijo.
Me di la vuelta y le miré frunciendo el ceño a sabiendas de quién o qué creía que no me comería. Maldije para mis adentros cuando vi cómo había amarrado la sudadera a su cintura, cubriendo lo esencial a modo de taparrabos.
Kyle sonrió al ver cómo miraba con horror mi querida prenda de ropa rozando su zona íntima.
—Te la devolveré. —Contuvo la risa cuando dibujé una mueca—. Limpia —aclaró.
—Puedes quedártela.
Levantó las manos, indefenso.
—Como quieras.
Le lancé una mirada asesina en el momento en que el ascensor hizo un ruido sordo y abrió sus puertas. Me quedé parada ante la imagen que estaba frente a nosotros y no supe si asustarme o echarme a reír por el suelo. Kyle levantó una mano señalando al individuo.
—El jodido fantasma —exclamó.
—¡Tú sí que eres un fantasma, idiota! —bramó el individuo.
Allí plantada como una imbécil sin hacer ni decir nada, acabé percatándome de que aquel individuo delante de nosotros era un chico con mascarilla facial de color verde —que le daba un aspecto aterrador—, redecilla en el pelo y un batín que estaba muy lejos de ser masculino.
—¿Luke? —pregunté, extrañada ante este hecho.
—Sí —respondió con un deje de soberbia.
De acuerdo. Todo empezaba a encajar. Kyle parecía haberse asustado, no sin razón, de la inusual figura de Luke, el vecino que parecía una chica y había salido huyendo. Aunque todo eso no explicaba por qué me secuestró en el ascensor y más que eso, por qué narices estaba desnudo.
—¿Por qué leches has salido corriendo después de verme? —inquirió Luke, visiblemente molesto.
—Joder, ¿es que no te has visto? Me has asustado de muerte con esas pintas.
—¡Es algo muy normal! Me gusta estar arreglado.
—Ya, claro —murmuró Kyle.
Luke frunció el ceño y entonces reparó en mi sudadera atada en la cintura de su amigo y mi expresión no más que perpleja.
—Y has venido hasta aquí en pelotas. Seguro que tú has asustado más a la pobre Emma.
Los labios de Kyle se elevaron en una sonrisa divertida mientras me miraba. Maldito sea. Le iba a matar.
—¿Se puede saber por qué va desnudo? —inquirí. Perdónenme, pero no era muy normal.
—Duerme así —respondió Luke con desdén.
—Sí —reafirmó Kyle. Le miré alzando ambas cejas.
—Duermes desnudo —repetí. Él asintió con la cabeza aguantando de nuevo la risa—. Y has salido tal cual de tu casa al ver a Luke, pensando que era una aparición. ¿Lo he entendido bien?
—Perfectamente.
—¿Y por qué me has abordado como un violador en el ascensor? —pregunté de la manera más enojada que pude.
Luke lanzó una mirada severa a Kyle, no muy de acuerdo con su comportamiento. Él se encogió de hombros.
—Surgió así —respondió simplemente.
—Genial. Estás loco —dije saliendo del ascensor—. Me largo.
—¡Lo siento, Emma! —exclamó Luke mientras me alejaba.
Caminé a grandes zancadas hasta mi apartamento, abrí y cerré la puerta con furia. Maldita sea la estampa de Kyle y su cuerpo bronceado y desnudo. ¿Cómo podía ser tan idiota? «Surgió así», repetí en mi mente con un tono de burla. Estaba loco de atar.
Daniel, que estaba tirado en el sofá como un saco de patatas viendo un partido de fútbol, me miró extrañado.
—¿Qué ha pasado, fierecilla?
—¿Recuerdas cuando me dijiste que los vecinos estaban locos?
—Sí.
—Lo están. Tenías toda la maldita razón.
Dicho esto, me tiré en el sofá de un culazo cabreado. Daniel me observó un segundo y después comenzó a reír. Él también estaba loco de atar. Estupendo, había ido a vivir a un jodido manicomio.
—¿Qué te han hecho esta vez? —preguntó algo más calmado. Yo bufé exasperada.
Le conté la escenita del ascensor mientras él elevaba las cejas y se tapaba la boca para aguantar la risa.
—Me hubiera gustado estar ahí. Memorable.
—Sí, muy memorable —escupí.
—Kyle acabará cayéndote bien, ya verás. —Se metió una palomita de maíz en la boca.
—Lo dudo mucho.
Pasada una hora aproximadamente me había quedado frita en el sofá. Estaba tan cansada que a pesar de las veces que Daniel pateó mi pierna para que me levantara me había quedado allí, abandonada por él. El timbre de la casa sonó y me desperté de un respingo. ¿Qué hora era? Enfoqué mi vista hacia el reloj sobre la mesa de la TV. Las 2 am. ¿Qué clase de degenerado tocaba a casa a esas horas?
Me arrastré del sofá y me dirigí a la puerta restregándome los ojos. Cuando la abrí comprendí la clase de degenerado que tocaba a las casas a las dos de la madrugada: Kyle.
Le recorrí con la mirada, aún somnolienta. Estaba al otro lado de la puerta con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón de chándal negro a conjunto con una camiseta del mismo color, que bajo mi punto de vista le hacía parecer más moreno. Elevé una ceja cuando mis ojos llegaron a su rostro.
—Oh, ropa. Qué sorpresa —observé.
—A veces debo parecer civilizado.
Aunque intenté evitarlo, me hizo gracia su comentario y mis labios formaron una leve sonrisa que borré inmediatamente. Ya estaba lo suficientemente despierta para arremeter contra él.
—¿Qué quieres? —salté, cruzándome de brazos. Kyle suspiró.
—El fantasma y el enano me han obligado a venir.
No sabía a quién se refería con «enano» pero supuse que era Damon, el más bajito de los vecinos y el que ejercía de madre de todos. Le observé con altanería y esperé a que dijera el motivo. Me miró entrecerrando sus ojos negros, pero no dijo nada.
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