El segundo capítulo de este libro muestra cómo la filosofía y la sociología se distancian entre sí cuando la segunda renuncia a establecer un posicionamiento moral respecto de la violencia para tratar de estructurar una interpretación comprensiva y causal de esta. La sociología deja de lado cualquier intento de construir un discurso moralizante en torno a la violencia —aunque no llega al extremo de considerarla como una herramienta o instrumento como lo propuso Arendt—. Esta disciplina se abocó a determinar cómo el armazón de los órdenes estructural y normativo modelaban las expresiones de la violencia. Así, Durkheim rastreó los fundamentos de la violencia en las lógicas de los sentimientos colectivos. Mientras que Weber ubicó los orígenes de la violencia tanto en los símbolos, como en el pathos y las formas de dominación de las comunidades políticas, introdujo la necesidad de considerar las implicaciones éticas de su uso. Por su parte, Parsons y Coser vieron en la violencia un componente central del funcionamiento de los sistemas de poder de las sociedades contemporáneas. En este sentido, cada uno de estos sociólogos abordó la violencia como un proceso donde el orden normativo y el estructural apuntaban a producir un cierto equilibrio social, lo que no significa necesariamente que ello estuviera dirigido a conservar una jerarquía social específica.
En la segunda parte de esta obra, examinamos las perspectivas contemporáneas de la sociología que centran su análisis de la violencia en los actores. Este apartado comienza con un capítulo donde se revisan cuatro propuestas teóricas de la violencia que se construyen a distancia del pensamiento clásico y contraponiéndose a él, puesto que centran su interés en la acción y no en la caracterización normativa o la comprensión del orden social de la violencia. Las propuestas teóricas analizadas se vinculan a los trabajos de Wieviorka, Joas, Collins y Tilly. [10]Cada uno de ellos ha desarrollado un proyecto dirigido a entender la violencia desde una herencia y tradición teórica particular. Joas se encuentra muy ligado al pragmatismo americano —William James, John Dewey, George Herbert Mead—, Michel Wieviorka, por su parte, plantea su teoría desde la tradición de la sociología del sujeto impulsada por Alain Touraine. Tilly construye una perspectiva histórico-política que le permite introducir elementos de larga duración en su modelo comprehensivo de la violencia. Finalmente, Collins recupera la tradición microinteraccionista relacionada con el pensamiento de Erving Goffman, incorporándole las perspectivas de Weber, Marx y, sobre todo, las de Durkheim.
Cada una de estas propuestas sociológicas contemporáneas permite apreciar la diversidad de las corrientes teóricas que alimentan una mirada a la violencia centrada en la acción, desde la cual se construye una crítica a las aproximaciones clásicas que subrayaban los factores estructurales, funcionales y disfuncionales, así como culturales y utilitarios, en las interpretaciones de ese fenómeno. Pero sobre todo, dicha diversidad permite apreciar las variantes que cada autor asigna al sentido de la acción misma. Estos posicionamientos se han confrontado de manera visible en la discusión entre Wieviorka (2011, 2013, 2014) y Collins (2011a, 2011b), la cual se caracteriza por la recriminación recíproca de no dejar atrás, de forma satisfactoria, los modelos estructurales y normativos. Más allá del desacuerdo, el debate evidencia que, en cualquier caso, la violencia termina siendo para ellos la consecuencia de una falla en los procesos de construcción de la subjetividad o de las interacciones. Lo que sugiere, por un lado, que los sujetos son incapaces de construirse a sí mismos y, por otro, que son inhábiles para garantizar la estabilidad de sus interacciones.
Como se pretende mostrar en el último capítulo de este libro, consideramos que ese reproche mutuo se debe a que las teorías en pugna cargan con las contradicciones propias de aquellas cimentadas en la dicotomía actores/estructuras o en el vínculo micro-macro. Para superar esta tensión, en ese ulterior capítulo se examinan las implicaciones de considerar la violencia en tanto que acción simbólica: agencia intrínsecamente conectada a la cultura, y no como proceso que se define por oposición a ella. Esto significa que la violencia no puede ser vista como la consecuencia de las externalidades estructurales y normativas, sino que debe visualizarse como acción representacional sujeta a interpretación. En consecuencia, es una acción inscrita en una red de sentido culturalmente definido por quienes presencian su ejercicio: las víctimas y los victimarios. Es por ello que la violencia es un performance , una escenificación en la que se pone en juego un conjunto compartido de representaciones colectivas donde los actores, individual o colectivamente, despliegan de forma creativa, e inteligible para otros, sus capacidades de hacer daño a una persona o cosa —con el uso convincente de la fuerza—, por medio de lo cual expresan el sentido consciente o inconsciente de su situación social. La violencia, en tanto performance , implica que está sujeta a interpretaciones diferenciadas que proyectan aspiraciones y temores colectivos por parte de los actores involucrados y de un conjunto amplio de espectadores. Cada uno de esos participantes pone sobre la mesa una serie de valores, ideales y construcciones morales particulares con respecto a su significado que se enmarca en las instituciones comunicativas y reguladoras de la esfera civil: este universo propicia al mismo tiempo la crítica y la integración social democrática.
Primera parte El orden normativo y estructural de la violencia
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