Arantxa Comes - El don de la diosa

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El don de la diosa: краткое содержание, описание и аннотация

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Un mundo amenazado por una Diosa. Una sociedad sometida y dividida por ideologías. Una reina cruel dispuesta a todo por hacer prevalecer su poder. Y dos hermanos separados por un sistema injusto.Tristán busca a la Diosa para conseguir la redención de la humanidad. Amaranta pretende acabar con la tiranía del sistema político en el que viven los ciudadanos del país de Erain.Dos aventuras llenas de peligros, en las que el amor, el descubrimiento de la verdad y el encuentro con uno mismo serán cruciales para tratar de salvar a una humanidad condenada por su egoísmo. No son los primeros en intentarlo, pero son la última esperanza.

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Intentando mantener la poca calma que me queda, abro el segundo mensaje. Es de Iggy:

Ven a El Tugurio .

Me da que Gorio va a mandar a Tristán a casa .

Hoy hay más patrullas por la Frontera:

Ten cuidado , que no te reconozcan .

Antes de salir corriendo de casa, lleno hasta los topes mi mochila de objetos imprescindibles. El plan debe continuar, aunque Cumbre sea destruida esta misma noche. Que no crea en los dioses no significa que sea tonta. Las consecuencias por el cambio climático son inminentes, así que, si hoy va a acontecer algún desastre, al menos que me pille dispuesta a sobrevivir a él.

Salgo del portal, echándome la capucha de la chaqueta sobre la cabeza. Si ando rápido, llegaré al bar en unos diez minutos. Mantengo la cabeza gacha hasta llegar a la Frontera, porque toda mi familia es famosa en el Barrio Arco Interno por su alto estatus, y si me reconocen solo provocaré un chismorreo, el cual no quiero que llegue a oídos de mis padres ni de Quildo.

Espero que Iggy esté en lo cierto y al entrar en El Tugurio no me encuentre cara a cara con Tristán. Nuestro reencuentro no ha sido precisamente amargo, pero tampoco el parangón de la felicidad. No me siento muy dispuesta a interrumpirlo en medio del trabajo por una conversación pendiente —y muy necesaria—o, por qué no añadirlo, a provocar la ira de Gorio y Jacinta.

Me cuesta unos cinco minutos más de lo normal llegar hasta el local. Tengo la indudable sensación de que alguien me persigue. Me obligo a salir de la calle principal e internarme por las callejuelas de la Frontera. Si quien me espía conduce un aerovehículo le he dado esquinazo seguro. Si en cambio va a pie, es muy bueno escondiéndose, porque no lo he advertido en ningún momento.

Llego a El Tugurio con el aliento contenido. Un remolino de sentimientos me está agotando. No soy una persona muy tranquila, pero hace mucho tiempo que las sensaciones que me abruman o me conducen al límite no me pertenecen. No sé si quiero volver a ser yo.

Me bajo la capucha y entro empujando la puerta con las dos manos. Debo hacer una entrada triunfal, pues todo el local se gira para descubrir quién entra. No dura mucho la expectación —en El Tugurio solo se mantiene el interés más de cinco segundos en una pelea, y solo hasta que Jacinta baja de su puesto—, pero muchos observan mi brazalete rojo y me dedican una mueca de pura repulsión.

Sé lo mucho que me arriesgo entrando en el local, pero si quiero ver a mis amigos es prácticamente la única opción. Ellos no pueden venir al Arco Interno, no son neutrales con vínculo, y yo no puedo ir al Arco Externo a no ser que quiera salir de allí casi muerta por ser una ígnea. La Frontera es la solución, pero, pese a ello, esta fina línea que separa dos mundos en Cumbre continúa siendo insegura y peligrosa.

Localizo enseguida a Iggy y a Agatha, que levantan una mano a la vez para saludarme e indicarme su posición. Sonrío, muy aliviada y, mientras me acerco a ellos, alzo un dedo hacia Gorio, que me responde con un guiño… o cerrando los ojos, porque uno siempre lo tiene cegado a causa de una cicatriz.

Me siento en una silla junto a mis amigos, rendida, como si hubiese corrido una maratón, e Iggy apoya los codos sobre la mesa y deja descansar la barbilla sobre sus manos. Enarca una ceja.

—¿Qué? —le incito, porque ese gesto tan travieso no entraña nada bueno.

—Debes haber revolucionado hoy el panorama, Ami.

—¿Cómo? —Me giro hacia Agatha, a sabiendas de que ella atajará y me contará a qué se refiere Iggy.

—Quildo ha venido por aquí —dice tan seria como siempre.

—¡Agatha! No le estropees la sorpresa. —Iggy está siendo demasiado irónico.

—Iggy, no estoy para bromas. Hoy no he tenido un buen día. —Me masajeo las sienes y sé que el silencio de ambos se debe a que esperan una respuesta más específica—. Creo que Quildo está sospechando de mí. Se me ha ido la lengua con alguna que otra cosa…

—No sería con un beso, ¿no? —continúa Iggy con el cachondeo, aunque se me escapa una risita.

—No, desde luego que no ha sido con un beso.

Agatha pone los ojos en blanco y le acaricio el largo pelo con una sonrisa divertida. Iggy le saca la lengua, tratando de recuperarla, pero la chica, todavía molesta por tanta tontería, le lanza una cucharilla que Iggy esquiva por los pelos. Suerte que no ha alcanzado el cuchillo, porque si no, la mejilla de Iggy ahora estaría adornada por una fina, aunque sangrante herida.

—Ya vale de juegos… —La cavernosa voz de Gorio nos paraliza a los tres—. O saco a Jacinta.

Nos volvemos con amplias sonrisas, como si nunca hubiésemos roto un plato, y Gorio, ronroneando como un enorme felino satisfecho, deja caer mi jarra de cerveza sobre la inestable mesa de madera. La cojo por el asa y me la llevo a los labios para darle un largo trago que me sabe a gloria.

—Para que os hagáis una idea, Quildo ha nombrado hoy a Nil, así que… —Suspiro.

—Sí que has debido estar rara. Nil es un tema prohibidísimo. —Se cruza de brazos Iggy.

—Pero, ¿ha descubierto algo sobre él? —pregunta Agatha, temerosa.

—No, no, sigue sabiendo lo justo. Que es un amigo que no era ígneo y poco más...

Agatha crispa el rostro y pone una mano sobre mi hombro:

—Pues ha venido por aquí y parecía estar buscándote. No te asustes, pero puede que estés en lo cierto y sospeche.

—¿Pero no es una casualidad muy grande que justo me busque aquí?

—¿Te ha seguido algún día? Puede que te esté espiando…

Las preguntas me incomodan y me siento culpable al no haberle dado más importancia al presentimiento que me ha atenazado durante el trayecto hacia El Tugurio. ¿Y si se trataba de Quildo persiguiéndome? ¿Y si se lo cuenta a mis padres? Todos mis planes quedarán reducidos a cenizas por un desliz y fallar no es una opción. No puedo fallarle a Tristán. Ni a mí.

Me quedo absorta en las burbujas que flotan en la espuma de la cerveza. De pronto me siento perdida y llena de dudas, como una niña pequeña que desconoce el rumbo en un bosque angosto y no halla la salida. ¿Y si no encuentro mi salida? ¿Y si a la salida me espera algo peor? Hace dos años que los ígneos dejaron de ser tan confiados y benevolentes. Aunque lo cierto es que nunca lo han sido.

Y mi corazón de nuevo se encoge y me deja sin respiración. ¿Estará volviendo su debilidad? ¿Moriré antes de que…?

—Ami… —me susurra Agatha, sacándome de mis cavilaciones.

Su mirada es una señal de alarma puesta en mis espaldas. Me vuelvo hacia Iggy, pero este me detiene dándome un débil golpe con el pie por debajo de la mesa. No debo girarme y creo intuir el porqué.

Mi amigo hace una sutil señal más allá de mí. Una señal que reconozco demasiado bien: advertencia. Iggy le está indicando a Gorio que el recién llegado no debe reparar en nosotros. Pueden ser mis padres, algún guardia o algún ígneo cercano, o el mismísimo Quildo. A qué mala hora enumero a mis enemigos.

—Acaba de entrar Quildo —anuncia Iggy entre dientes.

—En cuanto diga tres, ponte la capucha —me dice Agatha—. Una… dos… —El tres tarda una eternidad en llegar—, tres.

Con un movimiento rápido me echo la capucha y agacho la cabeza hasta que el cuello me da un tirón en una punzada muy dolorosa. Contengo el aliento, por si Quildo es capaz de reconocer el ritmo de mi respiración incluso estando a varios metros de mí. Iggy me pone una mano sobre el brazo, tapando el brazalete rojo, mientras finge tener una conversación con Agatha.

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