No siento dolor, pero sí la sangre caliente resbalar por mi nuca. Y unos brazos intentando levantarme del suelo. ¿Es…?
—¡Piloto!
Y Piloto, en otro cuerpo robótico mucho más pequeño, me ayuda a arrastrar a Amaranta. El prototipo que construí meses atrás para poder traspasar el sistema central del Piloto original a este sin perder todos sus datos e inteligencia artificial no es precisamente grande. Me basé en la estructura de un ovni y las dimensiones de un CD para diseñar su cuerpo. Pese a su tamaño, es rápido, efectivo y no tartamudea como la unidad principal. Más que suficiente.
Sus bracitos mecánicos se aferran a la chaqueta de Amaranta y tiran de ella para trasladarla. El pequeño Piloto está programado para ofrecer resistencia y usar la energía al máximo en casos extremos. Mientras intento acomodar a Amaranta en un callejón, pienso en Martha. La he dejado atrás con la unidad original de Piloto. Y aunque la separación ha sido dolorosa, hemos fragmentado la inteligencia artificial y la memoria del robot para que ambos tengamos un pedacito de él, y sea lo que nos mantenga unidos. Es por eso que veo en mi pequeño amigo robótico a mi casera.
—Está bien, Piloto.
—Tristán, debemos irnos —me dice, adaptando su nuevo objetivo rosáceo para poder ver mejor.
—No puedo abandonarla.
—Tu misión es llegar hasta el Clan y embarcarte en la misión que se te encomendó. No te queda más remedio. Esperabas que te dijeran algo o te dieran una señal. Esta es la señal.
Tiene razón, el tiempo se agota. Me oprimo el pecho intentando mitigar la desazón, pero no lo consigo. Hoy, sin duda, mi Clan me enviará a la misión. Ya no me queda tiempo. Ya no le queda tiempo a la Tierra.
—Vamos a hacer una cosa. Quédate junto a ella mientras yo voy al Clan y vuelvo. Si notas que mis pulsaciones se aceleran y consideras que por ello estoy en peligro, acude a mí. Activo el GPS.
Aprieto un botón de la pequeña placa táctil que se sujeta a mi brazo mediante un brazalete negro. Es un pequeño panel de control y carga para la nueva unidad de Piloto. Estoy muy orgulloso de ella por todas las funcionalidades que posee y lo útil que puede llegar a ser en momentos así.
A Piloto se le enciende una luz verde en la base que indica que estamos conectados por el GPS. Se mantiene suspendido en el aire, porque sí, Piloto ya no es un robot móvil sobre ruedas, sino un robot móvil volador, que se desliza en el espacio con suavidad.
—¿Me has entendido, Piloto?
—Te doy diez minutos.
—No me va a dar tiempo.
—No eres el único que entiende de robótica, Tristán. Martha me ha programado para no dejarte solo ni cinco minutos. Y yo acato órdenes.
Me muerdo el labio inferior. Soy capaz de abrir en canal aquí en medio a Piloto y configurarlo para que proteja a Amaranta hasta mi regreso, pero sería como faltar el respeto a Martha, así que no me queda más remedio que acceder.
Llegar hasta el Clan me va a costar diez minutos. Solo tengo que pedirle a la Diosa que me dé diez más para que un certero proyectil no caiga sobre mi hermana. Ella no ha estado a mi lado durante cinco años, no creo que dejarla atrás veinte minutos conlleve su pérdida.
Asiento a Piloto y, sin más, echo a correr calle arriba, sintiendo que me apremia el tiempo . Avanzar es mucho más complicado de lo que pienso. La gente sale de sus casas, histérica. Niños en brazos, maletas, gente arrastrando cuerpos inmóviles bañados en hollín y sangre. Intento no observar mi entorno para no vomitar o echarme a llorar. Yo ya sabía que el fin de la humanidad iba a llegar, pero contemplar sus consecuencias es devastador. Mi Clan y yo lo habíamos estado esperando, aunque no con simpatía —al menos, no todos—, pese a ser obra de la Diosa. Para mí supuso un antes y un después en mi condición como renegado. No comparto su decisión de destruirnos, por mucha razón que tenga en enfadarse, ya que hemos sobreexplotado sus milagros, fuentes naturales intocables.
Miro el reloj del panel. Faltan dos minutos para que Piloto compruebe mis pulsaciones y deje o no a Amaranta inconsciente en medio de este caos. Ojalá que, si llega a abandonarla, ella despierte a tiempo para huir. Pienso en detenerme y calmarme para que Piloto no note ninguna alteración, porque ese ha sido el trato exactamente: si transcurrido el tiempo pactado detecta alguna anomalía, vendrá a por mí, si no, se quedará con Amaranta. Pero un presentimiento me susurra que Piloto acudirá a mí de todas maneras.
Me concentro en esquivar, tomar atajos y dar esquinazo a las patrullas de guardias que obligan a los ciudadanos de Cumbre, por las buenas o por las malas, a huir. Algunos se refugian en casa y otros, neutrales sin vínculo, renegados y expirantes, suplican que les rescaten y les dejen entrar en los búnkeres destinados para ígneos y neutrales con vínculo.
Como respuesta reciben negativas en el caso más pacífico, porque también presencio tundas y alguna muerte. ¿Cómo se puede tener tanta sangre fría y ser tan perverso en una situación que necesita de la máxima ayuda posible? ¿De la humildad y la colaboración? Los pregoneros extienden la palabra del Dios de la Corona Ardiente, describiendo a su divinidad como un ser bondadoso y protector que no les dejará morir en manos de la Diosa.
Mentirosos.
—¡Es hora de rezar más que nunca a nuestro Señor, hermanos ígneos! Él derrotará a la Diosa y sus seguidores. En nuestra fe, el Dios de la Corona Ardiente encontrará cobijo y fuerzas para acabar con aquellos que no creen en la única verdad. ¡La nuestra!
El panel de control pita en mi brazo, destacando el ritmo de mis alteradas pulsaciones. Piloto está en camino. A partir de este momento, Amaranta se queda sola. Se me ocurre intentar contactar con Shioban o Caleb para comunicarles que me marcho y que ya nos reuniremos fuera de Cumbre, pero se me ha olvidado el móvil en casa. Por suerte, solo quedan unas calles y cruzar la Plaza de Ganz para llegar hasta la guarida de mi Clan. Alegrarme porque no me haya sucedido nada durante el trayecto debe ser el detonante de mi propio conflicto.
Una bola de fuego impacta de lleno contra una casa cerca de mi posición y el suelo tiembla tanto que me doy de bruces contra él. Una lluvia de pequeñas rocas y lenguas de fuego cae sobre mí y trato de ocultarme bajo mi chaqueta ignífuga. La tela puede protegerme del fuego, pero no de los pedruscos. Genio. Uno roza el brazo que tengo levantado y rasga tanto la manga como mi piel. Siento un profundo escozor, pero consigo incorporarme y dar media vuelta. Tengo que escoger otro camino.
No sé si todas las caídas y golpes sufridos han insensibilizado mi cuerpo o qué, pero he olvidado el granizo. Ha dejado de caer con fiereza en cuanto he encontrado a Amaranta, pero soy consciente de nuevo y noto los pequeños trozos de hielo contra mi piel como pellizcos traicioneros.
Esquivo a duras penas a una familia de renegados que, sin duda, huye fuera de Cumbre. Pero son cinco y van muy cargados. Siento un pinchazo en el pecho: lo más probable es que no salgan vivos de la ciudad. Trastabillo por culpa del despiste, sin darme cuenta de que, sobre mí, se precipita inminente un bloque de metal que antes ha pertenecido a la base de una terraza.
Paralizado, me cubro con los brazos. Ni siquiera pienso en lo inútil del gesto otra vez. Si no me aparto, el cascote me aplastará y, conmigo, la esperanza del resto del país de Erain y de la Tierra. Sin embargo, no me muevo. Las piernas no me responden.
Espero el impacto, pero el bloque de metal nunca llega hasta mí. En cambio, se oye una estruendosa explosión y el escombro se desintegra en mil esquirlas de metal punzantes. Inevitablemente, varias de ellas se clavan en mi carne. Dos en el brazo y tres en la pierna. No es peor que estar muerto, pero doler, duele. Y mucho.
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