El día anterior habíamos sacado el barco del agua en Puerto Chico, le habíamos desarbolado, y J. M., el transportista, lo había colocado cargando sus aproximadamente 1.500 kg en los cuatro apoyos del remolque, con el quillote al aire. A todos nos pareció imprudente en un barco diseñado para varar apoyado en el quillote, y hubiéramos preferido transportarlo apoyado en él y utilizando los apoyos del remolque solo para el equilibrio lateral. Pero la discreción propia de encontrarnos ante un supuesto profesional nos hizo limitarnos a un comentario al que respondió haciendo una mueca y diciendo que “así iba bien”, y nos impidió insistir más en ese asunto, de lo que nos arrepentiremos toda la vida. El caso es que el barco tenía clavado el apoyo como la estocada de un toro, y asomaba por el interior a la altura del mamparo que separa el aseo de la bañera. El otro apoyo había empujado el mamparo hacia el interior y desarticulado el mueble bajo la colchoneta de la camareta. En un momento pasaron por mi cabeza los largos meses de preparación del viaje, los gastos ya realizados, los amigos que iban a acompañarme en las distintas etapas que perderían sus billetes de avión, y hasta los planes alternativos para el verano si no conseguía reparar aquel destrozo. Es lo que tiene aterrizar los sueños: que a veces tropiezas con la dura realidad. Ya entonces empecé a sospechar que Murphy se había metido de polizón en el Corto Maltés en ese viaje y quería fastidiar mi forma de entender la navegación (y la vida): perseguir la serenidad y la felicidad superando el temor a los elementos, a los convencionalismos sociales, al paso del tiempo y a la muerte. Si era así, el combate empezaba mal. Murphy: 1, Corto Maltés: 0.
Lo que pasó el resto del día no es para describirse. Naturalmente mi primer pensamiento fue abandonar y volver sobre nuestras huellas con el lisiado, pero enseguida el Pepito Grillo que llevo dentro y que me hace ver las dificultades como un reto a superar, se puso en marcha. Por supuesto en esas condiciones el barco no podía continuar ni un kilómetro, so pena de perforarse por otro de los apoyos, y pasamos toda la mañana en el arcén gestionando un camión que lo recogiera y buscando dónde repararlo. J. M. estaba preso de un ataque de nervios y no paraba de encender un pitillo tras otro (“elegí mal día para dejar de fumar”) y de buscar un arbusto donde orinar una y otra vez. En Santander, mi tierra, los astilleros con los que contacté no se esforzaron, todos me daban largas y evasivas y lo más que me ofrecían era ponerme en la lista de espera para empezar a repararlo dentro de 2 o 4 semanas. Por suerte en Getxo, que además era el puerto más cercano, se volcaron conmigo, me admitieron el barco en el varadero de Getxo Kaia, su puerto deportivo, y reorganizaron su trabajo para empezar la reparación ese mismo día. Al parecer en 2 o 3 días podía estar reparado y si fuera así empezaba a divisar algo de luz al final del túnel, quiero decir, a ser un poco optimista después de ver todo el plan de ese verano arruinado tras tantos preparativos.
La compañía de seguros del remolque, que no nombraré (Allianz) tampoco se esmeró, y después de toda la mañana esperando que encontrase una solución sin éxito, decidimos llamar nosotros a un transportista. Se trataba de un camión con plataforma y su propia grúa de “Carmelo e hijos”, en Ortuella, que se presentó a las 16 h. Nosotros llevábamos ya siete horas en el arcén, sin comer, y todos los sistemas de seguridad de la autopista, que nos habían visto por las cámaras, se habían puesto en contacto con nosotros por si necesitábamos algo. La maniobra para pasar el Corto Maltés al camión fue limpia y rápida, con la salvedad de que no conseguimos desinsertar el apoyo del casco y tuvimos que desatornillarlo del remolque y dejarlo incrustado en el barco para su transporte. José Luis, el conductor, sabiendo que venía a recoger un barco había cargado en la plataforma un soporte en forma de V para la popa, procedente de la carga de carretes de cable, que se adaptó a la perfección a la línea del casco calzado con neumáticos. Llegamos a Getxo (43º 20,43’ N; 3º 1,19’ W) esa misma tarde donde nos estaban esperando con una cuna, y gracias a que llevábamos la grúa del camión pudimos posarlo en ella, pues su travelift estaba en labores de mantenimiento. La reparación no pudo comenzar ese mismo día porque debía inspeccionar los daños un perito, con el que quedamos el día siguiente.
Ante mí, bajado a la fuerza de mi Olimpo particular, se abría una semana de incertidumbres. Era martes 3 de mayo, y el sábado 7 debía estar en el Club de Vela de Blanes para presentar el libro La vuelta a España del Corto Maltés*, a donde pensaba desplazarme desde Llançá por carretera. El domingo 8 tenía una cita con mi amigo Mario Soler en Llançá para empezar a navegar hacia Italia, y por la premura de sus fechas yo debía tener el barco ya aparejado, arbolado y a flote, con la despensa provista, para empezar a navegar. Parecía difícil conseguirlo todo con el barco inmovilizado y agujereado en la otra punta del país. Por si fuera poco tenía que buscarme alojamiento mientras durara la reparación, pues había que lijar y luego trabajar la fibra desde fuera y desde dentro de la embarcación, y el polvo de la lijadora y el olor de la resina impedirían vivir a bordo en aquel escenario de destrucción. Además iba a desordenar todo porque tenía que quitar todas mis cosas (ropa, comida, aparatos, etc.) de la zona de trabajo y amontonarlas en los rincones que quedasen libres.
Enseguida entré en contacto con mis amigos de la asociación de navegantes “Itsasamezten”, a los que conocía por nuestro contacto para organizar en Getxo una actividad de enseñanza de la vela con los niños de oncología del hospital de Cruces (“Carpe Diem”) similar a la que organizamos en Santander unos médicos y capitanes desde el año 2003** . Me lo pusieron fácil como la tabla del uno, pues consiguieron liberar de trabajo al profesional que me iba a reparar el barco y, no contentos con eso, me facilitaron instalarme en el barco de uno de sus miembros, el Karmele, de Ander Akesolo, mientras durasen los trabajos. La verdad es que navegando se conoce a gente con muy buena entraña. Aquella motora fue mi hogar adoptivo esa semana fatídica, y el estar en el mismo puerto me facilitó mucho toda la supervisión y apoyo a las tareas de la reparación.
El día siguiente por la mañana el perito de la compañía de seguros admitió los daños y comenzó la reparación. Se encargó de ello Javi Bidegorri, un profesional que brilla con luz propia en “La Planchada” (que es como llaman en Getxo al varadero) y el artífice del milagro de reparar un boquete de 30 cm en el casco de un barco y la luxación de un mamparo en tres días. Todo el personal de la Marina de Getxo se portó de maravilla pero Javi especialmente. Por cumplir el plazo a que se había comprometido trabajó desde por la mañana hasta las 22:30 h, y eso sin la sonrisa secuestrada. Como hacía mucho calor la fibra secaba rápido y el primer día ya estaba reparado el agujero por fuera y empezando a rematarlo por el interior. Además decidimos enfibrar también la zona que se había ablandado, la del apoyo de proa y estribor, para hacerla más sólida aunque no se hubiera perforado. El principio de los trabajos fue lo peor, lijando dentro del barco y respirando el polvillo de la fibra, que además se esparcía por toda la camareta. Por suerte, Javi consiguió una aspiradora industrial que chupaba una gran parte del polvo en la zona misma que lijaba, y que luego me la dejó para la limpieza general antes de devolverla. Luego vino enfibrar por dentro con varias capas, para que la zona reparada quedase incluso más fuerte que el resto del casco. Y finalmente limpiar y recolocar todo.
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