1 ...7 8 9 11 12 13 ...21 —Luego. Estoy bien aquí.
—Me parece fenomenal que intentes aplacar tu dolor, pero el alcohol no te ayudará. Esta no es la forma.
—¿Y cuál es la forma, mamá? No hay. No hay cómo menguar el dolor que siento. Déjame solo.
—Muy bien. Bébete todo el alijo, si eso te hace sentir mejor. —Se levantó y salió dando un portazo.
—En eso estoy —respondí a la nada antes de darle otro gran trago.
Estaba agotada. Esos dos últimos días habían sido demasiado intensos. El tiempo que me dio de abrir la puerta y correr hacia el váter para echar la bilis. Me lavé los dientes, siempre había odiado el sabor ácido y amargo del vómito en mi boca, como cualquier persona, claro estaba.
Me puse el pijama y preparé una manzatila, como le llamaba yo a la mezcla de manzanilla con tila, para que me asentara el revoltijo de nervios que tenía en el estómago. Encendí la tele, más por costumbre que por ganas de verla, y, entre sorbo y sorbo de la infusión, me tranquilizaba a mí misma con mentiras piadosas. «Todo va a arreglarse. Miki me perdonará. Todo lo que he hecho valdrá la pena».
Me desperté con el mismo malestar con el que me había acostado. Corrí al baño para vaciar de nuevo la bilis porque no tenía más que media manzatila. Podía fingir, aunque no sería hacerlo del todo, que estaba mala y no ir al trabajo ni a la universidad, pero me vendría bien salir de ahí. Incluso la cocina me olía más a él que a café.
Como un robot, me preparé para ir a clase, muy abrigada. Cogí la mochila con los libros y el bolso del gimnasio, y salí por la puerta sin darme tiempo a fijarme o pensar en nada.
Mi móvil comenzó a sonar tan pronto puse un pie en la universidad.
—¿Diga?
—Babette, soy Liov. Tenemos que hablar.
—En cuanto tenga un momento me acerco a tu casa, ¿o prefieres que nos veamos en otro sitio?
—No, en mi casa. Tienes que venir hoy.
—De acuerdo, después de comer me paso por ahí. —Colgué sin esperar respuesta.
¡Genial! Ese era el mejor plan que podía tener: ir a la casa del tío de mi ex, el cual me odiaba, como el resto de su familia, incluido Liov.
—Buenos días —me saludó David cuando me senté a su lado. Era un alivio que a primera hora no tuviese clase con Nitca, y la suerte estaría de mi lado si no viniese en toda la mañana. No sería mucho pedir, teniendo en cuenta la racha que llevaba.
—¿Qué tal, David?
—Pues mucho mejor que tú. ¿Qué te ha pasado? Tienes muy mala cara y estos días no has venido. ¿Estás enferma?
—No exactamente. Miki y yo hemos roto.
—Jo-der. —Su cara era de completa sorpresa—. Eso sí que no me lo esperaba. ¿Qué ha pasado? Lo siento, de verdad. ¿Qué ha ocurrido?
—Somos muy diferentes. Hay cosas que por mucho que queramos no podemos cambiar. —Esa sería mi nueva mentira. Cerca estaba de la realidad, si lo pensabas bien.
Nunca agradecí tanto la entrada del profesor, no tenía ganas de seguir hablando. Notaba la cara de fastidio de mi amigo al no poder continuar con su interrogatorio, pero mi yo interior plasmó un emoticono de completa felicidad en mi mente.
Nitca entró en la siguiente clase. Seguía con mi racha; por lo visto, el trébol de cuatro hojas había huido a Mordor cargando con mi suerte. Me saludó con una triste sonrisa y un levantamiento de cabeza al pasar por nuestro lado y se fue directa hacia la otra esquina, lo más lejos posible de mí. David no tardó en abrir la boca. Se quedó a medias cuando lo interrumpí:
—Él era su amigo primero; de hecho, es su mejor amigo.
Cogí un taxi hacia la casa de Liov. Quedaba a unos quince minutos, y el tiempo se me pasó volando mientras hablaba con el conductor. Pocas veces los rusos se soltaban tanto la lengua, pero ese pobre señor se desahogó conmigo.
—Pase, el señor la espera en el despacho —me dijo el ama de llaves nada más tocar la puerta.
—Gracias —respondí de forma educada. Caminé hacia el despacho, donde Liov me esperaba revisando papeles encima del escritorio—. Aquí me tienes —saludé cuando levantó la cabeza.
—Siéntate, supongo que tendremos mucho de qué hablar.
—Supongo que así es.
—¿Y bien?
—¿Qué quieres saber?
—Todo. —Señaló la silla frente a él—. Podrías empezar por el principio.
—Te contaré todo lo que te pueda contar. —Me senté con las piernas cruzadas y la espalda descansando sobre el respaldo—. De ninguna manera pondré en peligro a mi gente.
—Eso ya lo suponía. Que lo que me cuentes sea verdad y no una sarta de mentiras como hasta ahora. —Me miró serio. Había pasado de ser un querido miembro de la familia a un molesto grano en el culo de cada Korsakov.
—Como ya sabes —no hice caso a su hiriente comentario—, soy agente encubierto, trabajo para el CNI. Me enviaron aquí con el único objetivo de meteros entre rejas, de acabar con las Tres K. Para eso, me pasé meses estudiando e investigando todo acerca de vosotros. Os conocía antes de venir aquí, sabía exactamente qué hacer para entrar en vuestro entorno.
—Has sido hecha a medida —dijo Liov tras un suspiro—. La perfecta escultura para poner en el jardín o el cuadro más cotizado de una gran exposición de arte.
—Sí, por muy cruel que suene, así fue. Aunque después no me valiera para nada, pero… eso no interesa. Lo que te interesa saber es cómo he conseguido tanta información y si tengo algo más, ¿me equivoco?
—Continúa, estoy ansioso por saberlo.
—Tengo micros repartidos por la casa de Miki y de los Kostka.
—¿Cómo? —Sabía que estaba sorprendido, pese a que no quería dejarlo ver; al contrario que el repentino cabreo que desprendía hasta por los poros.
—Verás, ponerlos no me resultó complicado. El primero lo coloqué en la habitación de Miki. —Se manoseó la mandíbula con fuerza—. A la semana de llegar, aproximadamente. El segundo lo coloqué en el despacho de los Kostka poco después, y el tercero y último está en el salón de tu hermano. Fue una pena que nunca tuviera ocasión de poner uno en la mansión Kovalenko.
—Muy inteligente. No te costó ver la diferencia entre ellos y nosotros.
—En eso consiste mi trabajo. Si colocara un micro en el salón de Borak, me reventarían los tímpanos de escuchar a su madre quejarse a su cirujano plástico.
—No me cabe duda. —Vi cómo Liov escondía una sonrisa—. Escucharías muchas cosas en todos estos meses. Muchas que te dejarían claro que no todos los negocios de los que nos has acusado son ciertos.
—Sí, por eso me he preguntado cómo es eso posible. Tenía entendido que erais los mejores líderes para la gran mafia rusa, pero permíteme discrepar. Miki parecía ser el único interesado en no confiar en ellos.
—Ten cuidado, Babette, no me subestimes. Tú no entiendes una mierda de nuestros negocios, dar un paso en falso sería llevarnos a la guerra o a la ruina.
—Lo dices por el problema de sucesión de Miki. La procedencia de Dara estaba en blanco, lo que nos llevó a investigar más profundamente para enterarnos de que no es rusa, sino búlgara, hija de Damyan y Alla Maksimov.
—¿Cómo has descubierto eso? Los padres de Dara murieron hace muchos años, incluso mucho antes de que ella llegara a Rusia.
—Cada uno tiene sus fuentes, no puedo desvelar las mías.
—Me pasarás las grabaciones de los Kostka.
Respondí, pese a no ser una pregunta.
—Por supuesto, quiero que paguen por lo que hacen. Tendréis vuestra propia forma de hacer las cosas; sin embargo, los míos querrán meter mano. —Aunque no sabía qué mano iban a meter si no dejaba nada para sacar del agujero. Pensaría en eso más tarde.
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