1 ...8 9 10 12 13 14 ...21 —Mientras sus manos solo los alcancen a ellos, no tengo problema. ¿Las has traído? ¿Y las fotos?
—Sí. —Abrí la mochila y saqué un sobre—. Aquí tienes los pendrives con las grabaciones y las fotos.
—¿Con todas las grabaciones? —Sabía por dónde iban los tiros.
—Sí, con todas, incluso las del cuarto de Miki. No quiero esconderle nada, aunque hace un tiempo que desconecté los micros de su casa.
—¿Es la única copia? —Alzó las cejas a la vez que el sobre con las pruebas—. ¿El micro de los Kostka sigue activo?
—Por supuesto que continúa activo, y por supuesto que no es la única copia. Os daré todo cuando me sienta segura.
—¿Temes por tu vida? —Otra vez no era una pregunta.
—Basta con que mires a mi alrededor para darte cuenta de que no son miedos infundados.
—Quiero que me informes de todo lo que escuches en la mansión Kostka. Volverás la semana que viene; si escuchas algo urgente antes, me llamas. —Estaban asquerosamente acostumbrados a dar órdenes.
—Estoy a tus órdenes —respondí rodando los ojos.
—Una última cosa antes de que te marches: dime dónde están los micros de la casa de mi hermano. Los quiero hoy mismo fuera de allí.
—Es bueno desconfiar, Liov, aunque no es de mí de quien deberías hacerlo. Si eso te preocupa, si quieres fuera los micros, los quitaré yo misma. —Los dispositivos eran característicos del CNI, no podía dejarlos en sus manos.
—No cederás, ¿verdad?
—Verdad.
—Mi hermano te ha prohibido la entrada.
—Tendrá que quitar el veto durante media hora.
—Vamos para allá, entonces —dijo levantándose de la silla y animándome a hacer lo mismo.
—No te convenceré para hacerlo otro día, ¿verdad? —Copié su forma de preguntar.
—Verdad. —Otro atisbo de sonrisa quiso escaparse de sus labios.
De camino a la mansión Korsakov, puso al corriente a su hermano. No creo que le hiciera mucha gracia que me dirigiera hacia allí para quitar los micros que llevaban meses regalándome tanta información, aunque menos le gustaría pensar que podía seguir escuchándolos. No le quedó más remedio que ceder.
Egor nos abrió la puerta antes de llamar.
—Todo tuyo —dijo abriendo las manos para abarcar el espacio.
—Quitaré primero el del salón —le informé caminando en esa dirección.
Los dos me siguieron en silencio. Estaba vacío. Cogí una silla y me subí a ella para alcanzar la gran foto de familia. Bajé con cuidado y me senté con el gran marco encima. No me veía capaz de quitar el dispositivo en lo alto bajo la atenta mirada de los imponentes hermanos Korsakov. Se parecían. Tenían el mismo color de pelo y los mismos ojos, Liov un poco más claros que su hermano, la nariz un poco más larga y los labios más gruesos. Pero ambos con las facciones bien marcadas, al igual que Miki y los gemelos. Liov era más alto, Egor más ancho.
Al acabar, puse la foto en su sitio y alcé el micro con dos dedos para que lo viesen.
—Me queda otro —le informé a Egor—. En la habitación de Miki.
No me respondió, entrecerró los ojos y susurró lo que seguramente fue una maldición en mi contra. Apuré el paso escaleras arriba, con ellos pisándome los talones.
Abrí la puerta y, al primer paso, tuve que detenerme. Todo estaba por los suelos, desordenado y roto. Mi disfraz seguía donde lo había dejado, en un rincón, desparramado, con la peluca cerca.
—Date prisa —me ordenó mi exsuegro al ver que no reaccionaba.
Tragué con fuerza y aspiré hondo antes de caminar hacia la cama. Me descalcé y subí a ella para poder alcanzar la foto. Antes de darme tiempo a cogerla, un grito me sobresaltó, seguido de Miki acercándose como un huracán.
—Pero… ¿qué coño hace ella aquí?
—Miki, para, para. —Su padre lo agarró para impedir que llegara junto a mí. Los tres apenas habían dado más de tres pasos desde la entrada. Era lo mejor debido al desastre que había.
—¿Qué coño hace? —Esa vez le pedía explicaciones a su padre y no a mí—. Sácala de mi habitación.
—Se irá en cuanto haya quitado el micro —le explicó su tío.
No podía soportarlo, su rostro se tiñó de un dolor tan grande que me dejó petrificada.
—¿Estás diciéndome que tengo un micro en mi cuarto? Que lleva… ¿cuánto tiempo? —pregunté sin dar crédito a lo que me estaba pasando. Me sentía como si me acabasen de tirar un caldero de agua helada por encima.
—Desde el primer día que me duché aquí, a la semana de llegar. Lo coloqué el día de nuestro primer combate de esgrima —me explicó Babette sin levantar la voz y con una mirada ¿triste?
—Estás de broma, ¿no? ¿Me estás diciendo que llevas más de medio año espiándome?
—Sí.
—No puedo creérmelo. —Pasé las manos por mi pelo—. ¿Qué coño pensabas descubrir en mi cuarto? ¿Querías saber hasta qué punto llegaba mi amor por ti? ¿O tenías miedo de que me tirara a alguien más? —acabé gritando. Mi padre y mi tío se echaron hacia atrás. Suponía que para darnos privacidad. Eso ya me daba lo mismo; a aquellas alturas, no quedaba ningún secreto por descubrir.
—Era mi trabajo, Miki, yo… —No dejé que continuara, no quería escucharla.
—Pues déjame decirte que podría besar el suelo que pisabas, que jamás había querido a nadie como te quería a ti. Y, por si tenías dudas, eres la única tía que ha dormido ahí. —Señalé mi cama con el dedo índice—. Y desde luego que serás la última. Te habrás reído de mí a diario, escuchando cómo caía a tus pies. Disfrutarías con cada palabra, cada te quiero era una batalla menos. ¿Te has divertido?
—Al contrario. No voy a negarte que me alegraba acercarme a ti, era lo mejor para mi trabajo, pero después apenas podía escucharlas sin que me produjeran náuseas, hasta que dejé de hacerlo. No podía. —Dejó de mirarme para acabar con lo que había venido a hacer. Con una maña que odiaba ver, quitó el pequeño dispositivo del cuadro y volvió a colgarlo.
—Maldita seas, eres peor que un demonio. ¿Te has parado a pensar el daño que podías hacer? —Bajó de la cama y se quedó mirándome fijamente—. Nosotros también somos personas. No te importó acabar conmigo de la peor manera.
—Eso no es cierto, Miki.
Volví a interrumpirla, necesitaba soltar todo lo que tenía dentro.
—Pese a las estúpidas conjeturas o prejuicios que te hayan inculcado, yo también tengo sentimientos. Siento y sufro como cualquiera, y como prueba de ello, aquí me tienes. Estoy destrozado, acabaste conmigo. Apúntate ese tanto, Babette, nadie puede decir lo mismo que tú. Nadie puede presumir de haber acabado con el heredero Korsakov, salvo tú. Espero que lo hayas disfrutado, que todo lo que has hecho te sirva, porque a partir de ahora no volverás a sentir ese amor que te daba poder absoluto sobre mí.
—No es cierto, Miki. Lo siento, lo siento tanto. No puedo cambiar el pasado o lo que he hecho, pero puedo cambiar el futuro, puedo explicarte…
—Se acabó. Ahora experimentarás en carne y hueso lo que es el sufrimiento. Sabrás lo que se siente cuando la persona que más amas te cause el mayor dolor que puedas imaginar.
Babette empezó a llorar, no de forma brusca y ruidosa, sino que las lágrimas salían de sus ojos como chorros de agua, que intentaba aguantar pestañeando y limpiando con la manga.
—Una última pregunta. —Mi curiosidad por saberlo pudo más—: ¿Por qué coño te disfrazaste de ángel cuando estabas realizando un acto tan vil y cruel?
—Me llamo Dabria, significa «ángel» en latín.
—¿Una especie de juego macabro para sentir tu victoria más real?
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