Angélica Hernández - El cazador
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Mente Maestra, conoceremos a Dylan y su búsqueda incansable por encontrar aquello que le arrebataron.
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Pasaron por muchas casas del área residencial. Se dieron cuenta de que habían salido de esa zona, cuando pasaron por una revisión minuciosa en una estación de algunos militares.
Todos tenían unas caras largas y cansadas, miradas sin brillo y no le ofrecían ninguna sonrisa a nadie, ni siquiera a los niños.
Dylan trató de tragar saliva, solo para darse cuenta de que tenía la boca seca.
—Mami… quiero agua —dijo cuándo bajaron del Jeep.
—Nada de alimentos en la próxima hora —ordenó su padre.
El niño no discutió. Todos entraron a un edificio raro. Era muy grande y de color verde opaco. No había árboles, ni nada alrededor, solo vehículos, armas y personas que no parecían tener sentimientos. Dentro del lugar, estaban unas puertas de cristal en las que volvieron a revisarlos con una máquina de color verde.
—Están limpios —anunció un hombre, y los dejaron pasar.
A cada segundo, Dylan se ponía más y más nervioso. Hasta que sintió cómo una pequeña mano tomaba la suya y le daba un apretón. Él correspondió a ese gesto. Ambos estaban nerviosos.
Las personas se detuvieron en la entrada de una gran puerta. Su padre llamó dos veces, hasta que una voz de mujer les autorizó la entrada.
Ellos hablaron con la mujer, ella tenía una voz ruda y poco amable. Los niños solo alcanzaban a ver las espaldas de los adultos, ya que, siendo pequeños no podían aspirar a ver mucho más.
—Tengo miedo —susurró él.
—Tú siempre tienes miedo —murmuró la niña.
—Dylan, Cheslay —anunció el padre de la pequeña—. Quiero que conozcan a la Mayor Khoury.
Dylan levantó la vista. Frente a ellos estaba una mujer muy alta; su cabello era rubio platinado, sus ojos fríos y calculadores. Su boca estaba apretada en una fina línea, aunque todas sus facciones lo estaban. El uniforme que llevaba era pulcro, y tenía varias medallas sobre uno de sus hombros.
—Así que estos son los prototipos —aseguró con voz gruesa.
Dylan odió que lo llamaran así, pero apenas era el inicio de ese sentimiento. No sabía cuánto podía llegar a odiar, hasta que lo hizo y no hubo marcha atrás. Aún no comprendía cuánto podía llegar a sentir, tanto física como emocionalmente.

Supo, sin necesidad de más, que lo primero que llegaría a odiar, seria a su padre. Ese hombre cogió en sus brazos a Cheslay y la separó de él mientras que ella gritaba su nombre. Quería que Dylan la protegiera, pero el pequeño estaba siendo trasladado a otro sitio, junto con la mujer tenebrosa del uniforme perfecto.
Primero ataron sus brazos y piernas a la camilla para que dejara de luchar. Atemorizado. preguntaba qué sucedía y por qué le hacían aquello, pero nadie respondía, solo lo miraban con ojos fríos y lo dejaban seguir llorando.
Dylan comprendió algunas cosas en ese momento; la primera, y más importante, era que no todas las personas son buenas. Debía dejar de esperar que alguien lo rescatara, ya que la única persona en la que podía confiar estaba atada a una cama, igual que él.
Podía escuchar los gritos de desesperación y dolor de Cheslay, pero no podía levantarse a ayudarla, y eso lo hacía sentirse impotente.
Los científicos y militares se paseaban por todo el laboratorio y nadie lo miraba, solo esa mujer, quien torció la boca en una pequeña sonrisa. Dylan quiso saltar sobre ella y golpearla hasta cansarse, cualquier cosa con tal de borrar ese gesto de su rostro.
Y sin previo aviso, el dolor comenzó.
Sintió los espasmos recorrer cada centímetro de su cuerpo, doblegándolo, haciéndolo temblar y gritar de dolor. Escuchaba el pitido en sus oídos, ese que le indicaba que algo estaba mal con su cuerpo, los dientes le dolían de tan fuerte que apretaba la mandíbula.
—El ritmo cardiaco está bajando —dijo alguien.
Dylan no podía ponerle nombre a todas las voces que se escuchaban en ese lugar.
—Déjenlo así. Si es fuerte sobrevivirá —ordenó la Mayor.
Aún con toda esa agonía invadiéndolo, no podía hacer nada más que gritar y escuchar los lloriqueos de la pequeña niña. Cheslay estaba viva, ella lo necesitaría cuando todo esto acabara.
Dylan apretó las manos en pequeños puños y trató de tomar una respiración profunda. A partir de ese momento lo supo, tenía que ser fuerte por los dos. Cheslay nunca lo dejaría solo y él no la abandonaría, y mucho menos con esas personas que los utilizaban.
No supo en qué momento fue que lo giraron en la camilla. No se resistió, su cuerpo colgaba flácido y sin fuerzas.
¿Ya había acabado? ¿Por qué los torturaban así?
Sus ojos se abrieron y ahogó un grito repentino. Algo se abría paso por su nuca. Podía sentir cómo las abrazaderas lo sostenían más fuerte contra la camilla dura y fría. Esas cosas no lo dejaban moverse ni defenderse, estaba desesperado. El pedazo de metal frío se abría paso por alguna parte de su cabeza. Ya no sabía dónde estaba el dolor, quizá en todas partes o en ninguna. Y lo vio. A través del reflejo en el azulejo del suelo. Quien hacía todas esas cosas a su cuerpo, quien le causaba tanto dolor, era su padre.
Un corte más y Dylan dejó que la oscuridad lo reclamara.
***
Abrió los ojos. Se encontraba rodeado de oscuridad, eso no era nuevo. Aún estaba en la celda de los túneles ¿Hasta cuándo pensaban mantenerlo así?
El característico sonido de las bisagras, le avisaron que la puerta de entrada se había abierto. Parecía ser un sonido al que podría acostumbrarse. Ya no había comida a su lado. Alguien debió recoger la bandeja mientras él estaba perdido en alguna parte de su pasado.
Dylan levantó la vista y ahogó una respiración. Era ella. Sus grandes ojos azules brillaban en la oscuridad.
Quiso levantarse, para poder observarla mejor, hablar con ella, abrazarla… Pero algo interrumpió su movimiento. Estaba encadenado a la pared ¿Cuándo lo habían hecho? ¿Acaso se había quedado dormido…? Deseó poner los ojos en blanco y darse un golpe en la cabeza contra la pared. Lo habían sedado, pusieron sedantes en el agua y ni siquiera se dio cuenta. Podía romper las cadenas fácilmente, pero no quería asustarla.
El joven no sabía qué decir. Tragó saliva ¿Qué podía decirle? Habían pasado tres años desde que los separaron.
—Rápido —le apuró una voz desde fuera de la celda—. Sander no tardará en darse cuenta.
Dylan se dio cuenta de tres cosas.
Una: Quien la apresuraba era Olivia, la chica morena de la cicatriz.
Dos: Estaban hablando sin el permiso del líder.
Tres: Había una niña junto a Cheslay. No podía tener más de quince años.
—Pedí hablar con ella a solas —gruñó sin darse cuenta.
—Pues será una verdadera suerte si puedes hacerla hablar —replicó la niña. Tenía un tono bastante petulante, para tratarse de una simple acompañante.
—¿Puedes hablar conmigo? —le preguntó a Cheslay. Ella negó con la cabeza. —¿A qué estás jugando? Creo que ya es hora de que termines con esto. Ya estás a salvo, no es necesario que sigas fingiendo con estas personas… —dejó que sus palabras se perdieran.
La chica frunció el ceño y retrocedió dos pasos.
—Déjame explicarte las cosas —dijo la niña—. Yo soy Samanta, y no, no puedes llamarme Sam. Ella es Azul, no Cheslay, es Azul ¿Lo deletreo para ti? A-Z-U-L. Igual que el cielo. Ella no sabe cómo hablar, así que yo, la más adorable dentro de esta habitación, te dirá lo que ella quiera responderte ¿De acuerdo?
Dylan no sabía si reír o sentirse frustrado ante las palabras de la niña. No, no era una niña, al menos mentalmente no lo era. Parecía que hablaba con una mujer. ¿Qué debía hacer? ¿Recordarle a Cheslay su pasado? ¿Pedirle explicaciones?
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