Cristina G. - Al otro lado

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¿Qué harías si enfrente de tu piso vivieran ocho chicos? Emma Parks se muda a vivir a San Francisco con su extravagante primo Daniel mientras duren sus años de estudio. Lo que no esperaba, ni de lejos, era tener como vecinos a ocho chicos. Jóvenes, guapos y a cada cual más raro que el anterior. Kyle y Liam son parte de esos vecinos de Emma. El primero es, aparte de endiabladamente atractivo, listillo, egocéntrico y bastante idiota. El segundo es guapísimo, atento y encantador. No hay modo de evitar cruzarse con ellos y Emma se siente confusamente atraída por los dos. Tomar decisiones no es lo que más le apetezca, pero a veces no queda otro remedio. Ella tendrá que ser consciente de que haga lo que haga, traerá consecuencias.

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Me había quedado claro que tenía una especie de miedo extraño e irracional a estar cerca de Kyle y todo lo que eso implicaba. La cuestión era: ¿por qué? ¿Por qué tenerle miedo a alguien como Kyle? ¿Qué era lo que temía que pudiera pasarme?

Una persona se sentó a mi lado haciendo que saliera de mis pensamientos. Me giré hacia ella descubriendo con sorpresa que conocía a aquel chico rubio de semblante despistado. Scott. Mi querido vecino Scott. ¿Por qué mis vecinos me perseguían —sin quererlo, espero— a todas partes? Alcé ambas cejas al ver que él no se había percatado de mi presencia. Simplemente miraba hacia delante sin ninguna expresión mientras un sonido parecido a la música retumbaba en sus pobres —y posiblemente pronto sordos— oídos a través de unos auriculares.

—Hey —dije, pero no hubo respuesta.

«Normal», pensé. Tampoco se enteraría si le hablara con un megáfono. Me encogí de hombros y me incliné un poco hacia él, después pegué una fuerte palmada en su rostro. Scott pegó un salto y se giró hacia mí fulminándome con la mirada. Le dediqué una carita de ángel inocente. Al darse cuenta de quién era, relajó su expresión y se quitó los auriculares.

—Hola —dijo—. No te había visto.

—Eso está claro. —Sonreí.

Silencio. Incómodo, maldito y largo silencio.

Carraspeé y me acomodé en mi asiento. Establecer una conversación con ese chico no podía ir más lejos de compartir opiniones sobre el tiempo. Estaba segura de eso.

—¿Vuelves a casa? —pregunté.

Bravo. Gran pregunta.

Scott asintió. Me mordí el labio y miré fugazmente por la ventana.

—¿Y tú? —inquirió, sorprendiéndome.

—Eh… Sí. Paramos en el mismo sitio.

Intenté sonreír mientras una yo diminuta me aplaudía con sarcasmo en mi mente. Scott no dijo nada más. Supuse que seguramente estaba deseando no haberse sentado a mi lado para poder ponerse de nuevo sus auriculares e ignorar al resto del universo. Suspiré y giré mi vista a la ventana otra vez. Pensé en Kyle y una pregunta se formuló en mi cabeza. Miré rápidamente a Scott y él me observó de reojo visiblemente desconfiado.

—Sé que es muy raro lo que voy a decir y estás en tu derecho de no contestar. De hecho, no me conoces realmente de nada, pero… —Hice una pausa y mordí de nuevo mi labio inferior mientras Scott me miraba extrañado—. ¿Puedo fiarme de Kyle?

Scott me observó como si hubiera preguntado una de las cosas más raras del mundo. ¿De verdad era tan raro? Él le conocía, eran amigos, vivían juntos. Debía de conocerle muy bien y yo solo quería una garantía. Solo quería deshacerme un poco de mi miedo hacia Kyle.

Se movió algo incómodo en su asiento y me arrepentí de haberle metido en mis líos mentales.

—Bueno, no sé a qué te refieres exactamente. ¿Me preguntas si es un mentiroso? ¿Un aprovechado?

Lo sopesé un poco y finalmente asentí. Eran muchas cosas al parecer a las que les tenía miedo y una de ellas era que Kyle estuviera jugando conmigo. Mintiéndome con esa sensual y maldita voz mientras decía que sentía algo por mí.

Scott se pasó una mano por el pelo, pensativo.

—Pues un poco. —Elevé una ceja. ¿En serio? Mis sospechas parecían ser ciertas—. Pero depende de lo que sea. —Me miró y se encogió de hombros—. Le gusta molestar a la gente, pero tampoco es para desconfiar de él. Es un tío honrado, no se aprovecharía de ti.

Me quedé pensativa. No podía contarle todo lo que había pasado con Kyle, ni por qué creía que debía desconfiar de él.

—Ok, gracias —contesté.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Eh… Es que me parece un poco idiota, solo quería saber si puedo confiar para ser su amiga.

Bofetada mental. ¿Qué tontería acababa de decir? Primero, le había llamado «idiota» delante de su amigo; y segundo, ¿ser su amiga? Hasta mi yo interior se rio de mí.

No se desea besar a los amigos, Emma.

Scott esbozó una breve sonrisa ante mi respuesta, haciéndole parecer mucho más guapo. Y antes de darme cuenta habíamos llegado a nuestra parada. Bajamos del autobús y caminamos en silencio hacia el apartamento. Una vez dentro subimos al ascensor. Más silencio.

Silencio. Silencio. Silencio.

Dios, qué desesperante era ir a algún lugar con ese chico. Me dieron ganas de apretar el botón de emergencia solo para que dijera algo. Llegamos a nuestro piso y él se quedó frente a mí como si no supiera si debía ignorarme e irse a su casa o despedirse de alguna manera. Sonreí. Eso le hizo parecer adorable.

—Gracias por la ayuda. Ya sabes —le dije.

—No es nada. Eh… Bueno, yo me voy. —Se giró y le detuve con el brazo.

—Oye, Scott. ¿Tú tienes novia?

Quise morderme la lengua, pegarme un bocado a mí misma hasta sangrar. ¿Por qué narices le había preguntado eso? Mi estúpida curiosidad de saber si un chico tan retraído tendría novia.

En un segundo sus mejillas tomaron un tono rojizo y me sorprendí ante la reacción. Rápidamente negué con la cabeza y las manos a la vez.

—Lo siento, lo siento. No sé por qué te he preguntado eso.

—No tengo —confesó. Le miré desconcertada—. De hecho, yo….

Se calló de repente. Y no supe como acababa esa frase.

—¿Sabes algún remedio para el miedo? —pregunté, intentando desviar el tema y llenar el silencio que se había instalado. Otra vez.

Fuera como fuese necesitaba ayuda de alguien. Un consejo. Algo. Que me ayudase con la bola mental que el señorito Kyle había puesto en mi cerebro.

—¿Contra el miedo? Pues… —Pensó un momento—. Se supone que escribir sobre lo que sientes es una buena terapia. Sacarlo de tu cabeza puede hacer más fácil admitirlo, verlo con perspectiva y quizás buscar una solución. Podrías empezar por ahí.

Vaya, vaya, vaya. Vaya. Oh, vaya. Sorpresivamente, Scott era bueno dando consejos sobre la vida. El chico pasota e introvertido que tenía delante había conseguido darme una idea. Quizás era una buena manera de saber qué era a lo que le tenía miedo respecto a Kyle. Y bueno, respecto a Liam.

Dejándole de piedra, me acerqué a él sin pensarlo y le di un beso en la mejilla. Después de darme cuenta me sonrojé y le pedí perdón.

—Vale, puedes irte. Dejaré de interrogarte. Me has ayudado, de verdad.

—Está bien.

Negó con la cabeza y oh, sonrió de verdad. Dijo adiós y se alejó hacia su casa. Yo me fui corriendo a la mía, literalmente.

Cuando entré vi que Daniel no había llegado todavía del trabajo así que fui a la cocina, me serví un vaso de zumo y me metí en mi cuarto. Me senté en el escritorio y saqué un folio en blanco. Mordí el bolígrafo entre mis dientes mientras pensaba.

Veamos, por qué le tengo miedo a Kyle, por qué le tengo miedo a Kyle. Bueno, la primera razón parecía ser obvia. Escribí sobre la hoja.

Kyle es egocéntrico, sensual —para mi desgracia—, grosero, engreído y un completo idiota. Un chico así no puede hacer más que molestarte. Y muy posiblemente acabar haciéndote daño.

Sí. Definitivamente era una de las razones. Su personalidad arrolladora me asustaba. Como si no pudiera negarme a él y eso no me gustaba nada. No era el tipo de chico que me convendría.

¿Y si yo era de tantas chicas que se había ligado? Y luego acababa en una lista interminable de «ligues de Kyle», «Mujeres que han caído a mis pies». O algo parecido.

Mordí nuevamente el bolígrafo. Daniel me había comentado que Kyle era un poco, digamos, ¿mujeriego? ¿Ligón? ¿Que le gustaba todo lo que llevaba falda? Bueno, quizás no tan exagerado, pero no iba mal encaminado. Tan solo hacía falta ver la soltura con la que me hablaba de esa manera tan seductora. Y eso me daba miedo. Si yo caía en sus redes, sería una nueva víctima de su precioso rostro. Una más. Tan solo eso. Y cuando se cansara de mí pasaría a una nueva presa. Hice una mueca y continué escribiendo.

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