Charo Vela - Una vida de mentiras

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Carolina es una mujer de treinta y cinco años. Está casada con Emilio desde hace doce. Ella es maestra y él camionero. Lleva una vida tranquila y monótona junto a sus dos hijos. A raíz del accidente que sufre su marido, su vida se verá alterada por completo. Irán surgiendo misterios y secretos que la desestabilizarán, pensando que todo es una horrible pesadilla. ¿Conocerá a su marido tan bien como ella cree? ¿Tendrá Emilio una doble vida o serán solo meras coincidencias que tendrán una explicación convincente? Mientras en Carolina crecen las dudas y la rabia, Emilio se debate entre la vida y la muerte. Sigue en coma, sin poderse defender.Con la tristeza como compañera, Carolina pasa los días esperando que su marido despierte y le explique qué está ocurriendo, apoyada por su hermano, sus amigas y por Piero, un profesor italiano que bebe los vientos por ella. Dicen que después de la tempestad, por increíble que parezca, vuelve la calma. Lo que Carolina no sabe es que lo peor está aún por llegar

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Investigó los horarios de los trenes y comprobó que dos horas más tarde salía uno. Luego llamó a sus padres y les contó lo ocurrido. Ellos vivían a media hora de su piso. Estos, preocupados por la noticia, le comunicaron que llegarían cuanto antes.

Con el alma por los suelos y un nudo en la garganta se dirigió al dormitorio, donde preparó una pequeña maleta. No supo bien qué ropa meter, pues no sabía si volvería ese mismo día al comprobar que no era Emilio o se tendría que quedar algunos días más. Comprobó el tiempo que hacía en Cádiz; pese a ser primeros de octubre, no hacía mucho frío todavía. Metió un par de vaqueros, dos camisas, un jersey, una chaqueta, ropa interior y unos zapatos cómodos. Luego se duchó, se puso un pantalón gris marengo, una camisa celeste y una rebeca azul finita e hizo tiempo para esperar a sus padres.

Un rato más tarde, tras dar una docena de besos a sus hijos, se dirigió hacia la estación de Atocha, donde cogería el tren para Cádiz. Cuando se subió al vagón del AVE sintió un escalofrío. Una inquietud se adueñó de sus entrañas y tuvo el presentimiento de que ya nada sería igual después este viaje.

Nada más comenzar a moverse el tren llamó al colegio donde trabajaba como profesora e informó de que debía ausentarse unos días, pues su marido había tenido un accidente. No dio detalles. No sabía bien qué decir hasta que llegase a Jerez. El director le transmitió mucho ánimo y le dijo que se tomase los días que necesitase.

Apoyada en la ventana, con la mirada perdida en la lejanía, Carolina ordenaba en su mente el puzle con la información que había recibido unas horas antes y del que, por muchas vueltas que le daba, no le encajaban las piezas. Tan solo el murmullo de las voces de algunos viajeros y el ruido del tren en movimiento la distraían de sus pensamientos. Aunque, para ser sincera, lo que le apetecía no era pensar, sino más bien quedarse dormida y despertar de ese maldito sueño.

Hizo grandes esfuerzos por contener el llanto. Se había propuesto mantener cerrado el grifo de las lágrimas, que empujaban por salir sin remisión, al menos hasta que pudiese comprobar con sus propios ojos todo lo que estaba pasando y cerciorarse de que todo era un tremendo error. Siguió llamando al móvil de su marido, pero seguía apagado. Se negaba a llorar por un equívoco o malentendido. Estaba convencida de que su marido estaba en Oviedo. Volvió a consultar el reloj; en dos horas el tren llegaría a Jerez. Aprovechó para llamar a su hermano Lucas y a sus amigas. Tenía que ponerlos al tanto de lo ocurrido. Tras colgar su cuerpo vibró, no supo si de incertidumbre, de tristeza o quizás de temor a descubrir la verdad, esa que ella se negaba a admitir.

Carolina tiene treinta y cinco años. Es una mujer alta, guapa, tiene el pelo claro con media melena rizada, ojos grandes y expresivos. No hace apenas deporte, pero se conserva bien. Le gusta mucho leer, coser y se le da bien la cocina. Le encanta ver pelis románticas y de misterio. Estudió en un colegio religioso que, sumado a la educación conservadora de su madre, ha forjado en ella un carácter tímido y reservado. Ya de la mano de su marido y por su trabajo, a lo largo de los años ha ido perdiendo un poco esa timidez, mostrándose más abierta. Lleva doce años casada con Emilio, que tiene cuarenta. Viven en una barriada a las afueras de Madrid. Es madre de dos hijos: Iván, de once años; y Nerea, de siete. Desde hace nueve años es profesora de EGB en un colegio privado. Lleva una vida monótona pero tranquila. Trabaja en lo que le gusta, adora a sus hijos y con Emilio la convivencia es medianamente buena. Cierto es que con los años el enamoramiento del principio se ha transformado en cariño y respeto. Se llevan bien; no obstante, la distancia por el trabajo de él ha hecho mella en el matrimonio. Emilio lleva ocho años trabajando como camionero. Viaja por toda España transportando mercancías de una importante empresa textil de marca. Casi nunca duerme en su casa y su ausencia, pese a los años transcurridos, Carolina no la lleva bien.

Al principio lo pasaba mal porque, aparte de echarlo de menos, se apenaba de que mientras ella dormía en su cómoda cama, su marido la mitad de las noches solo daba una cabezadita en la cabina del camión. Luego, con el tiempo, se fue a la fuerza acostumbrando a dormir muchas noches sola. No había más remedio; había que pagar el piso, el camión, el colegio de los niños y vivir cómodamente, que no era poco.

El sonido del altavoz, avisando de que estaba llegando a Jerez de la Frontera, apartó a Carolina de sus pensamientos. Sacó el móvil y llamó al teniente Ortiz. Este quedó en recogerla en la estación diez minutos después para acompañarla al hospital, donde supuestamente se hallaba su marido.

—Buenos días, Carolina. Soy el teniente Ortiz. Espero que haya tenido buen viaje dentro de lo que cabe. —El guardia le estrechó la mano. Era un hombre de unos cincuenta años, alto y delgado. Se le notaba educado y bonachón. Su porte transmitía respeto y seguridad.

—Sí, gracias. Por favor, lléveme al hospital. Estoy deseando comprobar si es mi marido o no. Desde que me llamó no he parado de darle vueltas y, aunque pienso que no es posible que sea él, mi mente está a punto de explotar de incertidumbre.

—Comprendo que no se lo crea aún, pero le aseguro que sí lo es. El diagnóstico es bastante grave. No llevaba el cinturón puesto y el impacto ha sido fuerte. El coche ha quedado destrozado. Lo han tenido que sacar los bomberos.

—Perdone. ¿¡Ve como no puede ser!? —exclamó sobresaltada—. Mi marido va en un camión, no en un coche. Debe de ser otro que se llama igual. Sin duda, una triste casualidad, porque mi Emilio está en Oviedo.

—Carolina, ¿ha logrado hablar con él después de recibir mi llamada? —Ella negó con la cabeza.

—Lo tiene apagado o sin cobertura. Claro que eso no es raro. Me ha pasado muchas veces.

—Siento contradecirla. Su marido anoche conducía un Ford Escort con matrícula 8211 BBN. ¿Es suyo ese coche?

—¡Sí, sí, es nuestro! —La voz sonó apagada y temblorosa. Se había puesto blanca como la pared. Se sintió desfallecer y las primeras lágrimas empezaron a rodar por sus pálidas mejillas. No pudo detenerlas por más tiempo y un pellizco se agarró a sus entrañas.

El teniente se apenó al verla tan afectada. La invitó a sentarse en el coche y en silencio la llevó al hospital. Tras hablar con los médicos la dejaron pasar a verlo.

Carolina quiso morirse allí mismo. La llevaron frente a un cristal y… ante ella estaba su Emilio inconsciente, lleno de botes y máquinas a su alrededor. Tuvo que agarrarse fuerte, pues el temblor que la invadió hizo flaquear sus piernas. Estaba herido y muy magullado, pero sin duda alguna era él. ¿Qué había ido a hacer a Cádiz con el coche? ¿Y por qué la había engañado? ¿Por qué se lo había ocultado? El llanto ya no cesaba. Tenía el corazón encogido y su cuerpo había perdido las fuerzas.

El médico le informó de que su marido se estaba debatiendo entre la vida y la muerte. Las cuarenta y ocho horas siguientes eran decisivas. Tenía un traumatismo craneoencefálico, hemorragias internas, múltiples contracturas y huesos rotos, además de varios órganos dañados, debido a la gravedad del impacto. Lo habían operado de tres costillas rotas y habían intentado parar la hemorragia interna. También le habían escayolado el brazo izquierdo. Estaba en coma; no sabían cuándo podría despertar. Por el momento no era aconsejable operarlo de nada más, pues eran muchos los daños interiores y estaba muy débil.

Al salir de verlo se sentó en la sala de espera. Permaneció en silencio y con los ojos anegados en lágrimas. No podía parar de llorar y de su garganta no salían las palabras. El teniente se acercó al verla tan sola y triste. Tras intentar consolarla, le entregó una bolsa con todas las pertenencias de su marido y le informó de que el coche había quedado destrozado. Como fue en plena noche infernal, poco pudieron sacar de él. De todas formas, el automóvil pasaba a disposición de la Guardia Civil para un examen pericial. Él sabía que para ella había sido una gran impresión, pues había confiado ciegamente en su marido y este, por algún motivo, le había mentido. Le aconsejó que llamase a algún familiar para que le hiciese compañía. «Al menos, si llega el fatal desenlace, que no le coja sola», pensó. Antes de marcharse volvió a recordarle que si necesitaba algo no dudase en llamarlo. Tras esto se despidió.

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