—¿Qué coño quieres? —escupió Laryssa.
Su mirada, casi tan oscura como la de su hermano, era de odio, de rabia. No se lo reprochaba, al contrario, lo entendía. Se había portado conmigo como una hermana y yo había aprovechado esa ventaja para mi propio beneficio. Cualquiera hubiese reaccionado de la misma manera.
—Con que me escuchéis es suficiente. —Me froté las manos en el pantalón, los nervios hacían que me sudasen.
—Ya lo sabemos todo —replicó Murik.
—Es mejor no remover la mierda, Babette —añadió Venyamin, pasando un brazo por los hombros de su novia en gesto ¿tranquilizador? ¿cariñoso? Lo observé. Su físico era el del típico mafioso ruso: pelo largo y oscuro recogido en una coleta y la barba más larga de lo que a mí me gustaba. Era alto, pero no tanto como Miki y los gemelos, y más delgado, aunque con los músculos muy definidos.
—Siento todo lo que está pasando —empecé disculpándome.
—Es tu trabajo —atacó Zoria. Era el que más lejos se encontraba, apoyado sobre el billar con los brazos cruzados—. Y ya está acabado, no tienes nada que hacer aquí.
—No voy a negar nada de lo que he hecho. —Mis palabras sonaron firmes esa vez—. Todo lo he hecho por una razón: mi trabajo.
—No sé por qué no te han metido un tiro entre ceja y ceja —se preguntó Venyamin más para sí mismo que para mí.
—Sin embargo, todo se complicó —continué ignorando su comentario—. Os convertisteis en una verdadera familia para mí; si os hago daño, me estaría haciendo daño a mí misma.
—Ya nos lo estás haciendo —atacó mi excuñada.
—También me lo estoy haciendo a mí, pero es lo correcto.
—No te creo una maldita palabra. —Laryssa se empeñaba en cortar cada una de mis frases.
—Pensadlo de otra forma: yo os quiero a todos a pesar de lo que sois, de lo que hacéis, de a qué os dedicáis.
—¿Quieres culparnos de algo? ¿Quieres ser tú la víctima, Babette? —preguntó Varinka.
—¿Te crees mejor por ser poli? —inquirió Zoria—. Nosotros no somos peores que vosotros. La escoria como tú nos permite hacer cualquier cosa por un buen fajo de billetes.
—No creas estar en el bando correcto —añadió Murik—. Nosotros no traicionamos a los nuestros. Jamás.
—No he venido para hablar de bandos, de cuánto daño causamos unos y otros o del grado de culpa que tenemos. Para nada. Simplemente me gustaría que os pusieseis en mi lugar. Vosotros también me ocultasteis vuestra verdadera identidad y no os culpo por ello. Cada uno tiene sus razones para obrar de la forma que considera correcta, os pido que intentéis entender las mías.
—Necesitamos tiempo, Babette. Es como si una bomba estallara en nuestra propia casa. —Dara sonrió sin enseñar los dientes. Parecía la más tranquila de todos—. De hecho, ha estallado en mi propia casa. Todavía estamos valorando los daños.
—Puedo esperar —respondí con una leve sonrisa—. Una cosa más: todo era falso, todo formaba parte de un plan, se regía por un guion; pero el cariño que os tengo y el amor hacia Miki nunca han sido una mentira. Decidáis lo que decidáis, quiero que sepáis que no arriesgaría mi vida por alguien que no me importa, yo también tengo mucho que perder.
—No quiero escucharte más, ¡lárgate! —me gritó Laryssa.
—No nos importa lo que te pase, ya no eres de nuestra familia, ni siquiera nuestra amiga —añadió Venyamin—. Estamos en bandos contrarios; como siempre, supongo.
—Vete, Babette. —Las palabras de Nitca me dolieron más que las del resto porque, al contrario que los demás, ella no me había gritado o escupido veneno infectado de rabia. Su voz estaba rota, cargada de tristeza.
—Claro. —Me giré y salí de la habitación con Aleksei pisándome los talones.
—Vete, Babette. Llama un taxi y vete.
—Necesito verlo. —Lo miré suplicante.
—De eso nada, por hoy es suficiente. —Vi cómo Aleksei negaba con la cabeza mientras subía las escaleras de dos en dos.
—Por favor, lo buscaré yo sola. No necesito que me acompañes. Por favor, déjame ir.
—Sube, pero no tardes más de media hora o Egor te matará. Ya lo has oído. —Me dejó pasar delante, aunque él subía detrás de mí.
La primera habitación en la que miramos fue en la de Miki. Aleksei había entreabierto la puerta para comprobar que no estaba después de no haber respuesta al tocar.
—Seguro que está aquí. —Se paró enfrente de la biblioteca y tocó con fuerza. Nada. Volvió a llamar con más ímpetu y esa vez Miki respondió enfadado:
—¿Qué? ¿No podéis dejarme en paz un puto minuto?
—Pasa y no tardes —me apuró abriendo.
Entré con pasos temblorosos, parecía que el valor y el coraje se habían quedado con Aleksei, en la puerta. Estaba sentado, de espaldas a mí, mirando por la ventana con un vaso en la mano.
—Miki —susurré. Se levantó como un rayo y se frotó los ojos. Los tenía rojos y brillantes, estaba llorando. Opté por simular que no me había dado cuenta.
—¿Qué coño haces aquí? Vete. —Señaló con el dedo hacia la puerta.
—Por favor, Miki. —Esa frase se estaba volviendo una rutina en mi vocabulario—. Puedo explicarlo.
—No necesito una explicación. Todo lo que has hecho desde que llegaste ha sido engañarme, así que sal de mi vista. ¡Déjame tranquilo! —empezó a gritar.
—Piensa, Mikhail —empecé a alzar la voz—. Tengo el trabajo de mi vida. Con veinticuatro años he conseguido lo que nadie antes pudo, ¿por qué lo echaría a perder? Por ti. Porque solo me importas tú; que me despidan del trabajo, que me destierren de mi país si me dejan estar a tu lado. Solo necesito eso, solamente te necesito a ti. —Gesticulaba sin parar, los nervios y el miedo provocaban que quisiese explicarme por todos los medios posibles, dar más credibilidad a mis palabras.
—¡Mentira! —gritó—. ¿Quieres volverme loco? ¿No te llegó con destrozarme y amenazar a mi familia?
—Eso no es cierto, no os ocurrirá nada. Sabes que no sería capaz de hacerte daño; por mucho que lo niegues, lo sabes. Dame una oportunidad. —Vacilante, di un paso adelante.
—¿Una oportunidad? ¿No te parece suficiente? Te di entrada libre y no te lo pensaste dos veces. —Alzó dos dedos en alto, luego se frotó la frente con brusquedad y acabó agarrándose la nuca con la mano y echando la cabeza hacia atrás antes de continuar destilando veneno hacia mí—. Te clavaste en mi corazón y no encuentro el mango del puñal para sacarte. ¡Maldita seas!
—No es necesario que lo hagas. Te amo. ¿Por qué no puedes dejar a un lado todo y amarme tú también?
—Nunca volveré a amarte como lo hice, por mucho que me duela. El inmenso amor que te tenía está transformándose en un profundo y creciente odio. —Su oscura mirada era fría como el hielo.
—Entonces no eres quien yo creía. El invencible Mikhail Korsakov no es más que un cobarde —lo ataqué en un acto desesperado que no arreglaría nada.
—Tus palabras ya no me afectan. —Se le escapó una lacónica carcajada nerviosa—. No quiero volver a verte. Puedes coger un avión mañana mismo y regresar a donde nunca debiste haber salido. —Su voz se tornó más tranquila, pero continuaba cargada de rencor. Lo veía en su mirada y lo olía en el ambiente. Había cambiado. Habíamos pasado de un día soleado a una noche oscura y de tormenta, que se prolongaría tiempo. No sabía cuánto, eso sí, sería mucho.
—Por ahora no me iré, esperaré a que cambies de opinión. —Lo decía para consuelo propio porque sentía que no sería así. Que habíamos acabado. No un punto y coma ni un punto seguido, ni siquiera un punto y aparte; nuestra relación había marcado el punto final con un boli que no tenía más tinta.
Читать дальше