Arantxa Comes - El don de la diosa

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El don de la diosa: краткое содержание, описание и аннотация

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Un mundo amenazado por una Diosa. Una sociedad sometida y dividida por ideologías. Una reina cruel dispuesta a todo por hacer prevalecer su poder. Y dos hermanos separados por un sistema injusto.Tristán busca a la Diosa para conseguir la redención de la humanidad. Amaranta pretende acabar con la tiranía del sistema político en el que viven los ciudadanos del país de Erain.Dos aventuras llenas de peligros, en las que el amor, el descubrimiento de la verdad y el encuentro con uno mismo serán cruciales para tratar de salvar a una humanidad condenada por su egoísmo. No son los primeros en intentarlo, pero son la última esperanza.

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—Sasha —gruñe mi imponente enemiga.

—Capitana Zyan, ¡cuánto tiempo sin cruzarnos! —La chica del pelo blanquecino hace una reverencia chistosa—. Kon. —Mira al hombre de ojos rasgados—. Gaspar. —Le saca la lengua al calvo con la cabeza tatuada.

Y entonces, se vuelve hacia mí. Sus ojos, tan claros como el cielo, brillan al verme. Me quedo embobado tanto por la seguridad que transmite su gesto como por su natural belleza. Pero Sasha, esta extraña que de una manera u otra me ha salvado, no me permite recrearme más en su persona y, de un empujón, me mete dentro de la camioneta.

Por culpa del brusco empellón, el collar de la bellota cae al suelo. Grito y alargo la mano, por muy inútil que resulte dada la distancia que nos separa. Detecto de reojo cómo Sasha se deshace de la capitana Zyan y de Kon, ahora desarmados, a base de patadas y gráciles cuchilladas que rasgan el aire. Se mueve como si se encontrase bajo del agua. Todos sus movimientos son armónicos, acompasados, limpios y perfectos.

Desciendo de la camioneta, dispuesto a recuperar el collar, pero antes de llegar hasta él, una bota lo pisa. Levanto la mirada, asustado, y me encuentro con dos enormes y profundos ojos como la noche, muy diferentes a los de esa tal Sasha. Retrocedo, cayendo de bruces contra tierra, arrepentido de haber salido. El soldado calvo tiene una mirada sádica y se acerca a mí con pasos decididos, mientras enarbola su rifle, listo para matarme.

—¡Eh, tú! —me grita Sasha, que de repente lanza una espada en mi dirección.

¿Desde cuándo la lleva encima? Y si es así, ¿cómo es posible que ataque y se defienda de tal manera cargándola? El filo brilla bajo la luz del atardecer. Y lo descubro. Un reflejo muy peculiar, poco propio de los metales convencionales. Una sombra fluctúa por ella, como si fuese sangre, como si le otorgase vida. No lo habría cogido por su temible rareza, pero después del grito de la capitana Zyan, mi cuerpo reacciona de inmediato, rechazándola:

—¡Un Don!

Esquivo la arremetida del soldado a la vez que también evado el contacto con la espada. No voy a cogerla, prefiero morir. ¿Prefiero morir? Moriría de todas maneras si la usase, porque los dones son incluso más venenosos para los seres humanos que los milagros. Sasha me observa con desesperación. Da varias volteretas, apoyándose con una sola mano en el suelo para esquivar los ataques de Zyan. Aprovechando otro de sus giros, le propina una fuerte patada en la boca.

—¡Corre! —me apremia Sasha.

Entro corriendo en el vehículo. Sasha recoge la espada, mientras los otros dos corren a auxiliar a su capitana, que ahora está escupiendo sangre a mares. De pronto, la chica está intentando cargar a Judah junto a mí. Arrastro al hombre hasta mi lado, y Sasha arranca el motor.

Salimos disparados, tan rápido como puede permitirse esta antigualla. Indago por el retrovisor, pero nuestros enemigos no nos persiguen. Me asomo por la ventana para comprobar si recogen mi collar: lo hacen. El tipo calvo lo está mirando como si se tratase de una prueba, un rastro suficiente como para seguirme allá donde vaya . Luego se lo tiende a la capitana Zyan.

Piloto, que ha estado durante el resto de la batalla reposando bajo la guantera debido a la energía que ha consumido su poderoso ataque, vuela a duras penas hasta mí. Lo cojo con cuidado y lo enchufo al panel, pero ya no le queda energía. Le cambio la batería por otra. Aún me queda una tercera, pero es necesario encontrar una fuente eléctrica para recargar todo.

—Gracias. —Soy capaz de pronunciar.

—¿Por qué no cogiste el arma? —Se limita a espetarme, muy enfadada.

¿No me va a preguntar qué hago aquí? ¿Quién soy yo? ¿Por qué Judah está inconsciente y no le resulta sospechosa mi presencia? Pero estoy demasiado agotado como para formular yo las cuestiones. Ni siquiera pienso en quién es ella, aunque parezca una conocida de Judah, así que contesto:

—No soy una persona violenta.

—Menuda excusa. —Frena tan fuerte que el cuerpo inerte de Judah y yo casi salimos despedidos atravesando el cristal delantero.

Me mira fijamente con sus enormes ojos. Resaltan como dos faros por la oscuridad de su piel. Su semblante es puro arrojo, pero consigo no amilanarme ante su intensidad:

—Soy un renegado. —Me señalo el pañuelo amarillo—. No uso ningún milagro y menos un Don de la Diosa para satisfacer mis necesidades.

No me puedo creer que en los tiempos en los que estamos, fuera de Cumbre, aún tenga que dar explicaciones sobre lo que implica ser o no un renegado. Pienso en los tres milagros de la Diosa que hacen funcionar el mundo, la naturaleza, la vida: el agua, el metal y el cristal. Puestos en el mundo por Ella para reforzar la escasez de los existentes y ayudar al equilibrio que nosotros, los seres humanos, hemos desestabilizado.

Los milagros entrañan un poder oculto, algo que jamás debería haberse descubierto. Si los humanos los explotan y los usan, estos reaccionan como una enfermedad, creando una grave infección. Una mancha gris; una costra dura y permanente se forma y se desarrolla por todo el cuerpo, consumiéndolo desde el exterior hasta el interior, bloqueando al final todas las funciones vitales. La diferencia con las otras fuentes de agua, metal y cristal corriente de la Tierra reside en la extraña energía que los posee, haciéndolos más maleables, atractivos, resistentes e incluso estimulantes, según su uso. Incluso a sabiendas de su perjuicio, los humanos somos demasiado codiciosos.

Sin embargo, hay un descubrimiento peor que el de los milagros, y es que si estos se modifican de una manera concreta, se pueden potenciar sus características, convirtiéndose en una herramienta perfecta. A su conversión se le llama Don. El humano se hace más fuerte con su uso, todas sus debilidades desaparecen y sus habilidades se refuerzan. Sin embargo, la infección actúa de manera más rápida que con un milagro; un castigo superior. La Diosa te otorga poder y tú lo pagas con tu vida.

Los dones son escasos y complicados de fabricar. Se dice que solo los alquimistas son capaces de modificar los milagros y que mueren casi al instante después de convertirlos en un Don. Al parecer, los pocos alquimistas que quedan vivos trabajan para la reina Matilde. Ya me resulta extraño que alguien se atreva a utilizar un milagro a sabiendas de que va a enfermar con su uso, pero escapa totalmente a mi comprensión que alguien dé su vida por un Don.

La curiosidad me susurra que le pregunte a Sasha cómo es posible que ella posea algo tan insólito. Pero mi prudencia me detiene. Si le doy cuerda, ella insistirá y yo no voy a caer en la breva. Yo creo en las enseñanzas benevolentes de la Diosa. Soy defensor de sus milagros, del equilibrio de la naturaleza, de nuestra propia vida. Los renegados deben cuidarse de no usar los milagros, pero los hay que no lo consiguen. A estas alturas, casi toda la sociedad está infectada por ellos, afectada por la enfermedad de la Diosa.

—Ahí fuera parecéis una secta —declara.

—¿Qué…? —comienza a hervirme la sangre—. Eso ha sido insultante. Somos la última oportunidad que le queda a la humanidad para salvarse del fin del mundo. Solo nosotros. Solo los seguidores de la Diosa que no estamos infectados por sus milagros.

Ella me observa y frunce la nariz con desagrado. No le gusto, pero ella a mí tampoco. Me cruzo de brazos y desvío la mirada hacia las afueras. Me encuentro con un desierto. Inhóspito y yermo. ¿Desde cuándo el camino de hierba y montaña se ha convertido en esta masa de arena? Si entro en Cala Verde no sabré cómo salir de aquí, ni cómo convencer a esta chica de que me enseñe el camino de vuelta.

Sin más discusión, Sasha retoma el trayecto. Parece que sabe por dónde va. Y aunque yo intento memorizar la ruta, no hay ningún elemento o patrón en la naturaleza inhabitada y seca. Estoy seguro de que voy a morir sepultado por alguna duna. O de inanición. O incluso por no poder ir al baño.

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