Charo Vela - Una vida de mentiras

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Carolina es una mujer de treinta y cinco años. Está casada con Emilio desde hace doce. Ella es maestra y él camionero. Lleva una vida tranquila y monótona junto a sus dos hijos. A raíz del accidente que sufre su marido, su vida se verá alterada por completo. Irán surgiendo misterios y secretos que la desestabilizarán, pensando que todo es una horrible pesadilla. ¿Conocerá a su marido tan bien como ella cree? ¿Tendrá Emilio una doble vida o serán solo meras coincidencias que tendrán una explicación convincente? Mientras en Carolina crecen las dudas y la rabia, Emilio se debate entre la vida y la muerte. Sigue en coma, sin poderse defender.Con la tristeza como compañera, Carolina pasa los días esperando que su marido despierte y le explique qué está ocurriendo, apoyada por su hermano, sus amigas y por Piero, un profesor italiano que bebe los vientos por ella. Dicen que después de la tempestad, por increíble que parezca, vuelve la calma. Lo que Carolina no sabe es que lo peor está aún por llegar

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—Piero, por favor, olvida lo que ocurrió anoche. Bebimos más de la cuenta y yo no estoy acostumbrada. No fue más que una situación confusa. —Piero la miró no muy conforme con sus palabras. Para él no era nada confusa. Lo tenía claro: ella le gustaba bastante—. Gracias por hacernos sentir tan bien y enseñarnos todos los rincones de tu linda ciudad.

—Carol, como te he confesado, me siento muy atraído por ti.

—Shhhh, Piero. Yo estoy felizmente casada, tengo dos hijos y… ¡Santo cielo, soy muy mayor para ti! Olvida todo, no tiene ninguna importancia. —En ese instante Maribel se acercó a ellos, rompiendo la conversación.

Piero se quedó serio tras la última frase. ¿Mayor? A él no le importaba la edad. ¿Por qué a ella sí? ¿Para Carolina no había sido importante? No había podido dormir recordando sus jugosos labios y haría lo que fuese por volverlos a probar. Estaba claro que ella no pensaba igual y que no quería nada con él. Se despidieron dándose la mano y minutos después embarcaron con rumbo a Madrid. En el avión, ya en el aire, Maribel le manifestó:

—No sé si te has dado cuenta, pero has dejado a Piero triste por tu partida.

—¡Venga ya, no digas tonterías! —contestó malhumorada. Su mente volvió a traicionarla y pensó en lo fogoso y atractivo que era, si bien ella era fiel a su marido. ¿Cómo había podido dejarse llevar de esa manera?

—No hay más ciego que el que no quiere ver y a Piero lo has obnubilado. Solo hay que ver que no te quitaba ojo y te comía con la mirada.

—¡Maribel, por Dios, que es un crío! Ni que fuese yo una asaltacunas. Además, yo tengo a mi Emilio y no necesito a nadie más.

—Joder, Carolina, no es un crío. Es todo un hombre, guapo y bien formado. Si no te apetece hablar del tema vale, lo respeto. Acabas de cumplir treinta y tres años, eres bonita, no eres una vieja y que un atractivo joven se fije en ti es de lo más normal y de agradecer. —Carolina no le contestó, solo desvió la mirada. Abrió una novela e intentó leer, cosa que no consiguió. De esta manera al menos consiguió que Maribel se callase y no siguiese con el tema.

Tres días después de su llegada, Emilio vino un par de días. Le trajo unos zapatos de marca y unos pendientes como regalo de cumpleaños. Ella le contó ilusionada todo lo que había visto, pero obvió decirle cómo y con quién celebró su cumpleaños. Pensó que a lo mejor no le iba a gustar que estuviese a solas con otro hombre, de noche y de fiesta. No quería que se molestase, sino poder disfrutar de él estos pocos días. Esa noche hizo el amor con su marido, sintiéndose deseada. Aunque, contra su pesar, recordó los apasionados besos de Piero. Emilio no la besaba igual. Luego se volvió a marchar y la rutina retornó a su vida una vez más.

Volviendo a la dura realidad

«La existencia nos demuestra que somos los actores de la película de nuestra vida. Los papeles más complicados de ejecutar son los que sacuden nuestros sentimientos» .

Habían pasado dos años desde Milán. No había vuelto a salir de vacaciones, salvo los días que iban en verano a Valencia. A veces sentía que la vida se le estaba escapando entre los dedos sin disfrutarla lo suficiente y eso le apenaba. Lo cierto era que se había divertido poco en su juventud, primero con los estudios y después dedicada a sus niños. Se le estaban yendo los años sin disfrutar de la vida. Luego miraba a sus hijos, hablaba con su marido cuando él la llamaba y se conformaba, dando gracias a Dios por la familia que tenía.

Y ahora, de repente, el destino les había abofeteado con un duro golpe. Abrió los ojos; la sala de espera de cuidados intensivos del hospital estaba llena de gente afligida, con situaciones iguales o peores que la de ella. Se enjugó las lágrimas, que le caían de nuevo. Cuántos recuerdos acudían a su mente en estos tristes momentos. Se sentía tan sola…

Carolina pasó la noche y el día siguiente en la misma sala del hospital. Una sala fría, lúgubre e incómoda, llena de gente llorando por todos lados. Solo la abandonaba para ir al baño a asearse o a comer algo al restaurante. Entró dos veces a ver a Emilio a través del cristal y pocas novedades había. Seguía en coma y sin mejoría. Los médicos no le daban ninguna esperanza.

A la mañana siguiente la dejaron entrar a verlo y le dieron unos minutos para estar a solas con él y poder despedirse, pues no le aseguraban si podría sobrevivir en el crítico estado en que se encontraba. La enfermera le aconsejó que le hablase de cosas agradables. No sabían si escuchaba. Ella se sentó a su lado y le cogió la mano con cariño. Comenzó a hablarle en voz baja. En un murmullo le decía:

—Emilio, mi vida, aquí estoy, a tu lado. Verás como te recuperas pronto. Tienes que ponerte bien; los niños te esperan. Iván ya está organizando cómo quiere festejar su cumple, porque dice que ya no es un niño, que ya está en secundaria. ¡Cómo crecen de rápido! Ya va a cumplir doce años. Y Nerea me tiene loca con las Barbies que tú le llevas. Dice que ahora quiere la Barbie pastelera, que no la tiene. —Siguió acariciando la mano de Emilio entre las suyas. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no mostrar tristeza ni ponerse a llorar al verlo tan dañado. Suspiró y continuó hablándole—. ¿Sabes? He estado recordando cómo nos conocimos. ¿Te acuerdas cuando me espantabas a los pretendientes? ¡Cómo pasa el tiempo! Cariño, llevamos ya quince años juntos. Cuando salgas de aquí vamos a irnos un fin de semana los dos solos para celebrarlo. Últimamente no salimos nunca y nos lo merecemos. Sé que cuando estés mejor me explicarás qué hacías aquí. Tienes que ponerte bien, mi vida. No olvides que te quiero y que estoy a tu lado. Tienes que luchar, mi amor. Te necesito.

Carolina lo besó. De repente observó cómo varias lágrimas caían por la mejilla de Emilio. Se las limpió con cariño y otras volvieron a resbalar por su rostro. ¿Estaba llorando? ¿La había escuchado? Seguía inmóvil, pero sus ojos, aunque cerrados, estaban anegados por las lágrimas. Cuando la enfermera le avisó de que tenía que salir se lo comentó y esta le explicó que no podían confirmar si en ese estado escuchaba o no. Carolina salió triste y pensativa: «Pobre Emilio».

A media mañana decidió llamar a la empresa de su marido e informarles del accidente.

—Gracias, señora, por avisarnos. El director se encuentra de viaje. En cuanto vuelva le paso la información. Que haya pronta mejoría.

Las horas se hacían eternas en aquella desapacible sala. Se entretuvo observando la cara de las personas que estaban allí, sentadas como ella. La tristeza se reflejaba en sus semblantes. Anidaba el temor de que la tragedia acechaba tras la puerta de cuidados intensivos y de un momento a otro podría aparecer el temido desenlace.

Al mediodía llegó su hermano. Al ver a Lucas una alegría inundó su alma. Al menos ya no estaría sola en esos duros momentos. Le informó de que Emilio seguía muy grave.

—Lucas, si lo vieras… Da pena. Tiene heridas en la cara y los brazos. Y lo peor es lo que no se ve. Dice el doctor que por dentro está destrozado. No parece mi Emilio. ¿Qué haría aquí, hermano? ¿Por qué me lo ocultaría?

—No lo sé, cariño. Seguro que tiene una explicación taxativa. ¡Pobrecito mi cuñado! Esperemos que se mejore y ya te lo contará todo. Ahora deberías descansar un rato, se te ve agotada. Seguro que no has comido apenas ni descansado nada. Ahora estoy aquí para cuidarte. Por desgracia, con estar aquí día y noche no solucionas nada. No puedes hacer nada por salvarlo. Él está en las mejores manos y tú, a este ritmo, te vas a enfermar.

Lucas tenía razón. Necesitaba ducharse, acostarse y descansar un rato. De manera que cuando anocheció fueron a comer algo a un bar y alquilaron una habitación en un hostal cerca del hospital. Le había dejado su número a la enfermera por si había alguna novedad. Tenía todos los músculos agarrotados por las muchas horas sentada en el sillón y por la tensión acumulada. Se dio una ducha caliente y se acostó. Contra todo pronóstico, se quedó dormida al instante. Estaba agotada física y psicológicamente.

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