Haciendo retrospección sobre su pasado, no pudo evitar recordar una anécdota en la que Mario estaba involucrado. Se trataba de uno de sus primeros ligues, Catalina, una chica que le hizo soñar con el amor y con quién llegó a perder la virginidad. Con ella tanteó todos los terrenos carnales, así como fantasías adolescentes. Catalina fue la primera relación seria que tendría, pero no era de ella de quien se enamoraría.
Kovak sonrió.
—¿Te acuerdas de Catalina? —asintió para sí mismo—. Sí, ¿verdad? Menudas tetas que tenía… Creo que nunca te agradecí lo suficiente lo que hiciste por mí aquel día.
Mario y Kovak habían quedado en el bar de siempre para tomar unas cañas. Esas cañas, con el paso de las horas se convirtieron en tercios y después en jarras. Ambos eran jóvenes, con veinte y veintiún años, respectivamente, así como las hormonas revolucionadas. Ese verano fue uno de los más calurosos que se recordaban en Mallorca.
Kovak comenzó a divagar una vez le pegó el primer sorbo a la tercera cerveza.
—Joder, qué buena está —dijo, mientras se le dibujaba un bigote de espuma.
—¿De quién hablas? ¿De la tía que acaba de pasar o de la cerveza? —comentó Mario con guasa.
—Mario, tío, ¿cómo puedes tener siempre el radar activo?
—No sé, no puedo evitarlo. —Le quitó importancia.
—Pues mira, precisamente de ese tema quería hablar contigo.
—¿De cervezas? —preguntó Mario con ironía.
—No te hagas el sueco conmigo, mamón. —Rio Kovak—. Necesito ayuda con una tía.
—Eso está hecho. ¿Está buena?
—Siempre. La conocí hace unos días en clase de interpretación. Es morena, ojos verdes…
—Para, para, que a ver si me la voy a imaginar y luego no voy a poder quitármela de la cabeza.
—En fin —continuó Kovak, que no le dio importancia a la interrupción de su amigo—, me gusta mucho y no sé cómo lanzarme.
—Dile que se apunte este finde a la excursión —propuso Mario.
—¿Tú crees? ¿No es muy atrevido?
—¿El qué? ¿Que se venga a una excursión? Sí, mucho… —contestó Mario irónico—. Vamos, Kovak, que es una excursión. No la estás invitando a un fin de semana en un albergue en la montaña. Además, si coges la iniciativa le demostrarás que tienes interés en conocerla. Las excursiones son una buena forma de conocer a una persona. ¿Quién dice que no a un buen paseo por la Sierra de Tramontana?
—Pues no lo había pensado —asintió Kovak—. Por cierto, ¿a dónde vamos?
—Al castillo de Alaró. No es una excursión muy larga, pero el castillo mola. Y hay unas vistas… Creo que le puede gustar, es una buena manera de impresionarla.
—¿Y si cuando se lo proponga me dice que no? —preguntó dubitativo.
—No te enteras, Kovak, el «no» ya lo tienes por adelantado. Es cuestión de actitud. Nunca aceptes un «no» por respuesta. Insiste.
—Vale, lo intentaré.
—No lo intentes —recomendó su amigo—, hazlo.
—Vale, vale, lo haré. —Kovak advirtió cómo Mario le guiñaba un ojo—. Y en la excursión, ¿de qué le hablo?
—Kovak… —Rio Mario—. ¡Te preocupas demasiado! Simplemente háblale. No sé, siempre puedes contarle la historia de tu apodo.
—Es verdad. —Kovak se quedó pensando unos instantes, luego frunció el entrecejo—. Espera, ¡si tú nunca me has contado la historia de por qué me llamas Kovak!
—Ah, ¿no? —Mario fingió sorprenderse—. No sé, como hace tanto tiempo ya de eso ni me acuerdo…
En realidad, sí que lo recordaba. El problema es que Kovak padecía de memoria selectiva. Había cosas de las que no se acordaba por interés, y había otras que sí precisamente por lo mismo. Mario no quería ponérselo en bandeja. Prefería que fuera él mismo el que hiciera el esfuerzo y sorprendiera a la chica.
Kovak no se llamaba Kovak. Su nombre real era Mark Bou, y tenía una forma particular de firmar, pero ¿por qué Mario había decidido llamarle Kovak? Por pura diversión. Mark era un tipo inteligente, algo limitado en actitud, pero un tipo listo, al fin y al cabo. ¿Cuál era el mayor defecto de Mark? Su letra. Escribía realmente mal, y eso se traducía en unas firmas un tanto irregulares. Los trabajos que se presentaban en clase de tecnología debían estar firmados en todas sus páginas, como si de una escritura de una propiedad se tratara, pero Mark tenía una extraña costumbre de superponer nombre y apellido en su firma. Para más inri , su «M» parecía más bien una «K», mientras que sus «U» se confundían perfectamente por las «V». Esa acción, para un profesor suplente, era un punto flaco. Suelen llamar a sus alumnos por los nombres del trabajo, así que cuando le tocó el turno a Mark Bou, le llevó un buen rato descifrar su nombre. El profesor Espinilla, un mote que le otorgó Mario por hablar de una forma un tanto molesta, descubrió que la firma de Mark era terriblemente ilegible, así que interpretó la firma con el nombre de Kovak. Tampoco ayudada que Mark Bou fuera hijo de madre inglesa. Al mencionarlo en voz alta delante de sus compañeros de clase, sentenció su apodo para toda la vida. Mark se levantó ante la mirada atónita de toda la clase. Rieron a carcajadas, y a partir de ahí, ya no sería Mark, sino Kovak, el de la firma. Así son los adolescentes. A Mario le bastó poco para cogerle el gusto a eso de llamarle Kovak. Es más, a Mark no parecía importarle demasiado. Naciendo así su apodo, se sentiría extraño cuando lo llamaran por su verdadero nombre.
—Ah, eso sí. Si de verdad quieres conquistar a esa chica, córtate el pelo —le recomendó Mario a su amigo, retomando la conversación—. Es raro que ese flequillo rubio todavía no la haya ahuyentado…
—Claro, para ti es fácil decirlo —contestó Kovak—. Como tú eres un tipo atractivo, con carisma, sonrisa encantadora y uno rizos rubios perfectos, pues lo tienes más fácil.
Kovak era un personaje de cuidado. Solía vestir informal, aunque le gustaba portar alguna sudadera con gorro de recambio. Castaño, y de pelo corto, tipo militar, mostraba unos dientes algo imperfectos por culpa de su desalineación, pero, aun así, su sonrisa era bonita. Era delgado, pero cumplía con el promedio de peso recomendado, así que no solía tener carencias que le afectaran en demasía a su personalidad. Tal vez, ser una persona tímida le había puesto freno en algún que otro momento de su vida, pero lo que realmente lo caracterizaba es la capacidad nata que tenía para mencionar comentarios fuera de contexto. Ya podía estar despejado y sin probabilidad de lluvias durante una semana, pero él siempre diría que al final del día llovería. Quizá por llamar la atención, o porque simplemente, lo creía con firmeza. Eso sí, su falso altruismo lo compensaba con su sinceridad. Siempre decía lo que pensaba (para bien o para mal). Mario era su alter ego, o más bien, una figura a la que seguirle la pista. Confiaba en sus consejos, y en ese caso, no había más que decir. Si quería obtener alguna posibilidad con Catalina, debería cortarse el flequillo rubio que se había teñido por moda.
Ambos se miraron y luego rieron.
Ese domingo de excursión, el día les acompañó plácidamente. Hacía un sol de escándalo, pero los chicos iban cargados de provisiones para no deshidratarse. Durante la mañana, la humedad cubría el 85 % del aire que respiraban, pero eso no fue ningún impedimento para disfrutar de aquel día. Aparcaron los coches cerca del punto de partida y cargaron las mochilas a la espalda. Minutos después ya estaban subiendo por la ladera de la Sierra de Tramontana camino al castillo de Alaró. Kovak estaba orgulloso porque había convencido a Catalina, la chica que le gustaba, para que viniera a la excursión. El trayecto constaba de hora y media de ida y una hora de vuelta. Tiempo suficiente para que Kovak hablara largo y tendido sobre los gustos, costumbres y hobbies de Catalina.
Читать дальше