Agarro por las axilas a mi hermano y, con esfuerzo, lo aparto del camino hasta apoyarlo en el tronco de un grueso árbol. Cojo el robot de las manos de Iggy, sin una palabra, y luego lo conecto al panel de control. Entonces, algo capta mi atención. Sobre el panel de carga, también lleva anudado en el brazo el pañuelo amarillo que he dejado caer para él esta misma mañana. Por su rostro aún se descubren algunas trazas amarillas de pintura.
Le acaricio la mejilla y noto que se me inundan los ojos de lágrimas. El gesto dice mucho más de lo que parece y estoy casi segura de que en cuanto Tristán despierte no será capaz de perdonarme. A su juicio, lo habré vuelto a traicionar. Escucho a Iggy y a Agatha contactar con Keira y Lars e intento apartar de mi mente los sentimientos que me hacen tan débil.
Rebusco dentro de la chaqueta ignífuga de Tristán y encuentro el Mapa en el bolsillo que descansa sobre su corazón. Me muerdo el labio inferior. Él no sabe nada sobre el mundo y, aun así, frágil e ignorante, desea luchar. Meto la mano en el bolsillo pequeño de mi mochila y saco un pequeño bote lleno de pastillas rojas. Hago que cierre sus dedos en torno al envase y suplico a mi interior que Tristán no me odie todavía más si cabe por dejarle este peculiar medicamento.
Voy a levantarme, pero me detiene pensar que en cuanto me marche y nuestros caminos se separen para no encontrarse jamás, me moriré sin saber si Tristán fue o no capaz de perdonarme. Sé que robarle no es la mejor acción con la que dejarle un indudable mensaje sobre mis verdaderas intenciones, así que me llevo las manos al cuello y saco un cordel por encima de la cabeza. De él pende una bellota con un clavo atravesándola por la mitad.
Acaricio el objeto y lo dejo sobre el pecho de mi hermano. Si esto no conforma para él una señal de que solo quiero protegerle, entonces habré fallado de nuevo. Unos bruscos movimientos me hacen girarme, alerta y en guardia. Descubro que solo se trata de Keira. Sus ojos marrones refulgen con furia y su rostro, prácticamente infectado por la antigua acción de un milagro de la Diosa, se contrae.
—¿Dónde está Lars? —pregunto.
—Nos espera a las afueras con las motos. ¡Tenemos que irnos! —Boquea y una gran herida se abre lentamente en su frente .
Pero sus ojos, siempre escrutadores, se percatan de la presencia de Tristán de inmediato. Me mira, entre dolida y enfadada, pero no me amilano. Este es el camino que yo he escogido y nadie puede impedirme recorrerlo.
—Ami, no. —Más que una súplica, es una orden.
—Vamos. —La ignoro, echando a correr, mientras escondo el Mapa de la Diosa en el interior de mi chaqueta y dejo atrás a mi hermano.
Los oigo seguirme y creo percibir en los pasos de Keira incertidumbre y rabia. Pisa más fuerte, con unas enormes zancadas que desean alcanzarme y detenerme aquí mismo. Aprieto el paso, porque sé que mi amiga es capaz de conseguirlo y convencerme de que siga el plan tal y como hemos acordado ejecutarlo.
El bosque parece no tener fin y la oscuridad devora el paisaje. El cielo ya no luce tintes de naranja fuego y rojo sangre. El fin del mundo, “la Diosa”, descansa después de la masacre en Cumbre. Saco la linterna y sigo avanzando, alumbrando mis pies e intentando no tropezar con ninguna piedra o rama traicionera.
Conseguimos alcanzar el final del bosque después de cinco minutos de marcha ininterrumpida. Respiramos con dificultad, cansados. Las mejillas de Agatha parecen dos manzanas de lo rojas que están e Iggy suda muchísimo. Keira mantiene sus ojos sobre mí, firmes. Yo llego con una enorme sonrisa al ver a Lars apoyado en una de las motos.
Me abalanzo sobre él con un enorme abrazo. Sentir su corazón contra mi pecho me hace muy feliz. Mis amigos se encuentran sanos y salvos; no me voy a quedar sola. Al menos, no de momento. Lars me golpea la cabeza con débiles palmaditas. Lo conozco tan bien que ahora debe estar sonriendo como si nada hubiese sucedido. Me separo de él para comprobar que no me equivoco.
—Ya está, ya está. No te preocupes —me dice Lars con su aterciopelada voz.
—Habla por ti. —Cierro los ojos al escuchar a Keira.
—¿Por qué dices eso? —Lars alterna la mirada entre ambas para detenerse al final en mí e intentar encontrar una respuesta—. ¿Amaranta?
Suspiro y retrocedo varios pasos hasta colocarme al lado de Iggy. Él busca mi mano y me la estrecha en cuanto nota que tiemblo. Me siento culpable al involucrar de esta manera a mi amigo, pero necesito su apoyo. Que Agatha me observe con el ceño fruncido no mejora la situación. Keira y Lars son capaces de superar un cambio así, pero no sé si Agatha va a perdonar mi mentira tan fácilmente.
—Amaranta, díselo —me ordena Keira.
—¿Cómo te has enterado? —le pregunto primero con el corazón en un puño.
—Cumbre no es tan grande. Iggy no es el único en indagar por ti. ¿Creías que no notaría que no te estabas comportando como siempre? —Keira ya no parece tan agresiva, sino dolida.
—¿Ami? —Agatha me mira con sus enormes ojos castaños. Qué culpable me va a hacer sentir.
—No voy a ir a Mudna con vosotros. Es decir, no ahora, no inmediatamente —digo sin tapujos —. Antes tengo que frenar a Tristán…
—¿Cómo? —Lars avanza un paso, confundido.
—Mi hermano es… era —corrijo; ahora lo soy yo relativamente—el portador del Mapa de la Diosa, Lars. Sabéis lo que es. Es ese dichoso trozo de papel que los renegados de Cumbre dicen poseer desde el inicio de los tiempos. Un legado otorgado por la Diosa solo para ellos que traza la ruta para llegar hasta Ella. El Clan le encomendó a Tristán la tarea de ir en su busca con el fin de rogarle por nuestra redención. Para que detenga su destrucción. Implorarle porque no nos condene. —Un desgarro en mi voz me derrumba por dentro.
—¿Y?
—¡Que lo han condenado a muerte! —grito, mientras saco el Mapa del bolsillo—. Lo han mandado solo a explorar Erain con este maldito trozo de papel indestructible. Y mi hermano les ha creído, pero él no tiene ni idea de cómo es este país. Las cosas que nos ocultan, las cosas a las que nos obligan… Cumbre es la punta del iceberg. Se piensa que va a encontrar la salvación y que la gente va a ser amable con él. ¡No me voy a permitir dejarlo a la deriva así como así!
—¿Y por qué no lo rompes aquí mismo? —me espeta Keira.
—¡Porque ya os he dicho que es indestructible!
O eso es lo que se dice del Mapa, que permanecerá inmutable a través de los tiempos para indicar el camino hasta la Diosa. Intento romperlo por la mitad, pero el papel ni siquiera cede.
—Esto debe ser una broma científica. —Se sorprende Lars, atusándose la barba.
Agatha abre su mochila y saca varios botes llenos de diferentes líquidos de colores. Primero echa uno de color azul que resbala por la superficie del mapa como si este estuviese impermeabilizado. Ni siquiera lo mancha. Parece frustrada. Lo intenta con otro transparente, pero el papel sigue sin sufrir ningún daño.
—Acabo de echarle una sustancia corrosiva… —Se alarma la chica.
—Amaranta. —Keira desvía nuestra atención como si lo que acabásemos de presenciar no fuese motivo suficiente de inquietud—. Acontecieron muchas cosas hace dos años, tanto a-quien-tú-ya-sabes —Nil—como a Tristán. Que no consiguieses rescatarlo no fue tu culpa, Ami.
—¡Sí lo fue! Podría haber muerto en el Arco Interno. He estado dos años enteros sin saber nada de él de primera mano. Le he espiado. Gorio me contaba qué estaba sucediendo con él. Cuando me enteré de que había sido escogido para esta misión suicida… No. Esto lo hago por él. Para que tenga una oportunidad de vivir.
«No puedes salvarlos a todos», reverbera la voz de Nil en mi mente.
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