Sus padres, Juan Antonio y María del Mar, eran harina de otro costal. Se afianzaban en la seguridad de su empresa, un bufete de abogados muy prestigioso en las islas Baleares. Bufete Amengual, lo llamaron, en honor al padre de Juan Antonio y abuelo de Mario. Por último, Carmen, muy pendiente de sacarse el máster en derecho, se las ingeniaba para ser el ojito derecho de la familia. Alguien en quién poder confiar. Si dependiera de ella, su hermano Mario no habría tenido la oportunidad de regentar el bufete cuando sus padres se jubilaran. Por suerte, su hermano había rechazado la oportunidad de heredar el negocio. Fue tal la ignorancia de su familia, que no se dieron cuenta de que Mario había montado un negocio con el dinero que había ahorrado durante sus años trabajando de camarero junto a la ayuda económica que le dejó en herencia su abuela cuando murió. Así nació Varados, el pub que regentó Mario durante tres años y que luego vendió al mejor postor con tal de pasar más tiempo libre consigo mismo. Durante esos tres años intentó demostrar a sus padres que valía para algo. Es cierto que Carmen se mostró positiva con la adquisición del local y colaboró algún que otro fin de semana como camarera, pero, al fin y al cabo, no era accionista y, por lo tanto, no hacía hincapié en opinar. Su hermano vendió Varados a un joven al que la vida le había sonreído tocándole la lotería. Mario sabía que su hermana era capaz de esforzarse y demostrar su lado más humano. Fueron días felices, pero se hacían cuesta arriba. No solo por el cansancio que conlleva dirigir un local nocturno de éxito, sino también porque eran días inciertos. Sus amigos, sus primos, sus tíos… todos acudían a verle, y Mario siempre vestía con habitual sonrisa. «Tranquilo, primo, a esta invita la casa». «Kovak, esta es la última que nos conocemos». «Álex, no te pases, que luego tienes que conducir. Una más y ya». Mario se fiaba. Ese era su lema. Total, ¿a quién le importaba? Dejar el local en manos de otro fue su mejor decisión hasta la fecha. Aun así, sus padres nunca vieron con buenos ojos que su hijo tuviera un local de copas, y de vez en cuando le recordaban su disgusto. Carmen se pasó defendiéndolo esos últimos tres años, pero cuando Mario vendió el bar, se le agrió el carácter y su hermana se aprovechó de las circunstancias para ganar puntos de autoestima. Ganó puntos en la familia, pero no se sabe a ciencia cierta si es que su hermana los ganaba intencionadamente o es que Mario los perdía con facilidad. Hubo rencores, sobre todo por sus padres. Esas disputas se fueron consolidando con el paso del tiempo.
Quizá fuera una de las razones por las que estaba escribiendo esa carta, pero no era la única, claro. Fueron un cúmulo de circunstancias.
Mario no sabía muy bien por qué se acordaba de todo aquello precisamente en ese momento. Solo se sentía en paz, pero había cierta pincelada de tristeza, porque sabía que dejaba muchas cosas a medias. Entonces, meditó una última vez y escribió las últimas frases de la carta.
Blanca:
Puede que mis palabras te parezcan puñales, pero ya que me iba a ir por la puerta grande, me armé de valor para ser feliz una última vez. Hay que reconocer, que estos días a tu lado han sido increíbles. Gracias por darme tanto, Blanca. Eres unas de las mejores personas que ha pisado suelo terrestre y, por tanto, todo tu valor y tu energía debería ser recompensado. Está claro que tu camino no es el de proporcionarme consuelo. No puedo arrastrarte a ti también. Tan solo te pido que me perdones cuando creas que estás preparada para hacerlo. Cuida de Álex, posiblemente me odiará y no lo entenderá. Con Kovak tengo una charla pendiente, y prometo que la mantendré, así que cuando su alma descanse le estaré esperando en algún rincón recóndito del universo. Él sabrá perdonarme. Por último, no quiero olvidarme de mi familia. Mi hermana Carmen necesita que alguien le diga qué es lo correcto y qué no, buscará mil formas de darse consuelo y no lo encontrará. En el fondo se siente perdida, como yo, pero tiene un alma bondadosa por mucho que la disfrace con palabras crueles. Es lo que la vida le ha enseñado de momento. No me juzgará, pero fingirá que lo hace, y sé que tarde o temprano sabrá que esta decisión no la he tomado a la ligera. Seguramente al principio le producirá rechazo, pero tratará de buscarle una explicación. Creo que debería hablar más con Kovak, parece mentira que todavía no se hayan dado cuenta de que se entienden a la perfección. De mis padres no puedo decir mucho. No los juzgues. Mi madre ha nacido en la pobreza y ha sido educada con unos principios algo primitivos, pero que le han ayudado a sobrevivir. Tiene una mente privilegiada, y sabe utilizarla cuando es debido. Es muy posible que cuando todo esto suceda no quiera asimilar que su hijo también ha cometido errores. Mi padre, por el contrario, vestirá su armazón como si se tratara de una chaqueta, para después reconocer, que su hijo es el mejor del mundo. Es lo que le enseñó mi abuelo Matías. Ojalá hubiera recibido algún abrazo suyo cuando mi vida comenzaba a desmoronarse, pero la vida a veces es un rompecabezas que no sabes cómo encajar. Carga con una coraza de acero, pero por dentro es corazón fundido. Entenderá que no haya seguido su ejemplo al no aceptar ser el nuevo socio del bufete. También aceptará mi naturaleza. No te preocupes por él, ya me ha pedido perdón. Así lo he sentido. Solo puedo decir que, a pesar de todo, los quiero. Y tampoco es plan de arrepentirme de la familia que me ha tocado, porque la familia no se elige. Es la que es, y hay que aprender a convivir con ella…
Mario frenó la pluma en ese instante. Le pasaban miles de imágenes por esa cabeza angustiada. Recordaba la claridad de un embalse llamado Gorg Blau, la silueta majestuosa de una catedral impetuosa en la costa, las largas excursiones por las montañas de la Sierra de Tramontana, o los momentos cómicos que vivía con cada uno de sus amigos, familiares o conocidos. Aquellas imágenes, ambiguas a más no poder, rebotaban con fuerza y destrozaba sus emociones. Cuando recordó el amor, lo invadió la desazón y sus paredes cognitivas recobraron el desamor. Sintió cómo un escalofrío le invadía todo el cuerpo y le destrozaba las entrañas. Intentó dejar la mente en blanco, pero no pudo. Sabía que aquellos últimos minutos le producirían tal efecto. En su cabeza se lo había imaginado miles de veces. Solo quedaba una cosa por hacer. Despedirse a lo grande, entre sonrisas no forzadas o malgastar su energía en sí mismo; cosa que no era propia de él. No pudo contenerse y se desfogó. Mientras las lágrimas se deslizaban por el rostro, un labio atormentado luchaba por no temblar. El pulso se le agitaba sin compasión. Tomó aire para tranquilizarse y poder terminar la carta, pero de momento no le funcionaba. Su cuerpo no reaccionó a ningún estímulo. Ya no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada. Volvió a coger aire e hinchó sus pulmones. Por momentos conseguía tranquilizarse. Después expulsó el aire y creó conciencia. Era mejor enfocar sus sentidos en otros intereses, conseguir dejar la mente en blanco. Se levantó de la silla y abrió la ventana. Respiró la humedad del día. Olió a lluvia y tierra mojada. A ropa recién lavada y a jazmín de la maceta que colgaba en su ventana. Esos olores los echaría de menos, así como también el sabor del café con leche condensada, la soledad de leer un buen libro en la tenue luz de una lámpara, las visitas a las playas cristalinas de su isla, las conversaciones sencillas en un bar, la sensación de libertad al correr por el Paseo Marítimo de Palma, el placer momentáneo que le producía traducir un texto antiguo que encontraba por la red, entre otras muchas otras cosas que ahora se asomaban por el rabillo del ojo.
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