Arantxa Comes - El don de la diosa

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El don de la diosa: краткое содержание, описание и аннотация

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Un mundo amenazado por una Diosa. Una sociedad sometida y dividida por ideologías. Una reina cruel dispuesta a todo por hacer prevalecer su poder. Y dos hermanos separados por un sistema injusto.Tristán busca a la Diosa para conseguir la redención de la humanidad. Amaranta pretende acabar con la tiranía del sistema político en el que viven los ciudadanos del país de Erain.Dos aventuras llenas de peligros, en las que el amor, el descubrimiento de la verdad y el encuentro con uno mismo serán cruciales para tratar de salvar a una humanidad condenada por su egoísmo. No son los primeros en intentarlo, pero son la última esperanza.

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Keira se masajea la frente, perdiendo la paciencia. Lars y Agatha deciden no intervenir e Iggy continúa a lo suyo. Es verdad que no conozco con seguridad nada del Gran Alquimista, pero si estoy en lo cierto y las indagaciones de Iggy no fallan, este alquimista es el único que puede destruir el Mapa de la Diosa.

Me quedo en silencio, intentando comer la ensalada de pasta que tiene más guisantes que macarrones. Nos acabamos la cena a duras penas y decidimos que es hora de descansar. Al día siguiente nos espera un largo camino y huir de la destrucción de Cumbre ha sido agotador.

Me presto para hacer la primera guardia. Nunca solemos quedarnos a la intemperie. En Erain está prohibido que la gente merodee por fuera de las ciudades sin un verdadero propósito notificado y aprobado por el Gobierno . Así que somos carne de multa o incluso de encarcelamiento. Si nos pillan aquí, en medio de la nada, nos acusarán de cualquier intento de conspiración o traición. Tal vez mi brazalete rojo conseguiría rescatarme a mí, pero no a mis amigos, que, como neutrales que son, muestran las telas blancas sin vínculo. Como si existiese, siento al Dios de la Corona Ardiente más lejos de mí, huyendo de mi fachada de ígnea.

Keira, Lars y Agatha se apretujan entre ellos bajo las mantas eléctricas, intentando encontrar el calor que el cielo nocturno de invierno no les va a brindar, ni tampoco la hoguera con sus débiles llamas. Iggy se sienta junto a mí y me envuelve con la suya.

—Tienes miedo de que Tristán te odie, ¿verdad?

—Sé que lo va a hacer. Le he arrebatado su objetivo. Él quiere ayudar a todo el mundo y ve el Mapa de la Diosa como la única llave para conseguirlo.

—Le has dejado el collar de la bellota, ¿no? Eso debe ser señal suficiente para él. —Iggy me acaricia la mano de la cicatriz.

—Iggy, no pudo renunciar a la Diosa. No pudo. Y yo no fui capaz de traerlo junto a mí. Pensaba que alejándolo de la realidad lo estaba protegiendo…

—Lucháis por lo mismo de distinta manera. Tú también has sido muy valiente, porque si no hubieses aguantado con los ígneos, no habríamos conseguido nada. No tendríamos oportunidad para luchar ahora.

—Si Nil y los demás estuviesen aquí…

—Nil hizo todo lo que pudo —dice contra mi pelo.

—Es que…

Sin embargo, esta vez me tapa la boca y niega con la cabeza. No me está haciendo callar para tranquilizarme, sino para que escuche algo. Y, de pronto, también lo percibo. Es como un zumbido… no, un motor. El motor de un vehículo muy grande. Y el pánico me sobrecoge. Espero que no se trate de un camión de expirantes; el transporte que conduce a este grupo olvidado e invisible a un destino peor que la muerte.

Despertamos a Keira, Lars y Agatha que, de inmediato, se ponen en guardia. Efectivamente, en el horizonte se vislumbran dos luces acercándose. Lo peor es que estamos en medio de un llano desértico, sin ningún obstáculo tras el que escondernos. Si corremos, sea cual sea la dirección, nos darán caza igual.

—¿Y si nos internamos en la oscuridad? —propone Keira, apagando las últimas cenizas de la hoguera.

—Ya deben haber visto el fuego —apunta Iggy.

—Nos defenderemos. En un camión de expirantes suelen ir una media de tres soldados y nosotros somos cinco. No es la primera vez que lo hacemos, Amaranta —planifica Lars, viendo mi expresión de preocupación.

—Podríamos liberar a los expirantes, robar el camión y llegaríamos a Bun en cuestión de tres horas. O incluso menos —asegura Iggy.

El plan está tomando forma, si es que a esto puede llamarse tener un plan. Mis amigos se confían con rapidez. Las veces que hemos asaltado un camión de ese tipo teníamos la estrategia establecida y solo si salía mal nos poníamos a improvisar, pero nunca, nunca desde el comienzo.

Tenemos que tomar una decisión ya, porque las luces están aproximándose, cada vez más veloces, como si nos hubiesen leído el pensamiento. Aprieto los puños y comunico:

—Bien. Dividámonos. Iggy, tú conmigo en el otro lado de la carretera, y vosotros en este. Pincharemos las ruedas para obligarles a descender. Lo más seguro es que lleven armas de tiro, así que hay que ser ágiles, ¿entendido?

Asienten y nos ponemos en marcha enseguida. Al minuto conseguimos visualizar el contorno del camión. Parece más pequeño que los habituales de expirantes, pero intento no desconcentrarme con este detalle. Se detendrá en cuanto llegue a la altura de nuestro fuego. Si es que lo han avistado. Ojalá que no.

Veo a Iggy sacar su daga y yo opto por sacar la mía también. La puntería es lo nuestro y estoy casi segura de que acertaremos en nuestro objetivo. Al igual que Agatha. No tengo tan claro que Lars o Keira lo consigan, pero toda ofensiva es poca en este momento.

El camión va disminuyendo la marcha a medida que se acerca y temo que pare unos metros antes de llegar hasta nuestra posición. La sangre me hierve y los nervios parecen querer ahogarme, por lo que, en un impulso, me incorporo y lanzo la daga contra una de las ruedas delanteras.

Doy en el blanco y el conductor logra frenar en seco tras casi perder el control del volante. El viento silba cerca de mi oreja y capto cómo se pincha otra rueda. Iggy se coloca a mi lado, triunfante, y ambos echamos a correr en dirección al vehículo. Los otros tres nos persiguen. Y cantaría victoria, si no fuese porque no se trata de un camión de expirantes. Efectivamente, es demasiado pequeño para albergar una cantidad suficiente como para contentar a la reina Matilde.

Confundida, subo los escalones metálicos que dan a la puerta del conductor y la abro. No hay nadie en el asiento. Mientras mis amigos escudriñan el exterior, igual de desconcertados que yo, entro en la cabina.

Sin embargo, un movimiento tras los dos asientos delanteros me bloquea el paso y, antes de que mis reflejos consigan actuar, la sombra me coge del cuello y me empuja fuera del camión. Caigo de bruces contra el asfalto, pero consigo interponer mis brazos primero.

Reacciono para incorporarme demasiado tarde. De la cabina salta sobre mí la sombra que me ha atacado dentro, sentándose a horcajadas sobre mi cuerpo, apretando sus piernas contra mis costillas, paralizándome, y aferrando con sus largos dedos mi cuello. Solo tengo ojos para esta presencia tan imponente, aunque de alguna manera descubro a mis amigos rodeándonos.

—Si mueves un solo pelo, te vuelo la cabeza —le amenaza Agatha, apuntándole con una pistola.

El desconocido no dice nada, solo percibo cómo suelta una pequeña risa de suficiencia y, con un ágil e inesperado movimiento, usa su mano libre para alcanzar la pistola que cuelga de su cadera y apuntar a Agatha sin más miramientos. Sabemos que puede acertar, porque un puntito rojo marca, inmóvil, la frente de mi amiga.

¿Cómo puede haberse movido tan rápido? ¿Cómo es capaz de apuntar sin tan siquiera mirar? Mi vista se acostumbra a la oscuridad y observo más allá de la sombra. Unos cuantos mechones rubio ceniza le caen por el rostro, pero no logran ocultar sus expresivos ojos verdes, que ahora me vigilan, en guardia.

—No queremos… —Aprieta más los dedos en torno a mi cuello—. Si ellos bajan las armas, ¿la apartarás tú?

Frunce el ceño, estudiándome, como si quisiese encontrar la mentira en mis palabras, pero yo estoy diciendo la verdad. En realidad, en parte, porque aprovecho su despiste para usar toda mi fuerza y volcarlo sobre la carretera. Aunque sus piernas siguen apresándome por la cintura, consigo propinarle un codazo en las costillas que lo debilita.

Encuentro mi ventaja, pero cuando lo cojo de la muñeca para apartar totalmente la trayectoria de la pistola, el tacto de su piel me paraliza, porque conozco bien esta textura. Es áspera y oscura bajo la poca luz que nos ofrecen las estrellas. Descubro unas cuantas más repartidas por toda su piel. Son demasiadas.

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