Una muestra de la variedad de razas de perros que el hombre, por medio de la selección artificial, ha conseguido en solo unos pocos miles de años.
Fuente: Leith (1986).
Incrementos análogos han sido obtenidos en el ganado lechero y en otros animales de granja. Una vaca sin selección produce unos 400 litros de leche por año. En Estados Unidos, en 1955, el rendimiento medio de una vaca alcanzaba los 4.275 litros, y en 1967 se había elevado a 5.500. En las ovejas se ha pasado de 1 a 20 kilogramos de lana por individuo, con fibras más largas y de mejor calidad. Se ha logrado también, por selección artificial, aumentar el contenido proteínico del maíz, de 10,9 a 19,4 %, o disminuirlo a voluntad hasta el 4,2 %. El algodón ha sido seleccionado por la longitud de la fibra, a consecuencia de lo cual la semilla ha perdido toda su capacidad de vuelo libre, mientras que el hilo ha incrementado su resistencia.
Cabe en este momento considerar los casos de evolución rápida desencadenados por pesticidas y antibióticos. Cuando se descubrió el dicloro difenil tricloroetano (ddt), su eficacia para eliminar insectos era altísima. Con el uso continuado —o abuso, mejor—, fueron desarrollándose variedades resistentes que se vieron favorecidas por la eliminación de las no resistentes y pudieron ocupar su nicho. Hoy solo nos quedan sus descendientes, poseedores de una obstinada herencia resistente al pesticida en cuestión. Con los antibióticos, la historia ha sido similar: las bacterias han ido evolucionando y de manera paulatina se han vuelto resistentes a los antibióticos en uso, lo que ha obligado a los investigadores a estar siempre creando nuevos productos. Gracias a la evolución, con los antibióticos caminamos y caminamos y siempre nos mantenemos en el mismo punto.
Existe en el mar del Japón un cangrejo apodado heike, cuyo caparazón se asemeja asombrosamente a la cara de un guerrero samurái (véase figura 3.3). Cuenta la leyenda que después de que los samuráis heikes fueron derrotados de manera aparatosa en 1185, y su flotilla destruida completamente, los guerreros que no murieron bajaron al fondo del mar, donde hoy todavía continúan paseándose, pero transformados en cangrejos. Es posible —propuesta interesante del astrónomo y divulgador científico Carl Sagan— que esta coincidencia sea el resultado final de un proceso típico de selección artificial que partió de la existencia casual de un individuo mutante, o de toda una familia de cangrejos poseedores de un caparazón con dibujos que semejaban un poco el rostro adusto de un samurái (todos los hombres tendemos a ver rostros humanos donde no los hay; en las nubes, con frecuencia). Por respeto a la leyenda pudieron crearse escrúpulos para consumirlos. Los pescadores de cangrejos, en consecuencia, se han visto presionados por sus conciencias y su infinita credulidad a devolver al mar todos los ejemplares extraídos que conserven esa característica y, con mayor razón, aquellos que por mutación acentúen más el parecido samurái. Esta acción, repetida día a día durante más de ochocientos años, pudo haber creado por selección artificial —y sin proponérselo, claro está—, la especie actual de cangrejos heikes. Aquí sí cabe decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Figura 3.3 El cangrejo heike
El cangrejo heike presenta grabados en su caparazón que recuerdan —de lejos— la cara de un guerrero samurái. ¿Será un resultado más de la selección artificial?
Fuente: imagen de Wikipedia.
Un día cualquiera de 1791, en algún lugar de Escocia, los vecinos del granjero Seth Wright le aconsejaron que sacrificara un extraño ejemplar de oveja de patas muy cortas que acababa de nacer en su propiedad. Wright no quiso atender el consejo, pues pensaba, con malicia campesina, que en cuanto a lana y carne, el nuevo ejemplar estaba en las mismas condiciones de las restantes ovejas, pero que su pequeña alzada permitiría reducir la altura de las cercas, con la consiguiente economía de madera y mano de obra. En pocos años, utilizando el ejemplar paticorto como semental, obtuvo todo un rebaño —raza Ancon— con la misma característica, lo que demostraba concluyentemente que el rasgo era heredable y correspondía a una mutación económicamente afortunada. Y el fenómeno genético que dio lugar a las ovejas Ancon volvió a presentarse de manera espontánea en Noruega, treinta años más tarde, lo que, de paso, demuestra que el genoma tiene sitios frágiles, con mayor propensión a mutar que los restantes.
La selección artificial, es fácil advertirlo, no es más que un caso que se ajusta con toda perfección al modelo general. El agente selector está constituido por la mano caprichosa del hombre, en tanto que los criterios de selección vienen impuestos por consideraciones prácticas, como el rendimiento económico, la resistencia a un clima particular, la inmunidad frente a las enfermedades más comunes, la belleza de los ejemplares o su rareza. En general, casi cualquier característica deseable puede ser tema de selección.
Neodarwinismo o gradualismo
Cuando el nicho es estable y la población es grande, el proceso evolutivo se mueve a baja velocidad; esto es, la evolución se efectúa gradualmente, y si ocurre especiación es, en general, por acumulación de un número grande de cambios pequeños. Existen múltiples casos que demuestran que el gradualismo —no el microgradualismo— ha sido responsable de una parte significativa de todo el proceso evolutivo. Los pinzones de las islas Galápagos, que supuestamente colaboraron con Darwin en la génesis de la idea de la selección natural, son descendientes de una especie ancestral que por azar llegó a las islas en algún momento remoto en que no había especies competidoras y que luego, después de repartirse uniformemente por todo el archipiélago, comenzaron a evolucionar de manera divergente y gradual hasta adaptarse cada grupo al nicho particular que le tocó en suerte.
La evolución del caballo ha seguido un proceso gradual que debió comenzar con un animal de cinco dedos y poca alzada, adaptado quizá para correr zigzagueando en entornos poblados de árboles, continuó con el Eohippus, de cuatro dedos en las extremidades anteriores y tres en las posteriores, pasó luego por el Miohippus, de tres dedos, más tarde por el Merychippus, también de tres, pero ya con los dos dedos laterales atrofiados, y terminó en el caballo actual, de un solo dedo muy desarrollado y una alzada mucho mayor que la de sus antecesores, adaptaciones para correr en línea recta por la sabana abierta. A medida que iba ocurriendo esta disminución en el número de dedos, el central se robustecía y la talla de los animales sufría un aumento progresivo, en tanto que los molares se hacían más fuertes, con relieves cada vez más elaborados.
Los paleontólogos Tony Arnold y Bill Parker, vinculados a la Universidad Estatal de Florida, llevan varios años clasificando foraminíferos —unicelulares—. En la mayoría de las trescientas treinta especies clasificadas hasta el momento han observado, como regla general, un gradualismo perfecto en su evolución, sin eslabones faltantes. Gracias al pequeño tamaño de los organismos estudiados, y a las condiciones ambientales, es común encontrar fósiles intactos, lo que permite hacer el seguimiento, paso por paso, de sus recorridos evolutivos. En algunos de ellos han ocurrido tan rápidamente los cambios que en solo doscientos mil años se ha producido una nueva especie.
El estudio anterior ha servido también para verificar aspectos particulares del modelo teórico darwiniano. En efecto, después de la extinción del Cretácico, los fuertes cambios ambientales ocurridos y la presencia de tantos nichos vacíos dieron lugar a una alta tasa evolutiva, con generación ultrarrápida de especies nuevas, en fiel concordancia con el modelo y de acuerdo, también, con lo predicho por la teoría de los sistemas irreversibles.
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