Antonio Vélez - Del big bang al Homo sapiens

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Del big bang al Homo sapiens resume de manera amena, didáctica y bella los acontecimientos que llevan al Homo sapiens: desde el surgimiento del universo y los orígenes de la Tierra, pasando por la aparición de la vida y sus incontables desarrollos evolutivos, hasta el presente, con consideraciones sobre nuestro futuro.Con ayuda de varias ciencias, que su formación como ingeniero y matemático le permiten usar, el profesor Antonio Vélez explica con profundidad el modelo darwiniano de la selección natural: la primera célula, el gen, los organismos multicelulares, los cordados, los primeros peces, las primeras plantas, los dinosaurios, los primates, los prehomínidos y homínidos, y todas las complejidades del intelecto y el comportamiento del hombre moderno. En su prosa brillan la claridad y la sencillez propias de un gran maestro, sin dejar por fuera la complejidad, la sofisticación y la poesía.En su cuarta edición,
Del big bang al Homo sapiens se reafirma como un libro fuera de serie, que les permite tanto a legos como a especialistas adentrarse en un tema apasionante, que todos deberíamos conocer a fondo para tratar de entender al ser humano. Se puede asegurar que este libro se convertirá en un clásico de la literatura sobre la evolución.
Ana Cristina Vélez

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La naturaleza ha sido maestra en el arte del bricolaje. Las alas de las aves fueron patas delanteras en los reptiles que las precedieron, y esas mismas extremidades sirvieron como aletas a los peces que precedieron a los reptiles. Pero muchísimo antes de eso, en los protopeces, fueron simples pliegues cutáneos que se proyectaban a lado y lado para darle estabilidad dinámica al cuerpo del animal. Los biólogos hablan de homología: la misma estructura básica con disfraces diferentes. En los pingüinos, las alas se conservan casi inalteradas, pero vuelven a su función primigenia, la natación. En los animales de vida subterránea se convirtieron en palas para excavar, y en el hombre se transformaron en la herramienta natural más fina y versátil que se conoce, protagonista importante en la evolución de la inteligencia.

La aleta caudal de los peces primitivos se convirtió más tarde en la cola de los mamíferos. En algunos dinosaurios y en los pangolines se transformó en arma de defensa; en los canguros pasó a desempeñar el papel de palanca impulsora; en los perros y lobos es parte del equipo de señales sociales, mientras que en las ardillas es órgano de equilibrio; en los monos suramericanos se convierte en una quinta mano, fundamental para sus desplazamientos por las ramas de los árboles, y el ganado destina el mismo apéndice a una función más humilde: espantar moscas y otros bichos molestos.

La lengua comenzó siendo un instrumento alimentario. Además de colaborar en la recolección del alimento, se convirtió en una estación de selección de nutrientes apropiados y de rechazo de los inapropiados. Recordemos que en la lengua del hombre se encuentran papilas gustativas sensibles a cuatro sabores básicos: el dulce de los alimentos energéticos, el salado del compuesto vital, el agrio de lo fermentado y el amargo de las sustancias tóxicas.

En ciertos animales la lengua se convirtió, además, en un órgano prensil, como ocurre en ranas, camaleones, ganado vacuno y caballar, o en el órgano de refrigeración de perros y lobos. En el hombre la lengua adquirió un papel más distinguido: participar en el manejo de la parte verbal del lenguaje. Y en algunos humanos especialmente dotados —Pavarotti, Plácido, Monserrat— la lengua llega a ser parte de un auténtico instrumento musical. Y puede también desempeñar la excitante función de instrumento amoroso, por igual en hombres y bestias.

La sonrisa del hombre se debe a la transformación directa de un gesto de sumisión que poseían los primates que le antecedieron, y este, a su vez, fue posible gracias a modificaciones menores en la musculatura de succión de los mamíferos. Las escamas fueron al principio células de la epidermis endurecidas para servir de cubierta protectora. De ellas, por transformación directa, se derivaron las plumas de las aves y los pelos de los mamíferos terrestres. Como recuerdo de esta antigua historia, en algunas gallinas y palomas las escamas de las patas aparecen transformadas espontáneamente en plumas, lo que sugiere una corta distancia genética entre esos dos recubrimientos, no obstante la distancia fenotípica ser tan grande. La boa constrictora ha convertido todo su cuerpo en un brazo descomunal con el que estrangula brutalmente sus presas. Los huesos articulares del maxilar inferior de los reptiles primitivos se desplazaron para convertirse en los huesecillos del oído medio de los mamíferos. El galope del cuadrúpedo estepario se conservó, con ligeras modificaciones, pero adquirió una nueva presentación: el elegante nadado ondulante de delfines, focas y ballenas, y en el menos elegante y mal llamado estilo mariposa de los nadadores olímpicos.

Si hacemos honor a la exactitud, la evolución poco crea: modifica y modifica lo existente hasta darle una nueva presentación. El tan citado Stephen Jay Gould dice que la selección natural es un cedazo, no un escultor. Desde el Cámbrico, la evolución parece estar reciclando sus productos básicos. La planta o el animal ya existen y poseen características dadas que deben modificarse gradualmente para adaptarlas a un nuevo nicho. El proceso evolutivo no tolera cambios tan grandes como los requeridos para alterar por completo el diseño básico. Habría que comenzar todo desde el principio, y esto no es posible. La evolución no empieza nunca a partir de cero. Borrar y comenzar de nuevo es el procedimiento ideal, pero no le es permitido a la evolución. Su problema es un caso típico de máximos y mínimos con restricciones. Y lo resuelve de manera más que admirable.

Lo anterior, entonces, aclara por qué cuando observamos algunas formas vivientes tenemos la sensación de que el diseño no es el mejor, pero, a pesar de todo, reconocemos que su funcionalidad y adaptación son de una perfección increíbles. Y más notable aún, cuando apreciamos su perfección dentro de limitaciones estrechísimas. Los ojos de los mamíferos y cefalópodos evolucionaron siguiendo caminos distintos y apartados, pero llegaron a resultados casi idénticos. No obstante, existen pequeñas diferencias anatómicas, resultado de los caminos evolutivos particulares, convertidas en grandes diferencias funcionales, con ventaja apreciable para los segundos. Pues bien, en los cefalópodos (véase figura 2.4) los vasos sanguíneos que alimentan la retina, así como los ramales nerviosos que parten de allí, están situados por debajo de ella, de tal suerte que no interfieren con la luz incidente, como sí es el caso en los mamíferos, en los que el orden de los factores se encuentra invertido. Y hay un pequeño detalle que vale la pena destacar: el punto ciego (véase figura 2.5), esa pequeña mancha de la retina que corresponde al agujero de salida del nervio óptico, y que limita un poco nuestra visión (en los tuertos es un poco más notable el efecto), no existe en los cefalópodos.

Figura 24 Ojo humano y ojo de pulpo En el ojo humano el nervio óptico cubre - фото 11

Figura 2.4 Ojo humano y ojo de pulpo

En el ojo humano, el nervio óptico cubre la retina y le roba algo de luz. En el pulpo, un mejor diseño, la retina está por delante de la red nerviosa.

Fuente: Gregory (1965).

Figura 25 Punto ciego Si desea verificar la existencia de su punto ciego - фото 12

Figura 2.5 Punto ciego

Si desea verificar la existencia de su punto ciego, cierre el ojo izquierdo y mire fijamente el punto negro. Cuando la figura está situada a unos 25 centímetros de distancia, el punto negro desaparece.

Fuente: Lewin (1982).

Uno de los mejores argumentos prácticos para apoyar las ideas del mal diseño biológico lo constituyen los órganos reproductores del hombre (Hass, 1987). Durante la primera etapa embrionaria, los testículos están localizados cerca de los riñones, en una posición similar a la que ocupan en las lagartijas adultas (la ontogenia recapitula otra vez la filogenia). De ahí descienden, al continuar el desarrollo fetal, y cruzan por la parte anterior del tronco hasta quedar localizados en su posición definitiva. A causa de tal desplazamiento, el conducto espermático se ve obligado a dar un rodeo completo a la vejiga, recorrido incómodo, largo e innecesario. Un diseño defectuoso que arrastramos toda la vida, consecuencia de nuestro pasado reptil.

Sobre este tema particular se expresa así Stephen Jay Gould (1984):

La evolución queda expuesta en las imperfecciones que se registran en una historia de descendencias. ¿Por qué debería correr una rata, volar un murciélago, nadar un delfín y yo escribir este ensayo con estructuras conseguidas a partir de los mismos huesos, sino porque todos los heredamos de un antecesor común? Un ingeniero que partiera de cero podría diseñar unas extremidades mejores para todos y cada uno de los casos (p. 276).

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