Pliego el Mapa y lo guardo de nuevo en el bolsillo. Desciendo de la roca, cuidándome de no forzar la pierna y el brazo heridos. Me animo pensando en el lado positivo: ya no estoy en Cumbre. Fuera de aquí el país sigue dividido, sí, pero es más grande y mi Clan me ha contado que las normas fuera no son tan duras como las que se imponen en Cumbre.
Al comienzo fui muy escéptico sobre este dato. Por lo que decía la gente, la reina Matilde azotaba con mano de hierro por igual, pero Shioban y Caleb habían insistido tanto en que el resto de personas del país eran más abiertas de mente, que he terminado por guardar la esperanza.
Estoy ansioso por salir al mundo y ver cómo es. Conocer gente nueva y aprender de ella. Pero, sobre todo, cumplir aquello que se me ha encomendado: encontrar a la Diosa y salvar a Erain y el resto del mundo.
Las ramas de unos arbustos se remueven cerca de mí y me detengo en medio de la semioscuridad. Piloto tampoco emite ningún sonido. El cielo ensangrentado comienza a desvanecerse para dar paso a un manto de estrellas blancas, silenciosas y puras. Apenas queda rastro de la destrucción de Cumbre. ¿Quedará olvidada?
Me obligo a ponerme en guardia y le susurro a Piloto que use la visión térmica para detectar si lo que se mueve a nuestro alrededor conforma una verdadera amenaza. Piloto se pasea sin alejarse mucho de mí, intentando calibrar las coordenadas y lo lejos que se encuentra el sujeto de nosotros. El silencio es estremecedor y quiero que Piloto dé alguna señal cuanto antes, sea positiva o negativa.
Y como si hubiese escuchado mis órdenes, Piloto emite un pitido intermitente que enseguida interpreto. Hay una fuente de calor cerca de nosotros. Abro la boca para ordenar a mi amigo robot que regrese junto a mí, pero Piloto se adelanta a mi orden y dispara contra el arbusto, cuyas hojas y ramas comienzan a arder inmediatamente
Capto un grito entre la maleza y una sombra cruza las llamas con los brazos en alto. El ligero murmullo de la carga láser de Piloto suena, pero esta vez sí me da tiempo a denegar el ataque. No sé de quién se trata y no voy a convertirme en el asesino de nadie.
—¡Piloto, la linterna! —le ordeno.
El robot me hace caso, oculta el pequeño cañón en su interior y su objetivo se convierte en un potente foco que ilumina completamente la figura que se había ocultado tras los árboles.
—¿Amaranta?
Sus ojos miel casi dorados. Su largo pelo enmarañado y la enorme chaqueta llena de parches que se compró bastantes años atrás y que mis padres odiaban que vistiese. Ese tatuaje tan feo que mancha su pálida mano. Indudablemente, es ella.
—¿Tristán?
No sé quién reacciona primero, pero ambos nos fundimos en un tierno abrazo que casi consigue arrancarme las lágrimas. Nos mantenemos así un buen rato, sin movernos, sin decirnos nada. Amaranta huele a una mezcla de flores y humo y, pese a este último, su perfume me devuelve la paz del pasado.
Ella me estrecha más y noto que tiembla un poco. Quiero separarla de mi lado para decirle que todo está bien y que por fin estamos juntos. Ojalá atendiese a mi repentina propuesta de acompañarme, al menos, hasta Mudna. Sin embargo, no consigo preguntárselo, porque un contundente golpe en la cabeza me noquea.
Amaranta me posa sobre la tierra con cuidado. Sus palabras suenan lejanas. Sostiene una piedra ensangrentada en su mano. Parpadeo para mantenerme despierto, pero el dolor y el mareo me vencen. La he rescatado de la condenación de Cumbre, he confiado en ella y ahora me lo paga así.
Traicionándome.
De nuevo.
Suelto la piedra en cuanto aparece Iggy, sudoroso y manchado de sangre y ceniza. Sus ojos grises se abren como platos, como si hubiese visto un fantasma. O algo peor. Me mira la mano, la ejecutante. En la punta de los dedos tengo un rastro de la sangre de Tristán. Cierro los ojos con fuerza.
—Amaranta…
—Detén a ese cacharro loco —le ordeno, escuchando cómo el robot de mi hermano sobrevuela mi cabeza con movimientos arrítmicos, alterado, intentando encontrar en su sistema una opción que le permita matarme sin una orden directa de su dueño.
Iggy me hace caso de inmediato y atrapa al robot. Yo aún no he abierto los ojos, pero gracias al silencio repentino sé que mi amigo ha conseguido suspender al robot. En la oscuridad se está muy bien. En lo más profundo de mi corazón una voz me susurra que desista. Al fin y al cabo, Cumbre ha caído. Ya no queda ni un cimiento de ella y con ello, ningún lazo que me ate.
Mis padres y Quildo irrumpen otra vez en mi mente, como una huella acusatoria, llena de reproche. ¿Los he dejado morir? Abandonados. Sin embargo, ¿qué han hecho ellos por mí? Dejarme libre no, por supuesto. Dejar que fuese quien quisiese ser tampoco. En cambio, me han obligado a ser una ígnea, a darle la espalda a mis amigos, a atarme a Quildo, a tatuarme, a permanecer callada ante la ida de Tristán, a rezarle al Dios de la Corona Ardiente… El corazón me devuelve un pinchazo cruel como respuesta y caigo de rodillas al suelo.
—¡Ami! —La voz de Agatha me llega a los oídos y abro los ojos—. Ami… —Se arrodilla junto a mí, pero yo lo veo todo borroso—. ¿Está volviendo a pasar? Dime, ¿saco la medicina?
—No… Tranquila. Ya sabes que nunca desaparecerá —me toco el pecho—, pero estoy bien, Agatha. —Me apoyo en su hombro y ella me ayuda a incorporarme—. ¿Dónde están Keira y Lars?
—No tardarán en llegar. Los he visto juntos ayudando a unos expirantes. Me han dicho que me adelantase para no preocuparte —informa, seria.
—En verdad me preocupa que hayas venido tú sola teniendo en cuenta el panorama…
—No soy una niña indefensa, Amaranta —me interrumpe, haciendo relucir su lado más oscuro. El que parece morder, agresivo.
—Ya lo sé. —Sonrío para quitarle peso al asunto. Intento relajar la irritación de mi amiga.
Me despego de ella y me encamino hacia Tristán. Iggy está de pie junto a él. Sostiene al robot, en estado de suspensión, entre sus finas manos. Mira a Tristán como si fuese un amigo, alguien del que le duele separarse. Pero Tristán e Iggy nunca se han conocido pese a tener la misma edad. La sociedad no les ha permitido eso.
Porque Tristán pertenece a una clase e Iggy a otra.
Y, sin embargo, mi amigo lo observa como si pudiese verse reflejado en él, en su juventud perdida. Me pongo a su lado y le rozo la espalda con una caricia débil. Iggy me da un suave beso en la frente. Pese a ser varios años más pequeño que yo, me saca un palmo de altura, y eso que yo de por sí soy alta.
—Lo vas a hacer, ¿verdad?
—Tengo que protegerle, Iggy. —Frunzo los labios—. Cumbre ha caído. Aquí ya no nos ata nada.
—Sabes que posiblemente no te lo perdonen, ¿no? Que no te perdonen que les hayas ocultado tus verdaderas intenciones. —Iggy se aproxima más a mí, trasmitiéndome el temor por su presentimiento.
—Conozco bien nuestro objetivo. He estado perpetrándolo y luchando por él durante muchos años junto a vosotros. He visto caer a mis seres queridos, he tenido que fingir ser alguien que no era… pero ahora Cumbre ya no existe. Parte de nuestro plan se ha desmoronado y no creo que falle de repente por desviarme unos días del camino.
Una sombra cruza el rostro de Iggy, pero no sé interpretar qué sentimiento le hiere por dentro. Tengo que ser fuerte por todos. Mostrarme como un muro de hielo que nadie puede derrumbar. Hacer creer que ya nada consigue herirme de gravedad, que soy invulnerable y que, por supuesto, solo deseo protegerlos a todos.
Читать дальше