Bárbara Bouzas - Lágrimas de dolor

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Las
cartas están sobre la mesa. La verdad ha salido a la luz.
El muro de hielo se ha derretido.Dabria no podía vivir con una carga tan pesada, no podía llevar a cabo su misión. Antepuso el amor que sentía por él a cualquier otro sentimiento racional, creyendo que juntos podrían superarlo todo. Arriesgó y perdió.La verdad ha devastado a Miki, lo ha dejado hecho pedazos. El amor que sentía por Babette se ha transformado en un creciente odio hacia Dabria.Todos saben lo que tienen que hacer. El precio que le corresponde pagar es el mismo que a cualquier otro traidor o, incluso, peor; sin embargo, la necesitan. El mando de las Tres K se tambalea como nunca lo ha hecho en sus doscientos años y solo hay una persona que puede ayudarlos a evitar que los Kostka y Kovalenko se hagan con el poder: ella. Mientras la necesiten no pueden matarla, pero ¿qué pasará cuando dejen de hacerlo? ¿Qué ocurrirá si alguien más se entera y se adelanta?Hechos inesperados cambiarán a la joven mulata. Sufrirá la experiencia más dolorosa de su existencia, llevándose vidas en el camino, incluso puede que la suya propia.¿Se retractará Miki de sus actos? ¿Será capaz de perdonarla?
¿O, por el contrario, quien empuñe la daga?

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—Sí, por favor, y creo que me vendría bien algo de comer. —Me incorporé para alcanzar un croissant que estaba en una bandeja al final de la mesa. Me detuve antes de llegar a tocarlo, en su lugar, tomé un bollo de leche que había al lado.

—¿Te preparo algo? —me preguntó, alegre de que por fin tuviera apetito.

—No, me comeré un par de estos —respondí dándole vueltas al bollo entre los dedos.

—Como quieras, aquí tienes, cielo. —Dejó el café enfrente de mí y se volvió a sentar a mi lado—. Miki, si quieres… —No la dejé continuar, desde luego que no quería hablar, quería pasar página. ¡Vaya tópico de mierda! ¿Qué puta página iba a pasar si no había?

—No, mamá. No quiero hablar del tema. De hecho, no quiero volver a hablar de ella. No puedo. Necesito retomar mi vida, mi antigua vida.

—Te haría bien hablarlo, no tenemos una máquina del tiempo para volver atrás cuando algo nos sale mal.

—Por desgracia, no. Conseguiré olvidarla, siempre y cuando dejéis de nombrarla a cada hora.

—Como quieras. —Se dio por vencida.

—Lo quiero. El odio que siento hacia ella me ayudará.

Acompañé el café con un par de bollos más y me fui directo al despacho de mi padre. No estaba solo, mi tío Liov y los chicos lo acompañaban. Al verme entrar, se quedaron en silencio.

—Ni que hubierais visto un fantasma —saludé.

—Mmm —dijo Zoria pensativo—. No te pareces a Casper, pero tienes un aire a los caminantes blancos.

—Muy gracioso —le respondí con burla.

—Me alegro de verte. —Murik me apretó el hombro con cariño. ¿Podían ser tan diferentes dos gemelos?

—Ponedme al día, ¿qué son esos mapas?

—Estos mapas señalan distintas traiciones de nuestros supuestos aliados más fieles —respondió mi tío.

—Kostka y Kovalenko —dije, aunque no era necesario.

—¿Quién si no? —preguntó Venyamin con sarcasmo.

—Aquí, aquí y aquí —mi padre señaló tres círculos pintados de rojo en el mapa— viven las últimas familias que les pagaron a los Kostka y a los Kovalenko por órganos para trasplantes.

—¿De qué coño hablas? —pregunté sorprendido.

—Tenemos constancia del tráfico de órganos a nuestras espaldas. Fechas, órganos trasplantados, familias compradoras, familias estafadas, en qué hospitales, qué médicos… Todo.

—¿Cómo os habéis enterado? —No debí haberlo preguntado. Fue algo impulsivo, sin pensarlo.

—Dabria nos ha pasado toda la información, incluso nos ha dado estos mapas.

La mención de su verdadero nombre no me gustaba, no me sentaba bien, por decirlo de alguna manera. No sabía qué contestar, así que me quedé callado. Mi tío no tardó en retomar la palabra.

—Debemos ir a hablar con alguna de las familias. Necesitamos saber cómo se ponían en contacto con ellos, los cheques o el método de pago que utilizaban, porque de eso no tenemos pruebas. Quiero decir que no fueron tontos, no realizaron una transferencia que haya quedado reflejada en el banco. Han tenido que meter el dinero en paraísos fiscales que nosotros no conozcamos.

—Saldremos hoy mismo. Dos a cada lugar. Podemos llevar alguno de nuestros hombres por si las cosas se complican —dije retomando el papel que me correspondía.

—De acuerdo. —Mi padre aceptó con un dedo sobre la barbilla pensativo—. No creo que lo arregléis en un día, teniendo en cuenta que el sitio más cercano está a más de cuatro horas en coche.

—Venyamin y Zoria iréis a Moscú, en avión —recalqué—. No tenemos tiempo que perder.

—Aleksei, tú y yo podemos ir a Kazan —sugirió Murik.

—No, yo iré a Helsinki.

—Iré contigo —se ofreció mi tío.

—Llamaré para que os preparen los jets. —Mi padre se acercó el móvil a la oreja dispuesto a arreglar la partida cuanto antes.

Dos horas más tarde, arrancábamos rumbo a Vantaa. Mi tío y yo iríamos en coche, y, por supuesto, conduciría yo. Allí vivía Haim Mäkinen, hacía tres años había pagado más de diez mil millones de rublos por un hígado para su hija.

—Si ves que me cuelga la baba, despiértame —dijo mi tío acomodándose para dormir.

—Estás de broma, ¿no? —inquirí—. No pensarás sobar mientras yo conduzco.

—Desde luego que sí, estoy molido. —Cerró los ojos sin hacerme más caso.

Cuatro horas y media más tarde, paramos frente a la mansión Mäkinen. Golpeé a mi tío con rabia por no haberse despertado. Ni siquiera en los controles o con la música se dignó a abrir los ojos y regalarme un poco de conversación.

—Hemos llegado, Liov.

—Tranquilo, Mikhail, déjame despertar, ¿quieres?

—Si no te hubieras quedado dormido, no habría problema ahora.

Tras llamar a la puerta, el ama de llaves no tardó en abrir.

—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó cortésmente.

—Hemos venido a hablar con el señor Mäkinen —respondió mi tío.

—¿Quiénes son ustedes?

—Dígale que los Kostka lo esperan en el salón.

—Acompáñenme.

Nos guio al salón y continuó con paso decidido. Casi al instante, un hombre alto y fuerte se acercó con el ama de llaves.

—Ustedes son… —Nos miró desconfiado.

—La verdad es que no te pareces mucho a Dusan, ¿qué, tío?

—Menos mal. —Me miró asustado menos de un par de segundos antes de responder al anfitrión—. Soy Liov Korsakov y él es mi sobrino, Mikhail.

—¿Korsakov? —Su mirada adquirió la tonalidad del miedo—. Déjanos solos —le indicó al ama de llaves, que nos observaba desconfiada.

—¿Eres…? —preguntó sin quitarme el ojo de encima.

—Mi tío se lo ha dicho. Soy Mikhail Korsakov —me presenté.

—El heredero de las Tres K, el hijo de Egor Korsakov. —Lo decía para sí mismo, como si estuviera meditando sus palabras—. ¿A qué se debe vuestra visita? —Aquella vez levantó la cabeza con seguridad hacia nosotros.

—¿Qué tal está su hija, señor Mäkinen? —preguntó mi tío.

—Mi hija. —Se puso pálido con la inesperada pregunta—. Está… está bien.

—Gracias al hígado que le vendieron nuestros socios —intervine.

—Yo…. Era un padre desesperado, cualquiera de vosotros habría hecho lo mismo en mi lugar.

—Desde luego. Su hija vive porque a la otra niña la asesinaron —dije.

—No quiero que ningún niño muera, pero quiero que mi hija viva. Por encima de todo.

—No hemos venido por eso. Sírvanos un vodka —mi tío le echó una mirada a la barra donde estaban las botellas—, será una charla larga.

Asintió y se dirigió a cumplir nuestra petición. Sirvió tres vodkas y nos tendió uno a cada uno, quedándose él con el suyo. Se sentó en el sofá y dijo:

—Sentaos. —Indicó con la mano—. ¿A qué habéis venido? ¿Qué queréis?

—Verás, como ya sabrás —podía empezar a tutearlo, las formalidades se habían acabado con la presentación—, lo que han hecho nuestros socios se conoce como traición. Las Tres K tiene prohibido el tráfico de órganos.

—Lo sé.

—Y, aun así, lo hizo.

Pese a no ser una pregunta, respondió:

—Ya os lo he dicho, era la vida de mi hija la que estaba en juego.

—Podemos llegar a un acuerdo —le ofrecí.

—¿No van a matarme? —Elevó ambas cejas hacia arriba.

—En principio, no —respondí—, siempre que colabore.

—¿Qué quieren de mí? ¿Qué tengo que hacer?

—Queremos los documentos del trámite —respondí.

—Pero…, no puedo. Eso es…

—Entonces, dígales a su mujer y a su hija que hagan las maletas, se vienen con nosotros —le ordené serio.

—Me matarán. —Negaba con la cabeza.

—Yo le mataré, puede estar seguro —aseveré.

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