—Pero la carta… —Carmen intentó preguntar, y lo consiguió con cierto temor—. Después de leerla, ¿sigues pensando lo mismo? Es decir, hay varias cosas que menciona que nadie sabía. Bueno, quizá tú sí, aunque una de ellas nunca quise creérmela, no sé muy bien por qué…
Blanca la miró por el rabillo del ojo. Estaba claro que ese era un tema peliagudo, un tema del que le costaría hablar. Carmen y ella nunca se habían llevado especialmente bien, pero todo cambió el día que unieron fuerzas para ayudar a que Mario saliera de su depresión. Aunque, eso sí, Carmen siempre desde la sombra. De vez en cuando compartían historias personales mediante videoconferencia. En ese momento, Blanca sabía que sincerarse era la mejor opción que tenía. Carmen siempre se había mostrado como lo que era: una niña consentida con mucho orgullo, pero que cuando le hacías entrar en razón podía llegar a convertirse en una gran persona en la que poder confiar. Si por algo destacaba, era por saber guardar un secreto.
Blanca lo sabía; lo recordó. Todos aquellos malentendidos que pudieran tener en el pasado, los olvidó de golpe. Ella misma lo había dicho: lo importante ahora era que se apoyaran mutuamente.
—Le sigo queriendo —confirmó Blanca finalmente—. Ese es un hecho que no puedo negar.
—Pero… —Carmen no esperaba esa respuesta—. La carta dice que…
—Sé lo que pone la carta —le cortó—. Y debo aceptar el hecho de que Mario no me quiere. O por lo menos no me quiere de la misma manera que lo hago yo. Pero míralo.
Acto seguido, las dos dirigieron sus miradas hasta la cama donde Mario descansaba.
—¿Le crees capaz de que haga daño a alguien?
—Bueno… —contradijo Carmen—. A decir verdad, ahora mismo nos lo está haciendo.
—Carmen, estoy segurísima de que tu hermano nunca ha hecho nada para fastidiarte.
—No es eso…
—Sí es eso —le insistió Blanca—. Siempre ha sido eso. Crees que tu hermano está ahí por gusto, por llamar la atención, pero nadie tiene ni idea por lo que ha tenido que pasar para llegar a estar postrado en esa cama.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Carmen sorprendida.
—Mario estaba pasando por una crisis, por una depresión de la que últimamente no levantaba cabeza. Me costó mucho hacerle ver que todo tenía solución… Y creí que lo había conseguido, pero veo que no.
—No sabía nada… —contestó Carmen con tristeza.
—Nadie lo sabía. Era una lucha que daba por perdida. Ya conoces a tu hermano, la procesión va por dentro.
—¿Por qué nunca dijo nada?
—Vamos, no te enfades. —Blanca trató de tranquilizarla—. No lo sé muy bien. Quisiera pensar que nunca quiso preocupar a nadie… pero ya sabes, después de leer la carta, no sé muy bien qué pensar.
Abstraídas, decidieron dejar que los minutos pasaran. Carmen apuró el café y tiró el vaso a la papelera, luego se sentó al lado de su hermano y volvió a cogerle la mano. Por el contrario, Blanca decidió seguir mirando hasta el infinito por la ventana de la clínica. Meditó minutos, horas… elucubrando sola. ¿Era cierto que Mario nunca la quiso como ella a él? Puede que no. Puede que Mario solo la utilizara para sentirse bien consigo mismo. Blanca, de cierta manera lo sabía, quizá por eso estuvo un par de años tonteando con varios chicos que la hicieron sufrir, porque no estaba segura de los sentimientos hacia Mario. ¿Era ese el castigo por haber cedido a los encantos de su novio? Blanca no quería pensar en eso. El intento de suicidio era algo más serio que unos simples sentimientos. ¿Y si realmente Mario utilizó a Blanca, qué problema había? Nunca se portó mal con ella, al contrario, siempre se sintió cómoda con él. Mario siempre había sido una persona en la que se pudiera confiar, y Blanca lo hacía. Entre ellos nunca había secretos. Ese es el pilar fundamental de una relación. Puedes tener altibajos, como todas las parejas, pero Blanca y Mario nunca los tenían… Hasta que Mario sucumbió a aquella depresión que le llevó a quitarse la vida. Pero su novio empezó a perder algo más que la sonrisa. Perdió kilos, perdió el apetito, perdió la mayoría de sus hobbies, perdió sus ganas de vivir. Perdió la sonrisa. Por perder, perdió hasta el contacto con sus seres queridos. Menos con Blanca, que siempre le apoyó en todo momento. Y ahora no iba a ser menos.
La carta le había destrozado. Las razones de suicidio de su novio no la convencían, pero sabía que tenía que aceptarlas. En la carta, Mario hablaba de todas sus cosas buenas y todas las malas. Hablaba de Kovak, uno de sus mejores amigos, hablaba de su hermana Carmen, de sus padres, de Blanca, pero especialmente hablaba de Álex, su mejor amigo.
Álex… ese ser que fue su mejor amigo, que le prometió que nunca se separaría de él, que le hizo creer que siempre confiarían el uno en el otro… Mario se lo había dicho por activa y por pasiva a Blanca: «Álex es el mejor amigo que voy a tener nunca, si algún día lo pierdo, yo también estaré perdido». Esas palabras ahora resonaban en su cabeza con más fuerza que nunca. ¿Era Álex el mayor motivo del intento de suicidio? Esas páginas narraban una verdad universal. Blanca lo sabía, pero se engañó durante años conformándose con estar a su lado. ¿Qué más podía hacer si ya estaba con la persona por la que tanto había suspirado? Pero la realidad era muy distinta. La verdadera verdad universal es que Mario estaba postrado en una cama en un limbo casi permanente y que Álex estaba durmiendo plácidamente en su casa.
Blanca decidió tragarse el orgullo.
—Carmen, ¿has llamado a Álex?
—No… —contestó—. No estoy muy segura de hacerlo. ¿Tú qué opinas?
—Opino que, si lo llamas, vendrá.
—¿Crees que ayudaría en algo que…?
—Sí. —Blanca no le dejó terminar—. Claro que le ayudará. Mario lo sabrá.
Al día siguiente, un hombre moreno con una peculiar perilla picuda, recibió una llamada inesperada.
Cuando Álex colgó el teléfono no podía apartar esa cara de incredulidad. Eran las 11:29 de la mañana. Lo normal es que no cogiera el teléfono en el trabajo, pero cuando vio que se trataba de Carmen, le pareció extraño. Lo primero que pensó es que estaba relacionado con su hermano y sus sospechas fueron confirmadas. Álex fue inmediatamente en busca de Kovak. Aquella tienda de electrodomésticos no vivía sus mejores días. La crisis económica había hecho mella en la facturación diaria, así que tenían pocos clientes a los que atender. Se recorrió todos los pasillos, pasando por la zona de informática, luego por la de ocio, hasta cruzar por la de electrodomésticos, que era la que le correspondía a su amigo. Kovak y Álex trabajaban juntos. Ambos habían superado la treintena. Se llevaban un par de años de diferencia y habían estudiado juntos en una importante escuela de artes escénicas. Después de varios años de casting y audiciones decidieron optar por la vía fácil: echar currículums a mansalva por toda la ciudad. El primero que lo consiguió fue Kovak, pero no por sus propios métodos, fue gracias a Mario que tiró de contactos para conseguirle el puesto. Es lo que tenía ser el hijo de un prestigioso bufete de abogados. Juan Antonio y María del Mar habían hecho favores a mucha gente de la isla. Mario detectó cómo los planes de Kovak se truncaban cuando le rechazaban en la mayoría de las audiciones, así que optó por hablar con un cliente de su padre —el encargado de la tienda de electrodomésticos de la calle Aragón— sobre las dotes carismáticas de su amigo; este cedió y concertó una entrevista. Juan Antonio tenía poder, sí, pero por desgracia no era muy ducho en el sector artístico, así que sus contactos eran más bien profesional inmobiliario, el sector del metal o siderúrgico, farmacéutico y comercial. Pocos días después, Kovak ya disponía de uniforme. Un año más tarde le tocaría el turno a Álex, que vivió una situación parecida a la de Kovak , no se le había dado bien la búsqueda de trabajo. En este caso, Mario no utilizó sus dotes, ya que, para entonces, habían perdido el contacto, pero Kovak se encargó de hablar maravillas de él y cuando hubo una vacante en la empresa le llamaron. Antes de que Álex empezara a trabajar con Kovak, los dos fueron ayudantes en el pub nocturno indie Varados, creado con los ahorros del mismo Mario. Ese sí que era un trabajo de ensueño.
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