—¿Qué crees que pudo pasar? Estuvo unos días sin venir a trabajar, y cuando lo hice le pregunté por sus moratones, pero me dijo que había tenido bronca en el tugurio de heavy metal . Teniendo en cuenta su historial con la bebida, tampoco me sorprendió en exceso.
—No lo sé, pero sé que fue algo gordo que le cambió por dentro. Ya lo conocí en extrañas circunstancias cuando todavía vivía en Barcelona. Ellos dos vivían juntos, ¿lo sabes, verdad? —Mark asintió—. Pero tampoco se llevaban muy bien. Al poco de conocernos, me propuso que nos fuéramos los dos juntos de allí, y que viviéramos en Mallorca. A mí esta isla siempre me ha gustado, además, tengo familia, así que le dije que sí, pero ya me pareció raro que tomara una decisión tan precipitada. Para entonces desconocía la importancia de aquella amistad.
—¿Crees que llegaron a hablar después de ese día?
—Puede ser, pero no lo creo. Por lo que a mí respecta, han estado sin hablarse estos últimos tres años. Lo hubiera sabido tarde o temprano.
—O no. Recuerda, Álex para según qué cosas es una tumba.
Carlota asintió, reconociendo de nuevo, que Kovak tenía razón.
—Ahora que lo pienso me resulta gracioso. —En el rostro de Carlota se dibujó media sonrisa—. ¿Sabes cuál ha sido el motivo real por el que Álex ha cortado conmigo?
—¿Cuál?
—Mario.
—Mario —repitió Kovak, luego convirtió la voz casi en un susurro—. ¿Qué nos ha hecho Mario para que todos estemos tan destrozados?
—No lo sé, pero lo único que puede llegar a destrozar a una persona, es el amor que siente por otras —contestó Carlota algo más serena.
Kovak asintió.
—¿Cuál habrá sido nuestro error? —preguntó él.
—Creer que estaría para siempre, supongo.
Carlota se había calmado lo suficiente como para invitar a Kovak a un café. Los chicos estuvieron charlando pausadamente de los últimos acontecimientos. El intento de suicidio de Mario, la precipitada despedida de Álex, la desaparición misteriosa de Blanca, la inoportuna charla con los padres de Mario, del cambio de actitud de Carmen frente a lo sucedido y de cómo había tomado las riendas del asunto con gran capacidad optativo al mostrar su optimismo por la recuperación de su hermano. Pero, sobre todo, hablaron de Mario, y de lo que posiblemente había hecho que Álex cortara definitivamente con Carlota. Kovak le hizo razonar abriéndole un campo de visión nuevo. Quizá Álex se hubiera sentido tan culpable durante los últimos tres años, que necesitaba retirarse a algún tipo de zulo espiritual para afrontar el tiempo que le quedaban por delante. O quizá simplemente meditaría a fondo a solas mientras buscaba la solución más adecuada para coger fuerzas y continuar. En cualquier caso, era prácticamente lo mismo y, fuera cual fuera la decisión, ninguna iba a hacer que Mario despertara en los próximos días. La realidad es que mientras sus amigos discutían sobre cómo afrontar sus vidas, Mario se desvanecía, luchando por la suya.
—¿Volveré a verte alguna otra vez? —preguntó Kovak.
—Quién sabe —dijo ella encogiéndose los hombros—. Me quedaré aquí un tiempo, pero luego me mudaré de nuevo a Barcelona. A casa de mis padres. Si algún día vienes de visita, házmelo saber.
Terminaron de preparar las cajas para la mudanza. Carlota miró a Kovak con ojos llorosos. Esa mirada sonaba a despedida. Pero no una despedida cualquiera, sino una despedida que significa algo así como «ha sido un placer conocerte, pero no me vais a ver el pelo nunca más». Carlota desaparecería de la vida de Álex y de todo cuanto le rodeaba. Kovak se mostró decepcionado ante la decisión de su amiga, pero no la culpó. Es más, se mostró comprensivo. Finalmente, se dieron un gran abrazo.
—Por cierto, ya sé dónde puede estar Álex —le dijo Carlota al oído. Luego se separaron—. Antes te he dicho que suelen perseguirle los fantasmas. ¿Eso no te da ninguna pista?
Kovak sonrió.
—Ahora que lo dices…
Carlota le susurró un lugar y él asintió en silencio.
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