Julio García - Socarrats

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María es una jovencita revoltosa, enamorada, que apenas está descubriendo los secretos de la pubertad cuando se ve 
sorprendida por los horrores de la guerra. Junto a su abuelo Llorquet, amigos y vecinos tratará de impedir por todos los medios que el temido conde de las Torres entre en el poble y lo asalte.Novela de ficción
inspirada en los hechos reales que acontecieron en el asalto de la noble villa de Vila-real el 12 de enero de 1706, durante la
Guerra de Sucesión Española, donde el autor imprime ese carácter y estilo propio, dinámico, con escenas fuertes, crudas, y con esos momentos dulces y bellos que caracterizan sus relatos."Esta historia nos traslada ante los avatares de una batalla heroica que marcó para siempre esta ciudad y su destino: el enfrentamiento de un pueblo contra un ejército".

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Ante aquellas palabras, María asintió levemente, no muy convencida. Sabía que había una guerra, algunos decían que había una guerra, pero, quina guerra? Había visto gente de armas en sus salidas al campo con el abuelo y siempre los habían esquivado sin que les vieran. El abuelo era demasiado listo como para dejarse sorprender, y bien la había enseñado a pasar desapercibida y precavida en el bosque, invisible cual garduña en la oscura noche.

—Pero… Podré salir con las amigas a los portxes. ¿No? —apuntó decidida.

El señor Juan se ladeó, dudando.

—Tendrá que salir a tomar el sol. ¡Es Navidad! —dijo el abuelo.

—Papá —volvió a la carga ella con cierto desespero y tremenda cara de pena.

—No. Y si tienes que salir para cualquier recado, te quiero en casa prontito. Además, no quiero que vuelvas a salir al campo con el iaio, ni sola ni con nadie; es muy peligroso. Ya no puedo hacer más la vista gorda, espero que lo entiendas.

—¿En serio no le vas a permitir que me acompañe a la ermita? —preguntó el abuelo con cierto desasosiego.

—¿A la ermita? A rezar, ¿verdad? Escucha bien: no la quiero ver fuera de la muralla, y menos, hasta que regrese la cordura a estas tierras —dijo el señor Juan de forma muy seria.

—Pero si María hace un par de semanas que no sale apenas al campo, ni siquiera cuida tanto de sus gusanos de seda. Ahora va a los portxes, me han dicho que le gusta un chico —aseguró Juanito de pronto, con picardía.

Fue terrible, unas palabras demoledoras para María, que no podía más que mirar sorprendida, roja como un tomate, con los ojos en grande; y negó la mayor con la cabeza rápidamente. Gracias a su hermano, seguramente no iba a poder pisar ni el escalón de la puerta de casa en mucho tiempo.

—¿Eh, qué? —preguntó su padre perplejo.

—No, ¿qué dices? —replicó ella.

—Sí, Manu se llama, ¿no? —insistió Juanito.

—No, no, eso no es verdad —aseguró la joven sofocada, deseando toda clase de males para su hermano de tal forma que ninguno la creyó.

—Pues tu padre te ha buscado un marido madrileño —soltó tía Anna.

—¿Quéeee?

Capítulo 4

—¿Dónde vas? —preguntó tía Anna en el pasillo de casa, saliendo de la habitación de Juanito con un balde de ropa sucia sujeto entre las manos.

—Voy fuera un momento, tía; he quedado con Maribel y Rosita.

—¿A la calle? ¿No oíste bien anoche? Además, Juanito está con tu padre en la huerta, no te puede acompañar.

—Estamos ahí al lado. No seas así, papá no se enterará. Vendré enseguida —se empleó de valiente María, puchero incluido.

—¿Y eso te funciona con el abuelo?

La joven puso cara seria.

—Por favor, tía.

—Vale, pero antes de irte friega los platos.

—Tengo prisa, luego los friego. Gracias, ¡te quiero tía!

—¿No irás a ver a ese chico? Sabes que no me gusta, es un alpargatas como su padre. Y feo…

—No digas eso, tía. Manu es un buen chico y es tan guapo...

—El que ya no salgas con tu abuelo al campo no quiere decir que ahora pretendas estar todo el día dando vueltas por el poble para ver a ese mozo. No sé qué es peor. En casa hay mucha faena.

—Si solo es un rato, y estoy con Maribel y Rosita.

—Maribel y Rosita tienen novio, ¿qué haces con ellas? Seguro que nada bueno… y en compañía. Además, ¿qué tiene ese escacharrao que tanto te gusta?

María no contestó, solo sonrió como una tonta, resplandeciente toda ella.

—Ya sabes lo que piensa tu padre —apuntó tía Anna.

Y la joven borró la sonrisa de su boca en un segundo.

—Yo no quiero ir a Madrid —dijo de inmediato.

—Anda, vete a pasear un rato, pero no te vayas lejos. Ya fregaré yo los platos. Si se entera tu padre que festeas con un chico, con ese tullido… —dijo tía Anna, buscando su confianza, queriendo saber.

—¡No! ¡Yo no festeo con él! ¡Y no le llames así, tía!

—Ten cuidado con los chicos, solo quieren una cosa.

—¿Qué cosa?

—¿Te besó?

—¡No! —exclamó ruborizada.

—¿No?

—Claro que no, solo somos amigos.

—Ya…

Sin más, María tomó una taleguilla y salió a la puerta de casa. Aquel día era precioso, el sol radiaba y una suave brisa le hizo sentir el frescor de la mañana. Se dirigió a la plaza, donde se concentraban pequeñas tiendas y talleres familiares, el almudí del grano, los silos comunitarios, los hornos y algunos comerciantes entre los arcos medievales que la circundaban, lugar que todos conocían como los portxes. Compró unos bollos calientes recién horneados y se aceleró alegre por la calle Mayor, saludando a este y aquel vecino entre mordiscos sabrosos, a todo el que se cruzaba en su camino hacia el portal de Castellón, aunque bien pocos devolvían el saludo a la Llorqueta, en especial las mujeres, ya que muchas la prejuzgaban por pelirroja, pues seguro que era otra viva descarada como a su tía Anna.

Comenzó a cruzar el poble dirigiéndose hacia la salida norte de la muralla que lo rodeaba con la idea de ir a la orilla del río Millars, al puente medieval. Curiosa como era María, no tenía prisa en su carrera. A menudo paraba a escudriñar en alguno de los pequeños locales de artesanía y manufactura textil que abundaban en la calle: paraires, teixidors, torcedors i velluters de la seda, pero en especial, para fijarse en el trabajo del espardenyer, si bien la verdad era otra.

¡Qué fastidio, Manu no estaba! Igual ya había salido, pronto le vería.

Al salir de la muralla, dejando atrás la iglesia conventual de San Pascual, se encontró con Rosita y Maribel. Más allá esperaban dos jóvenes: Ferran y su querido Manu, que realmente nada tenía, pues ni era fornido ni adinerado, pero a ella le gustaba el hijo del alpargatero. ¿Qué le iba a hacer? El amor es ciego. ¿Escacharrao?, se preguntó en silencio. Qué cosas tenía tía Anna, nunca había oído algo así. Aunque le resultó gracioso en principio, aquello no tenía ninguna gracia. Lo cierto es que Manu cojeaba un poco, pues de niño cayó desde lo alto de un muro cuando jugaba con los amigos y se rompió una pierna; desde entonces, nunca volvió a andar bien. Ahora muchos le llamaban Potacoixa. A María eso le daba igual, pues era el chico más alegre, atento y simpático que conocía; nunca se quejaba de nada y siempre tenía una bonita palabra y una sonrisa en la boca para ella. Ferran resultaba un zagal bien agraciado, fuerte, y también tenía siempre una sonrisa para regalarle. Aunque no era exactamente bonita, sino más bien discreta y lujuriosa; Picaflors le llamaban, que mucho decía aquel mote de él y de sus intenciones.

—I Pau Pasqual? —preguntó María nada más llegar hasta ellos.

Manu no contestó, tan solo la observó, recorriéndola con una mirada llena de deseo pero humilde como ninguna. A María le encantaba que se fijara tanto en ella, con esos ojos castaños que tenía el muchacho que parecían querer abrazar su alma, devorar su corazón. Y quedaron ambos en silencio, mirándose entre sonrisas tontas, embobados.

—¡Eh, despierta, Potacoixa! ¡Que te duermes! ¡Vamos al río! —Le soltó una colleja Ferran despertando a la pareja de sus románticos sueños.

Y le guiñó un ojo a María, pícaro él.

Ella le ignoró. No le gustaba lo pretencioso y creído que era ni cómo trataba a Manu. Es más, lo detestaba, pues parecía la clase de hombre contra el que la advertía siempre tía Anna.

—Sí, vamos al puente. Hay una gran crecida de tanto que ha nevado. Mi padre dice que el Penyagolosa está blanco y las sendas d’Espadà también, incluso en Onda hay nieve —dijo Rosita.

Las tres muchachas corrieron entre risas por el camino que llevaba hasta el puente medieval de Santa Quitèria. Ferran quedó atento y un tanto desconcertado, siempre esperaba más atención por parte de María, sin éxito, y miró a Manu con cierta inquina. ¿Cómo podía fijarse la Llorqueta en tal tullido en vez de prestarle atención a él?

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