Juan Godoy - Narrativa completa. Juan Godoy

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Narrativa completa. Juan Godoy: краткое содержание, описание и аннотация

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Este libro reúne, por primera vez, las novelas y cuentos de Juan Godoy, escritor chileno de la generación del 38. El autor se interna en los arrabales de la ciudad, para abrirse a la vida y al habla urbano-popular marginal.

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Unos hojalateros, con sus respectivas mujeres, allá en el solar de vientre vaciado por la saca de arena y ripio, comen sus cebollas y beben vino en latas de durazno mohosas.

Alejandro el hojalatero, el de rostro cascarañado, bebe con grandes gestos, arrojando el tarro. Luego se dispone a bailar y cae rendido.

–¡Ay, las milongas no me dejan! ¡Si me dejaran las milongas!

Es un hombre de un blanco sucio de papel mascado, enrojecido de vino; unos pelos rubios, blandos, de bigote y barba.

Las pobres mujeres de estos hojalateros, cansadas de regañar a sus maridos, se han largado a coger el dinero de sus hombres, y se han puesto tan borrachas como ellos. Al frente tufa su vinillo el Depósito de Licores de la Tarifeño.

La Concha Fina, de bozo perlado de rocío repugnante, canturrea en una mata de hoja:

Ben’ haiga la viej’e m…

que me vendió los pasteles.

Lucho, el hojalatero de cara ácida, requiebra a la Pichanga, su mujer:

–¡Ay, ricurita! ¡Ay, mi verde cogollito de cepa!

–¡Verde... Cogollito de cepa! –rezongan los borrachos, soltando la carcajada. Lucho le pellizca los carrillos a su hembra, le palmotea las nalgas. Y las mujeres ríen, con sus risas descocadas, degradantes, haciendo chistes, como les está permitido a las mujeres que tienen sus esposos…

Alejandro agría su seriedad, y con ello manifiesta que no participa de aquellas bajezas. ¡Ahí venía la Carmencha! ¡Bah! Él no había sido jamás de esa condición. Ni tenía que hacer con hostias. Con el alba se lavaba el hueso del hocico. Los otros sabían lo que él era. Cómo los trozos de piedra se hacían blanda arcilla en sus manos de cantero. En el cementerio general, se erguían unos ángeles que él había labrado con sus propias manos, y también una virgen toda de piedra. Había vivido la vida salvaje y hombruna del cantero, ganando los congrios colorados a voluntad. Un día cualquiera agarraba sus monos, y caminaba por los cerros libres, donde la riqueza azuza la fantasía de los hombres. Él mismo había visto un nogal todo de marfil, con sus nueces de oro, en el surco de olas que le parecía ser su país. Pero el llanto, caprichoso, se le metió en el cuerpo, y le iba comiendo el pecho:

–¡Si no soy más que un hojalatero borracho, un guat’e vino! –gritaba a sollozos, mirando sus manos sarnosas. Ya no pertenecía a la clase de aquellos hombres que tienen el horizonte en sus manos. No.

–¡Mis manos están demasiado sarnosas para ello! –gimoteaba, enjugándose los ojos inyectados de sangre, con las hilachas de su manga. ¡Ahí venía la Carmencha!

Wanda pasó tímida y fría, delante de aquellos borrachos. Los hombres la miraban con malicia punzante en los ojos, borbotando sus bocas corridos soeces. Las mujeres, con rencor, con envidia quizás. Alejandro, con el dolor del hombre.

–¡Buena la papa pa pebre! –y jadeaba Lucho como si la gozara.

De bruces en la tierra que arañaban sus dedos, Alejandro mecía su corazón en aquella grupa salobre, donde retozaban los muslos con blando cuneo de mar.

¡Ay, las milongas no le dejan! ¡Si lo dejaran las milongas! Y su voz se ahogaba en una angustia dolorosa.

Sol de pan quemado parecía brillar en un vidrio. De los pastos pajosos, se desprendía un humito negro como si fueran a arder. Un álamo solitario se yergue en el cielo del cura, de un azul desteñido. A través de los claros del follaje, apenas agitado su rubio enjambre de abejas, se abría un cielo ideal, de un purísimo añil. Aromos, acacios y sauces cenefaban la vereda. Oro espeso y blando goteaba por los macizos de ramas verdes, veladas de polvo; lo mismo que charcos dorados, brillaban los ojos de sol de la piel gris-negra de las sombras, echadas como bueyes junto a los rugosos árboles; desperezábanse, de tarde en tarde, cuando una bocanada de brisa fresca batía sus alas cansadas.

En las murallas de adobón, crujieron los tallos huecos de los pastos quebrados con la huida de las lagartijas. Voces del interior de una casa morían confusas en la calle. Se oía ahora la voz de Augusto.

* *

–¡Ya está encendido el coke! –le grita su mujer desde la mediagua, mohosas calaminas sobre cuatro palos.

–¡Mejor! Vacía la leche a la olla y le echas los dos kilos de azúcar –le contesta Augusto, el gallero, con voz ahuecada.

Resonaron dos golpes en las maderas podridas de la puerta, de viejas pinturas encarrujadas. Les abrió la mujer a los muchachos.

Augusto estaba tendido en la cama. Un cigarro amarillo, cabeceado, humeaba en un canto de su boca. Se le sorprendía contrariado. De mal genio consigo mismo.

Un acre olor viscoso y frío –odoroso de sexo derramado– expresaba el rezongo de la cama, de una mesa de hule gastado y roto, de una caja maleta, de algunas sillas desmimbradas.

Las piernas en alto, la mano derecha en un barrote del catre, gira el traste y da con los pies en el suelo bruto del piso. El cuerpo largo y huesudo; los ojos claros, capotudos y como pescados. Acaso la luna que asistió a todos sus amores fugaces y a sus luchas bravías con el mar, dejó en sus cabellos su huella argentada; por eso mostraba cenizas el rojo incendio del pelo, quizás se podría decir.

Sumerge la cabeza afiebrada en un balde de agua limpia y fresca para despabilarse. Gotas de agua ruedan de sus cabellos y le cruzan de finos surcos de cristal la cara; en tanto la Perla, su gata angora, que jugaba con un fleco de la colcha raída, se le sube a los hombros.

–¡Perla, Perlita, que te caes! –le susurra acariciante su voz gruesa y armoniosa. Augusto amaba la felina suavidad de la Perla. Miró a sus visitantes, y se detuvo a examinar a Wanda. Desvió su mirada. La respiración acompasada le ceñía los pechos esquivos a la muchacha. Y Augusto se quemó los dedos en la piel brumosa de la Perla.

Estaba bueno el sargento Ovalle, el padre de los muchachos. Sonrió Augusto de que el sargento Ovalle estuviera bueno como si supiera por qué Wanda, la Carmencha, había perdido su alegría.

–¡Perlita, cuidado! –clama el hombre con dulzura. Y la gata que también lo amaba, ronronea muy cerca de su oído, restriega su piel pluma y sedosa en la mejilla bermeja, y se baja por la espalda de Augusto. Arqueando el lomo, la cola en alto, blandamente andando, acabadas de enfundar las retráctiles garras, va la gata por delante de Augusto hacia la cocina.

El coke está encendido. Los grumos de carbón son ahora una coliflor de fuego en el caldero redondo de tarro de fierro galvanizado. La Luz Dina, sentada en un piso de totora, disuelve el azúcar en la leche azulosa con la cuchara de palo.

–Sienta la olla al fuego –le ordena Augusto, los labios estirados en indicativo ademán.

La mujer tuerce la boca vacía y muestra unos dientes largos de una manera hosca.

–¿Por qué no va a buscar la otra leche? ¡Traiga la otra leche! –le espeta su voz mellada de cuerda rota. Con el filo de su mirada angulosa, hiere a Wanda desde la mediagua. Revuelve a media lengua entrecortadas palabras. Es flaca y un poco sorda, de cabellos negros y piel atezada. Augusto le vuelve las espaldas con rabia. Camina lentamente hacia la pieza. Sus espaldas jibadas por la reflexión. El acre olor viscoso y frío lo lleva pegado a las ropas, le asorocha la cara. Un sabor desagradable le deforma los labios en una mueca de hastío. Abre y cierra la puerta sin estrépito. Con aquella mujer sorda no podía hablar y se había puesto silencioso, huraño y por lo tanto, irónico. Por lo demás, cuando se conocen realmente las cosas, están ausentes las palabras.

–Pueden ustedes. servirse algunos dulces –dice a los muchachos. Y la masa de miel cocida y leche, que hervía en paila de cobre en un brasero, la bate ahora en punta de hierro. Masa latiguda de coloraciones.

–¡Ah, el Sargento! –exclama cohibido el gallero, acortando la longura de sus gestos, olvidándolo todo. Cae la miel de los guatones como una nalga en la cubierta de mármol de la mesa dulcera. Por los nervios de Augusto corre un vigor inusitado. Ágil tiende sus brazos para coger el gallo, que acezaba jadeante en los brazos de Eulogio. ¡El Sargento! Las patas de recias espuelas se las habían atado con un cordel. La cabeza roja, el cuello rojo, rojo debajo de las alas. De carne briosa y firme. De ojos vivaces. Fuerte gallo giro de pelea. Matador en segundos.

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