Me arrodillo en el suelo entre gruñidos, aunque alzo la mirada para descubrir qué me ha salvado. Pienso que mi salvador será Piloto, apuntando con alguna de sus armas integradas, pero me equivoco. En lo alto de un edificio, el cielo en llamas recorta la figura de una poderosa sombra. Su capa ondea con violencia. Oculta su rostro tras una máscara de metal inspirada en las que llevaban los médicos de la peste. Aún mantiene el arco en alto con una flecha cuya punta parpadea en rojo: una flecha detonadora. Ya había visto una de esas en acción alguna vez, y pueden destruir objetos incluso más grandes que ese pedazo de metal que casi me ha asesinado. Solo una persona lleva tal indumentaria y utiliza este tipo de armas sin ser confundida con otra: Belladona, líder del Escuadrón Espino, la persona más buscada en todo el país.
Otra sombra se desliza a mi lado y me giro rápido, asustado. Me duele mucho la pierna y el brazo, pero voy a dedicar toda mi energía en procurar sobrevivir. Tropiezo de nuevo hacia atrás, tratando de alejarme, porque delante de mí se yergue otro integrante del Escuadrón. Marfil, el segundo al mando. Oculta su rostro bajo una máscara con forma de calavera pintada de múltiples colores chillones y decorada con pequeños motivos geométricos. Su presencia me revela la verdad que he intentado acallar hasta ahora: no conseguiré llegar hasta mi Clan y tampoco avisarles. Debo salir ya de Cumbre.
—¡Marfil! —La voz distorsionada de Belladona se extiende en eco hasta nosotros, como si hubiese seguido el cauce de un río—. Ayúdale y marchémonos.
Marfil asiente y reacciona en cuanto Belladona desaparece por detrás del edificio desde el que, con sus potentes flechas, me ha salvado.
—¿A dónde vas? —me pregunta Marfil, sacando un machete de su funda.
—Huyo de Cumbre. —Más me vale no mentir.
—¿Por qué? —Pero un cabeceo me hace suponer que se ha fijado en mi brazalete amarillo—. Eres un renegado… ¿Por eso huyes? ¿Porque no tienes sitio en el que esconderte?
Me resulta irónico que este extraño me hable como si estuviésemos tomando un té tranquilamente y no en medio de la destrucción de nuestra ciudad. Más allá de sus tranquilas palabras, las casas arden y la gente chilla horrorizada ante la destrucción y la muerte de sus seres queridos.
Cojo aire y me envalentono a mí mismo para terminar cuanto antes la conversación. Tengo una misión a la que no puedo hacer esperar. El Clan cree en mí. La humanidad aún no, pero pronto.
—Exacto. Espero que en otros lugares de Erain me ayuden con mi misión.
Parece que se escapa una risa desde dentro de la máscara de Marfil, pero el ruido externo la ahoga. O a lo mejor me lo he imaginado, aunque no me gusta. Yo apenas conozco cómo es el mundo fuera de Cumbre. La educación en el instituto se basó en aprender más sobre el pasado que sobre el presente, a base de datos falsos y manipulados en favor de la monarquía. Al convertirme en un renegado, dejando atrás mi vida como ígneo, mis derechos quedaron completamente limitados. No puedo informarme sobre el exterior. Nunca he podido salir de Cumbre. Sé de Erain lo poco que me ha contado mi Clan. ¿Es ingenuidad pensar que el mundo lejos de los muros de Cumbre puede no resultar tan voraz?
—Te acompañaré un trecho. Tienes que curarte esas heridas, toma. —Me tiende una pequeña caja roja, que acepto—. Es un botiquín que estamos repartiendo a la gente. No lo pierdas.
Tal vez el miedo me ha hecho olvidar que el Escuadrón Espino está formado por una especie de salvadores de las causas perdidas. Justicieros y condenadores de las malas artes. No se aferran a ninguna fe, pero luchan por un fin: no dejar que el poder consuma a los humanos. Proteger a los débiles y repudiados. Por eso los ígneos les odian tanto y piden sus cabezas.
Comienzo a andar, pero una serie de pitidos me detienen. Piloto vuela directo hacia mí, manchado de hollín. No parece dañado, pero su tardanza me ha asustado. Por el momento, la única compañía fiel que tengo es este pequeño robot. Se engancha a mi brazo para recargar energía en el panel de control.
—¿Cómo está Amaranta?
—Sigue dormida. Bajo el techo —me asegura.
Entonces sigo a Marfil. Me conduce por calles, algunas ni las conozco, y por pasadizos a través de casas y locales que parecen haber estado ahí siempre, pero ocultos a la vista de la gente de a pie. Marfil avanza con el machete en ristre, avizor a cualquier movimiento tanto humano como proveniente del caos climático.
Junto a él todo resulta más fácil. Llegamos a los lindes de Cumbre y, en un abrir y cerrar de ojos, me encuentro solo. Marfil ha desaparecido sin una palabra más. Compruebo que aún me quedan dos baterías externas cargadas para mantener activo a mi compañero. El panel de control está descargándose con rapidez. En breve, el brazalete tecnológico solo servirá de soporte para Piloto hasta que pueda volver a recargarlo.
Avanzo con dificultad hasta internarme en uno de los bosques que separan Cumbre del resto de la civilización. Por primera vez en mi vida, estoy fuera de la jurisdicción de mi ciudad. Me siento un poco más libre y me acomodo sobre una enorme roca dispuesto a curarme. Abro el botiquín.
Sacarme la primera esquirla me duele incluso más que tenerla incrustada en la piel. Piloto sobrevuela mi cabeza y luego aterriza cerca de mi tobillo. Enfoca y escanea la parte herida. Luego extiende uno de sus brazos mecánicos y con sus dedos, que son como una pinza, agarra otro de los trozos de metal y tira sin previo aviso.
Lloro todavía más que con la primera y no puedo contener las náuseas. Dirijo la cabeza hacia un lado para no ponerme perdido y vomito sobre la hierba. Escuece muchísimo, más de lo que nunca habría llegado a imaginar, pero Piloto tiene instalados algunos programas de curación, por lo que le dejo hacer.
Las siguientes veces muerdo un pedazo de tronco para ahogar mis chillidos. Desde luego, han debido escucharme en kilómetros a la redonda. Cuando Piloto termina, me otorgo el lujo de echarme sobre la piedra y descansar. Los músculos me palpitan, el sudor me empapa entero y el corazón me late pesadamente.
Me llevo una mano al pecho. El gesto es inútil, pero ayuda a calmar mis nervios. Meto la mano dentro de la chaqueta, ahora desgarrada, y saco un trozo de pergamino plegado. Mi guía. Mi futuro. Mi misión. Lo extiendo frente a mis ojos y el Mapa que conduce hasta el lugar donde descansa la Diosa, a la espera, queda iluminado por el cielo anaranjado y morado.
Las líneas negras trazan los caminos, serpenteando y entrecruzándose. Las montañas son pequeñas curvas y las ciudades, círculos que contienen muchos puntitos. La letra, que indica las diferentes ubicaciones de la isla, es prácticamente ilegible, pero por suerte, yo conozco más o menos dónde se encuentran casi todas las ciudades del país. Me maravillo por el dibujo, pero solo una línea es la que me interesa realmente. Es gruesa y roja. Parece un reguero de sangre marcando una ruta específica. Sale desde el centro de Mudna, la capital del país, hogar de la monarquía, y cruza todo el terreno hacia el sur, hasta llegar a la costa. No se detiene en Trampte, sino que continua más allá de la Quiebra, hasta una especie de diminuta isla. Me escama el hecho de tener que navegar por el mar. Nunca lo he visto y la zona de la Quiebra se llama así por la cantidad de personas que fallecen a causa de las fuertes marejadas.
Es lógico. La Diosa no va a poner fácil el camino hasta ella.
Seguro que será un arduo viaje y a mi reloj interno le queda menos tiempo del que necesito para llevar a cabo toda la expedición. Quiero creer que se equivocó en el diagnóstico y, con ese pensamiento, concluyo que debo ponerme en marcha cuanto antes. Lo primero que tengo que hacer es alejarme lo máximo posible de Cumbre, encontrar cobijo y luego un medio de transporte. En cuanto me encuentre protegido, contactaré con mi Clan para comunicarles que estoy sano y salvo junto al Mapa de la Diosa. Si soy sigiloso y no me entretengo, el Mapa puede conducirme en pocos días al lugar en el que se halla la Diosa, donde por fin cumpliré mi misión: rogarle por nuestra redención.
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