Después de unos instantes agónicos en los que la carta parecía avanzar sola, decidió firmarla:
Siempre vuestro, siempre.
Mario Amengual.
La pluma descansó. Dobló la carta y la metió en un sobre beige . Por último, escribió un «Para Blanca» en la cubierta. Se fue hasta su habitación y lo dejó apoyado en la lámpara de la mesita de noche. Ya en el aseo, se mojó la cara y se la secó con la toalla, se peinó los ondulados rizos dorados con cera de brillo, se cepilló los dientes y se dirigió hasta la salida del piso que compartía con su novia. Una brisa fría se filtró al abrir la puerta. Reparó en que alguien se había dejado la ventana del rellano abierta. Cogió un abrigo, se lo abrochó y subió dos pisos más hasta la azotea del edificio.
Una vez arriba se asomó al bordillo que daba a la calle principal. «Por aquí no, puedo llamar demasiado la atención», pensó. Hacía frío, mucho frío. Estaba siendo un invierno muy crudo. Se asomó por el lado contrario que daba al patio interior. Un barullo de cuerdas de tender iba de un lado al otro de la fachada. Un poco más abajo, varios toldos cubrían algunos patios. «Son cinco pisos, tengo que calcular bien por dónde caer para no darme contra los toldos», meditó. La crudeza de aquellas palabras no le hacían perder la compostura. Se puso en pie en el borde con un impulso. Un vendaval casi lo empuja hacia su abismo personal y tuvo que luchar por mantener el equilibrio.
En un instante se hizo un silencio atroz y llenó sus pulmones de aire. Cerró los ojos. Ahora sí que había conseguido dejar la mente en blanco. El mundo se quedó mudo a sus pies. Notó cómo la sangre dejó de correrle por sus venas. Es como si todo el Universo se hubiera quedado en pausa. Cerró ambos puños con mucha fuerza con la intención de sentir algo. Después, solo vería niebla. No tenía miedo. Solo sentía paz por dejar atrás todo lo que le hacía daño.
Se lanzó.
La gravedad hizo el resto.
Se oyó un tremendo golpe; instantes después, los gritos desmesurados de una vecina anunciaban la tragedia.
Pip, pip, pip, pip…
El monitor cardíaco de Mario resonaba por toda la habitación. En la pantalla se mostraban el trazado de la función del ritmo, la irrigación cardíaca, la frecuencia respiratoria por minuto, la frecuencia cardíaca y la capacidad de la sangre para oxigenar los órganos del cuerpo. Todo parecía correcto, pero Mario seguía durmiendo. Tenía el rostro hinchado, y un tubo metido por la boca. Su frente estaba envuelta en un vendaje y una gran parte de la cara morada. La peor parte de la caída se la había llevado su cuerpo: el lado derecho estaba escayolado casi en su totalidad.
Carmen le observaba el rostro mientras le sujetaba la mano mientras sollozaba a la vez. Desde que la vecina del primero diera el aviso, habían transcurrido dos días, y en el primero de ellos habían tenido que operar de urgencia a Mario. Cuando los médicos llamaron a Carmen ya habían terminado, pero el trayecto hasta la clínica fue un completo calvario.
Lo único que pensaba ahora era en esa dichosa pregunta: ¿por qué? Negaba una y otra vez con la cabeza mientras observaba a su hermano. Agarraba con tanta fuerza su mano que, por un instante, tuvo miedo de estar haciéndole daño. «Despierta, Mario, despierta», se decía a sí misma, pero Mario no despertaba, y las señales del monitor cardíaco no presagiaban buenas noticias a corto plazo. Ella lo sabía, pero esperaba que ocurriera un milagro. «¿Un milagro? Ya ha ocurrido un milagro. Ha sobrevivido». Se frotó los ojos porque los tenía abotargados de tanto llorar y comenzaban a picarle. Eran las cuatro de la madrugada y su hermano sufría un profundo coma del que no lograba despertar.
Al cabo de un rato, Blanca apareció por la puerta. Carmen observó que no traía mejor cara que ella. Llevaba un vaso caliente en la mano.
— Te he traído un café de la cafetería —le ofreció a Carmen.
—Gracias. Déjalo encima de la mesita, enseguida me levanto —le contestó sin apartar la vista del rostro de su hermano.
Blanca se recogió la melena castaña y se hizo una coleta. Luego se acercó hasta la cama de su novio y se quedó observándolo con la misma mirada perdida que no desentonaba con Carmen.
—¿Crees que va a despertar? —le preguntó a Blanca.
—Eso espero…
—¿Mañana? —Carmen alzó el rostro, pero sin apartar la mirada de su hermano. Una sonrisa fingida se asomó.
—Carmen… Está en coma. —acató Blanca. Carmen escondió su sonrisa—. Ya has escuchado al doctor. Con estas cosas nunca se sabe. Es probable que despierte, pero no pueden confirmarlo. Tiene los órganos muy afectados. La recuperación será muy lenta. Además, el doctor nos comentó ayer que sufrió un derrame cerebral. No quiero ser aguafiestas, pero es poco probable que despierte mañana. Tenemos mucha suerte de que siga con vida…
Tras un breve silencio, en el que Blanca aprovechó para esconder las lágrimas que le caían, Carmen le soltó la mano para coger ese café que ya empezaba a enfriarse. Las dos se miraron y asintieron en silencio. Poco más podían hacer por Mario, salvo estar a su lado en esos momentos.
La hermana del afectado dio por hecho que el apoyo entre ellas dos era fundamental en esos momentos. Sus padres seguían en Cuba, y hasta entonces desconocían todo acontecimiento relacionado con su hijo. No sabían que Mario había intentado suicidarse.
En ese instante solo se tenían la una a la otra.
—¿Por qué, Blanca? ¿Por qué habrá pensado que esa era la única solución?
—No creo que este sea un buen momento para hacernos esa pregunta —le contestó Blanca mientras le acariciaba un brazo—. Ahora lo importante es que nos apoyemos; cuando vengan tus padres ya pensaremos en todo lo que ha pasado.
—Tienes razón —dijo Carmen.
—¿Cuándo vuelven?
Carmen le pegó un trago lento al café.
—Pasado mañana —contestó al fin.
—¿Se lo dirás el mismo día que lleguen?
—No, esperaré a que descansen. Tras doce horas de vuelo es lo mínimo que puedo hacer.
Ambas se quedaron mirando el paisaje a través de la ventana de la habitación. En esa clínica, todo parecía tan tranquilo… A lo lejos, las luces de la ciudad de Palma mostraban todo su esplendor. Mallorca siempre había sido un paraíso. Pero contemplar ese panorama solo era posible si subías en plena noche a la montaña o si la sobrevolabas en avión. Eso le recordó una anécdota a Blanca, que le obligó a sonreír.
—Recuerdo la primera vez que Mario y yo viajamos en avión.
—Eso fue a los dos años de conoceros, ¿verdad? —le preguntó Carmen.
—Sí. Empezábamos a salir. Después de mi último novio necesitaba desconectar. Tu hermano apareció con un sombrero de paja en el restaurante hindú al que siempre íbamos. Llegó, se sentó y me echó un buen discurso.
—¿Qué te dijo?
—Que no estaba dispuesto a esperar cómo me volvían a romper el corazón. Luego me cogió de la mano y me dijo que si él no era el tercero no merecía la pena esperarme más. Luego me sacó dos billetes de avión y me los puso en la mano. Yo estaba sorprendida. Mario siempre me había gustado, tenía algo especial… pero nunca consideré tener algo serio con él hasta ese momento. Hay que reconocerle que siempre ha tenido un encanto particular. Le hice prometer que, si cedía a su chantaje, dejaría de usar ese espantoso sombrero de paja.
—Veo que cedió. —Sonrió Carmen.
—Durante un tiempo así fue, luego volvió a ponérselo de vez en cuando —continuó Blanca.
—Me lo creo. Siempre ha sido un poco cabezota.
—Y que lo digas, pero se convirtió en mi cabezota preferido. —Se secó con la manga algunas lágrimas que se asomaban.
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