—Estamos llegando.
No digo nada. Tengo la boca tan reseca como mi cerebro. Solo quiero que nos detengamos y me diga cómo volver. Me dan igual mis heridas. Por otra parte, si continúo usando a Piloto de esta manera tan agresiva, pronto se apagará, a no ser que los “habitantes libres” me ofrezcan una solución. ¿Qué me queda? Me han robado hasta el colgante de la bellota.
Sasha detiene el vehículo y desciende sin una palabra. Al comienzo no me llama la atención, pero entonces, la veo arrodillada sobre la arena. Hunde las manos en ella y excava por diferentes lugares, pero siempre dentro de un mismo perímetro.
Cuando creo que la chica se ha vuelto loca y voy a bajar para preguntarle qué narices pretende, Sasha hunde los brazos hasta los codos en la arena y un temblor en la tierra me paraliza. Se oye un chirrido, y luego las sacudidas se hacen más patentes. Frente a nosotros comienza a abrirse una puerta subterránea, que arremolina la arena y casi sepulta a Sasha.
La chica sube de nuevo al asiento y yo la miro estupefacto. Ella me sonríe, triunfante. Aunque no me siento seguro, me contagia su satisfacción. Así de inocente soy. En cuanto la puerta ha ascendido lo suficiente como para que quepa la camioneta, Sasha arranca y nos adentramos en la oscuridad.
Enciende las luces para poder guiarse en esta especie de túnel. En ningún momento vira y se nota, poco a poco, cómo el terreno va cambiando a nuestros pies. Al principio, la suavidad de la arena, luego pequeñas piedras rebotan contra el parachoques. Al final, el bamboleo del vehículo me desvela que conducimos sobre un terreno desigual y abrupto, tal vez dominado por las rocas.
Un punto de luz. Un punto de luz al final del túnel que atravesamos con el aliento contenido. Yo continúo mudo, porque de pronto frente a mí se descubre una selva. Una gran extensión de vegetación y rocas enormes, más grandes y altas que los edificios que había en Cumbre. Puedo respirar el aire fresco y puro. Libre.
—Bienvenido a Cala Verde, Tristán —anuncia Sasha—. Será mejor que no bajes.
No entiendo por qué me advierte de ello hasta que nos rodea una especie de tribu, alzando sus lanzas y arcos contra nosotros.
La muerte me susurra al oído.
Apoyo la frente contra la ventanilla. Escucho la fuerte respiración de Lars, incluso por encima del molesto rugido del motor del camión. Lars, Keira y Agatha se han quedado dormidos casi de inmediato. No puedo culparles, porque huir de Cumbre sanos y salvos no ha sido tarea fácil. Iggy también parece dormido, pero sé que está fingiendo. Siempre atento. Como él bien ha dicho: nunca me va a dejar sola.
¿Cómo estará Tristán? ¿Habrá entendido el mensaje del collar de la bellota? ¿Habrá cambiado de opinión justo después de descubrir las pastillas? ¿Habrá vuelto a Cumbre junto a Martha y Gorio? Sinceramente, espero que sí, porque después del golpe que le he propinado, cualquiera podría recoger su cuerpo pensando que está muerto. Sacudo la cabeza, intentando que este tipo de pensamientos vuelen lejos de mí. Tristán está vivo y seguro. Lo siento a través de nuestra inquebrantable conexión.
Miro de reojo a Levi. No me puedo creer la suerte que hemos tenido. Sé que él ha dicho que es el «alquimista jefe», y que yo busco al «Gran Alquimista» exiliado en Bun, pero en este caso las palabras, palabras son, y todas apuntan en una misma dirección: Levi. Lo cierto es que me resulta bastante joven, teniendo en cuenta que mis padres hablaban de él como si fuese más mayor. Sin embargo, ese detalle también me da igual. Solo tiene que destruir el Mapa y entonces, lo dejaremos en paz. La verdadera duda es: ¿aceptará él?
—Este viaje está siendo de lo más entretenido —bufa Levi.
Hace un momento me estaba amenazando, y ahora quiere darme conversación. ¿Qué narices?
—¿Qué quieres que te cuente? —se me escapa, cansada, pero arrepentida de seguirle el juego.
—¿Puedo tener el gusto de conocer su nombre, señorita…?
Irónico. Genial. Veo una esperanza en nuestra relación. Pongo los ojos en blanco.
—Amaranta. Me llamo Amaranta.
—Pues estás muy bien escoltada, Amaranta. Antes creí que esa niña me iba a volar la cabeza sin miramientos.
—Agatha es muy protectora con la gente que quiere. —Extiendo un brazo hacia atrás y le rozo la rodilla a mi amiga.
Recojo el brazo lentamente para volver a mi posición y me encuentro con la mirada de Levi, que me recorre entera. Me acomodo, intentando disimular, pero él no para de lanzarme miradas furtivas. Curiosas.
—Deberías tener toda la atención puesta en la carretera, ¿no crees?
Suelta una risita divertida. Con una mano se desordena el pelo. Chasqueo la lengua. Levi está intentando probarme. Probarme con el silencio para comprobar si yo soy capaz de perder la paciencia y soltar toda la verdad; la verdad de por qué estamos aquí. Y es que él tiene razón: ¿qué hacen cuatro neutrales y una ígnea vagando en medio de la nada cuando es ilegal hacerlo? Le observo detenidamente, buscando en su vestuario un brazalete, pero no encuentro ninguno. ¿En Bun no llevan? Conozco la situación de la ciudad, pero no sabía que no tenían por qué llevar esta identificación obligatoria para el resto de Erain.
—Mientras venía he escuchado la noticia de lo que ha sucedido en Cumbre. Debe haber sido muy duro para vosotros.
—¿Cómo sabes que venimos de Cumbre?
—No te negaré que he dudado en un principio, pero si os vieseis desde fuera, lo entenderías enseguida. Ya no solo por el aspecto… —Estoy de acuerdo. Mis ropas están llenas de pequeños agujeritos provocados por las cenizas que han llovido sobre nosotros, el pelo enmarañado y sangre reseca por todas partes. Mis amigos presentan las mismas pintas—. Se os nota derrotados…
Punto para Levi.
—Lo que no entiendo es por qué venís hacia Bun. Si queréis huir de Cumbre y buscar trabajo aquí, no os lo van a dar. —Despego los labios para responderle, pero él prosigue—. El sistema es el que elige a los trabajadores de Bun. Y todos deben ser expirantes. Si vosotros también lo sois, id a Mudna y que os concedan el permiso, si no…
—Voy a serte sincera —le corto. Estoy hartándome de tanta suposición y de su fría forma de hablar de los demás—. He venido a por ti, Levi. Buscaba al Gran Alquimista y lo he encontrado. ¡Gracias, Destino! —Miro al cielo como si el destino de verdad existiese y me estuviese haciendo una señal de aprobación desde arriba. Gracias, sarcasmo.
Antes de responderme, Levi detiene el vehículo a un lado de la carretera. Me pongo en guardia, nerviosa por su repentina decisión de detenerse. Tras comprobar que nadie nos sigue, se quita el cinturón de seguridad y se coloca de lado en el asiento para mirarme cara a cara. Directamente. La cosa no pinta nada bien.
A simple vista parece tener unos pocos años más que yo, pero las manchas grisáceas que le recorren una parte del cuello, casi hasta la mandíbula, le hacen parecer más mayor. ¿O más cansado? Siento compasión por él, porque eso es lo que la gente siente de normal hacia los habitantes de Bun: compasión y pena.
Sé que ha leído en mi rostro lo que pienso, porque por sus enormes ojos verdes cruza un sentimiento de repugnancia. Lo entiendo, él no necesita ni quiere mi compasión. Mi sucia compasión de ígnea. Se muerde el labio inferior, luego se pasa algunos dedos ahí donde sus dientes han dejado marca, para terminar descendiendo a su cuello. Está tapándose.
—Yo no soy el Gran Alquimista. Ni siquiera sé cómo sabes de su existencia, a lo sumo tendrás veintidós años —da en el clavo—, y el Gran Alquimista es una historia que se perdió hará más de catorce.
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