Michel lo ignoraba.
El gigante, seguramente algún nórdico por sus rasgos y su piel rosácea, con un tupido vello rojizo que asomaba entre su camisa medio abierta, estaba con toda seguridad bajo los efectos de algún alucinógeno. Mascaba algo gomoso, en tanto que los ojos obnubilados y perdidos oscilaban en su cara tratando de que Michel lo mirara. Hasta que se cansó de buscar su atención.
Le plantó la manaza sobre el hombro y lo giró bruscamente, al tiempo que le decía algo en un idioma que Michel no entendió, pero comprendió se refería al whisky. Le dio la botella sin mirarlo. Era una bebida adulterada por esas fábricas de whisky escocés que tienen los asiáticos. Una verdadera basura.
Agarró la botella y se la bebió mirando al techo de un solo tirón, como si fuese una mamadera de leche dorada. Trató de aproximarse torpemente, señalando que quería más. Michel lo separó con su mano, y el gigante cayó al suelo como una bolsa de papas. Allí comenzó a roncar.
Sus compañeros de mesa se levantaron enfurecidos. Uno de ellos, también con rasgos occidentales, tomó una botella de gin por el cuello, y le dio un golpe en el borde de la mesa sacándole la base y dejando afilados cuchillos de vidrio al descubierto. El otro sacó una navaja automática que chasqueó metálicamente al abrirse. Avanzaban amenazantes, envalentonados por el alcohol y la heroína.
Michel no deseaba problemas. Comenzó a dar un rodeo para emigrar del local, cuando alguien que estaba a su espalda lo sujetó vigorosamente de las ropas.
Michel era marsellés y aventurero, en su errante vida había desfilado por los peores tugurios de Asia y había sobrevivido. Pero sus métodos de supervivencia eran demasiado drásticos. Sacó de entre sus ropas una pistola Steyr Parabellum GB de 9 mm., y disparó al que lo sujetaba desde atrás sin mirarlo. Apuntó fríamente a los dos que tenía delante, y los revolcó en el suelo con un tiro en las piernas a cada uno. Miró fijamente a los demás clientes, y guardó el arma con una calma mortífera que dejó helados a los parroquianos. Salió despacio, sin preocuparse de mirar atrás.
¡Se acabaron las reuniones para mí! Pensaba el marsellés. Que las sigan los muchachos con sus dragoncitos tatuados… Debo buscar aire fresco. Regresó a su casa, y dejó un mensaje escrito a Lulú para el Tigre.
Con un pequeño bolso de mano se fue hacia el aeropuerto. Alquiló sin regatear una avioneta Piper bimotor, para hacer un itinerario fotográfico de los arrozales de Nepal y las estribaciones del Himalaya. El piloto hablaba inglés y se entendieron estupendamente. Era un día espléndido para ver desde cerca la ruta hacia el Everest.
En pleno vuelo, inesperadamente apagó la radio, y le pidió al aviador que lo dejase en Gorakhpur, en la India. El desconcertado nepalí accedió entusiasmado con numerosos asentimientos de cabeza cuando vio que la negra boca de una pistola automática le estaba apuntando.
Aterrizó en unos campos sin labrar antes de llegar a la cuidad y le dijo afectuosamente al piloto, mientras le entregaba un fajo de dólares: – Regresa inmediatamente a Katmandú, jamás me has visto y aquí no ha pasado nada. Si me entero que abres la boca, volverás a volar por los aires… Pero sin el Piper.
El piloto levantó su dedo pulgar en una actitud muy yankee, se remetió los billetes entre sus ropas y desapareció en los cielos.
Michel se evaporó misteriosamente en la inmensidad de Asia, su otro hogar.
Capítulo 7
Washington D.C. – USA
El Comandante John Parker estaba reunido con el Dr. Weeb Sullivan, Comandante general de la Administración Ejecutora de las Leyes Sobre Drogas, más conocida como la DEA, en Washington. También asistían a esa cumbre antinarcóticos el Dr. John Macnamara, por el Departamento Fiscal, su secretario particular y asistente, el teniente David Kant, el mejor experto sobre temas de computadoras en la DEA, y un Senador Nacional, el Ing. en electrónica Patric Scherer, en representación del Presidente de los Estados Unidos de América.
Comenzaría un cónclave secreto y a puertas cerradas en uno de los salones internos de la Casa Blanca. Tratarían los temas de la efectividad demostrada por la DEA, el destino del Capo de la Mafia americana–siciliana, Frank Victorio Dordoni, y el estudio de factibilidad del inicio de una nueva Operación de Inteligencia contra el narcotráfico.
John Parker, era un profesional muy respetado dentro de la Administración del Estado y de la DEA, asimismo era amigo personal del Presidente. Sus proposiciones serían atendidas y examinadas con el máximo interés. De vez en cuando solía sorprenderlos con algunas ideas descabelladas que luego resultaban geniales.
Poseía una inteligencia ideal para el trazado de planes intrincados, donde las reacciones humanas de las partes involucradas debían encajar una con otra con la precisión de una dovela de granito en un arco romano.
La mesa oval de roble estaba por poco vacía, tan sólo lo indispensable frente a cada uno: un vaso junto a una botella de agua mineral y un simple legajo, conteniendo dos hojas escritas y otras dos en blanco, con una lapicera enganchada en su borde superior, además de una cafetera humeante disponible en autoservicio.
– Amigos, comenzó Parker, todos los presentes hemos intervenido en la toma de las decisiones finales de la Operación Anaconda, y todos las suponíamos acertadas. Pero cometí un error que a lo mejor, utilizado inteligentemente, podría ser aprovechado. Conocemos por nuestro agente especial Kevin Beck, que Frank Victorio Dordoni, el cabecilla de la Mafia, nos engañó con la evasión en el submarino. Fue su jugarreta maestra, que nosotros aceptamos como un signo de su derrota.
– El partido no terminó. Al presente, Frank le pide al Capo de Medellín que lo saque de Norteamérica. Sabe con certeza que su testa tambalea y en el interior del país no tiene futuro.
– Hasta aquí, lo lógico y pertinente sería implementar un acecho paciente y atento, y en cuanto asome las pestañas, capturarlo y terminar con la Operación Anaconda de arriba abajo.
– Pero debemos reflexionar, cosa que en ese momento, si lo hicimos, fue impetuosamente y eufóricos. Éramos los triunfadores sin haber terminado el partido…
– Antes de entrar a debatir ese asunto, quisiera que visualicemos el campo de batalla en su totalidad para establecer una estrategia global, optimando la eficacia de nuestras fuerzas sincronizadas.
– Analicemos la situación actual de la Administración Ejecutora de las Leyes Sobre Drogas: La DEA existe desde 1.973, tenemos demasiados años de existencia…
– ¿Qué hemos logrado?
– El balance es a todas luces deprimente: Hemos conseguido arrestar unos cuantos narcotraficantes, casi siempre segundones o de tapadera, que luego de interminables y costosos juicios salían en libertad o con una sentencia irrisoria. Hemos interceptado una pequeña fracción de las drogas, que posiblemente nos costaron más que comprarlas directamente en el mercado negro, si consideramos el costo de nuestra organización.
– ¡Pero el narcotráfico sigue cada día más floreciente!
– En definitiva, lo único que hemos logrado, es agilizar las mentes de los narcos para que introduzcan las drogas por medios increíbles, subir los precios, y fortalecer su organización en el área legal y estratégica.
– Los abogados de los delincuentes fueron seleccionados entre los más inescrupulosos, inteligentes y soberbiamente pagados para que se dediquen exclusivamente a ellos con alma y vida. Y lo hacen… o pierden la suya.
– Por otro lado, algunos banqueros ganan fortunas en un par de operaciones de lavado de dinero y muchos bancos son propiedad de los narcos.
– Si tienen controlada una red bancaria propia, podrían adulterar las cuentas y las transferencias, fraguar sus balances, ocultar información vital bajo el ropaje contable. Es natural que piensen realizar inversiones con créditos que ellos mismos se otorgan para comprar lo que sea, ¡Y descontar de sus ganancias legales los intereses que se pagan a ellos mismos!
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