—¿Eres un expirante?
—No, solo estoy infectado. Muy lista para ser tan poco precavida —me escupe con rabia—. Aunque casi todos estamos infectados, así que no sé si achacar tu acierto a la suerte de la probabilidad.
—Si te dejo libre, ¿nos dejarás marchar?
Escruta con sus ojos al resto y luego vuelve a mí. Se relame los labios y tengo ganas de borrarle ese gesto de suficiencia de un puñetazo. Parece notar mi molestia, porque sonríe, travieso.
—Parece que os dirigís hacia Bun y prefiero descubrir vuestras intenciones yo mismo, así que de camino podéis explicarme qué hacen una ígnea y cuatro neutrales en dirección a la ciudad minera. Si es que queréis entrar en Bun, claro. Desde luego, a ti… —Arrima su rostro al mío—, a ti no te voy a dejar entrar.
—Como clame socorro te vas a enterar —le amenazo.
Arruga la nariz con desagrado.
—Que lleve un brazalete rojo no significa que sea una ígnea —añado, no entiendo por qué.
Soy tan tonta como para eliminar el tatuaje, pero no para recordar que debía haberme quitado el brazalete rojo. Para matarte, Amaranta.
Me incorporo, segura de que mis amigos pueden actuar de inmediato si al desconocido se le ocurre hacer cualquier movimiento sospechoso. Pero, por suerte, se levanta e introduce la pistola de nuevo en su funda.
—A ti te quiero de copiloto. —Me señala—. Por cierto, mi nombre es Levi y soy el alquimista jefe de Bun.
Me arde todo el cuerpo. El continuo traqueteo contra mi espalda no alivia el malestar. Hace frío y calor a la vez. Es una mezcla en la que las frescas ráfagas te hacen añorar la calidez, pero en cuanto se detienen para dar paso al seco ambiente, deseas volver al estado más gélido de todos.
Pero, ¿por qué no escucho a la gente de Cumbre gritar? ¿Ya he avanzado tanto como para alejarme de ese horror? Estoy en el bosque a las afueras de Cumbre. ¿Ya no? ¿Y ese silbido? ¿Desde cuándo me acompaña alguien? ¿Alguno de mi Clan ha conseguido salvarse y venir conmigo? ¿Y este dolor en el pecho? ¿Me estoy muriendo? No. Duele. Y mucho.
Una gota cae sobre mi rostro. Congelada. Casi como una pequeña estalactita, como un impacto que grita una verdad. Y es ese pequeño disparo de agua el que desencadena una serie de imágenes que bombardean mis recuerdos hasta despertarme. Despertarme desde lo más profundo de mis pesadillas para recordar a Amaranta golpeándome.
—¡No! —Me incorporo como si un resorte me hubiese empujado desde la espalda; un pinchazo terrible en el pecho me devuelve contra la superficie.
El cielo se mueve. Y yo me muevo con él. ¿La Tierra se está muriendo tan vertiginosamente? El pitido intermitente de encendido de Piloto me hace volverme hacia mi hombro. Piloto parpadea y emite un extraño sonido entusiasta. Se desenchufa del pequeño panel y sobrevuela mi cabeza con movimientos arrítmicos, como si estuviese asustado o enfadado.
Otro sonido, pero este más estridente, me revela que Piloto intenta buscar en sus archivos de vídeo su último “recuerdo” para que lo vea porque, al fin y al cabo, también va a ser el mío. Pero sus esfuerzos me dan a entender que alguien ha manipulado su disco duro.
—Piloto, relájate. —Me incorporo de nuevo, dándome cuenta de que estoy en la zona de carga de una camioneta.
Hace tiempo que no veo un vehículo con ruedas. En el Arco Interno todo vuela, las ruedas parece que se han extinguido. Y en el Arco Externo está prohibido el transporte, sea público o privado. Solos los vehículos destinados a tareas menores o que ya son considerados pura chatarra, siguen conservando los neumáticos.
—Pilot… ¡ah!
Me llevo la mano al pecho. Los pinchazos se han convertido en uno; en uno permanente e insoportable. No puede ser. No se me puede terminar mi tiempo justo ahora. No he hecho nada para provocarlo. Un alarido que nace desde lo más profundo de mis entrañas corta mi pensamiento y, con él, el camión frena en seco.
Intento incorporarme, pero solo consigo ponerme de rodillas. Siento el dolor tan cerca, tan físico, como si alguien estuviese atravesando algo afilado de parte a parte de mi pecho. Insoportable. Capto unos pasos y la puerta de la camioneta cerrarse en un estruendoso portazo. El silbido. Permanente. ¿Es Amaranta? Ami siempre silba cuando está feliz o nerviosa.
Abro un ojo, a tiempo de que los rayos de sol me golpeen de pleno y la figura, que se coloca frente a mí, quede recortada por el intenso astro que no deja opción al titubeo. Estoy prácticamente cegado. Desprotegido.
—¡Piloto! ¡B5! —le grito.
En cuestión de segundos mi amigo robot desenfunda su pequeña arma y apunta a esa persona que continúa inmóvil frente a mí.
—¡Eh, eh, chico! ¡No, por favor!
La voz de una persona. Rasgada y cavernosa. No es Amaranta. Es decir, que no sé dónde estoy ni con quién. Me incorporo haciendo uso de la poca energía que me queda y, de pronto, el pinchazo se desvanece junto a la sensación de mareo. El sol ya no brilla con tanta violencia y un hombre comienza a materializarse como si fuese la aparición de un fantasma. Primero su pelo rizado, muy desordenado. Luego sus harapientas ropas, cuya camisa de color ocre deja al descubierto su pecho consumido; escuálido y hundido. Pellejo puro. Luego se definen los detalles: los surcos y arrugas de su cara, su piel morena y seca, y su pequeña joroba. No se parece a nadie que haya conocido antes. Parece venido de otro planeta. Pero, ¿qué puedo decir yo, que nunca he salido de Cumbre?
—Piloto, ¡baja el arma! —le ordeno.
—Eso es, Piloto. —El desconocido alza más las manos—. Baja la pistolita, ¡ja-ja! —Se ríe, pausando la risa, como si recitase las notas de una escala musical.
—¿Quién es usted? —pregunto, apremiando. Estoy totalmente indefenso. No tengo más armas que Piloto porque, sinceramente, las pocas técnicas de lucha que me ha ido enseñado Gorio no resultan infalibles. Gorio. ¿Qué habrá sido de él? Sacudo la cabeza ante la curiosa mirada del desconocido. Si quiero sobrevivir, tengo que aparentar valentía—. Repito, ¿quién es?
—Un simple ermitaño viajero.
Me está tomando el pelo. A mí favor juega que estoy en una posición más elevada. Si me lanzo contra él desde aquí o me escabullo por alguno de los lados, no creo que su demacrado cuerpo logre alcanzarme. Estoy herido, pero no tanto como para no esforzarme por proteger mi propia vida.
—¿Dónde me has encontrado? ¿Por qué me recogiste? En serio, ¿quién eres? —Él sonríe; una mueca entre satisfecha y divertida por algún chiste interno que no comparte conmigo—. Piloto. —Se acaba la tontería.
Piloto saca la pequeña arma de nuevo y dispara sin miramientos. El tiro, un rayo láser de color verde, atraviesa el espacio, muy cerca del oído del desconocido, cortando algunos mechones de su encrespado pelo, para terminar impactando contra la polvorienta tierra. La sonrisa del hombre se disipa.
Avanza un paso, pero no retrocedo. A la próxima será certero, buscaré en el incompleto GPS de Piloto en qué lugar exacto me encuentro y, con esta camioneta, me dirigiré a Mudna donde me pondré en contacto con mi Clan. Mi camino retomará su cauce, sin perder más tiempo.
—Última oportunidad. —Casi me rechinan los dientes al pronunciar la advertencia.
—Eres duro de pelar. —Se lleva una mano a la boca ocultando su nerviosismo—. Digno de un renegado de Cumbre. —No me he quitado el brazalete, más bien, no me ha dado tiempo.
—¿Me recogiste en el bosque?
—Sí. Estabas hecho polvo. Ese colgante que llevas puesto estaba sobre tu pecho y sujetabas un bote rojo que guardé en tu bolsillo derecho para que no se cayese. —Me señala de arriba abajo varias veces para hacer más notorias sus palabras.
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