Por su parte, los programas de entrevistas y los informativos de las distintas televisiones españolas huyen como del fuego de invitar a sus emisiones a escritores y artistas. Al parecer, los audímetros reflejan una fuerte caída de la audiencia cada vez que un telediario se hace eco de una noticia sobre la última novela (no digamos el ensayo) de un escritor, el concierto de una orquesta sinfónica o un estreno de teatro. Por su parte, los tradicionales ‘talk show’ de entrevistas, que acogen entre sus contenidos a actores, toreros, cantantes, incluso políticos, a diferencia del de Oprah Winfrey apenas invitan a escritores y artistas. Solo excepcionalmente, sobre todo cuando el autor es muy conocido o cuando su presencia ante las cámaras garantiza un comportamiento escandaloso, marginal o heterodoxo, sienten los responsables de estos programas de televisión la tentación de convocarlos a alguna de sus emisiones, siempre a costa de su personalidad antes que de su obra. Hablamos de la presencia diseminada de la cultura en la programación de la televisión. Caso distinto es el de aquellos programas que se crean bajo la etiqueta de culturales o educativos.
La televisión, pues, es una poderosa plataforma de fomento de cultura, pero también de creación cultural. Fenómenos como el de la videocreación o algunos de los frecuentes montajes e instalaciones del arte contemporáneo serían inimaginables sin la televisión como referente. Las creaciones del coreógrafo Twyla Tharp para el medio televisivo o algunos programas como Metrópolis de La 2 de TVE o el de The South Bank Show, presentado por el escritor Melvyn Bragg en London Weekend Television son paradigmáticos en este sentido.
Demostrada, pues, la fuerza del medio televisión como plataforma de divulgación y creación culturales, el problema es tratar de descubrir las causas del actual divorcio entre la televisión y la cultura, un divorcio que no siempre fue tal, si echamos una mirada al pasado.
El carácter de servicio público con el que nació la televisión en los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial puso de acuerdo a la práctica totalidad de las fuerzas políticas vencedoras en el conflicto bélico, tanto desde los distintos gobiernos como desde la oposición (democracia cristiana, liberales, socialdemócratas y comunistas fundamentalmente), para introducir en las programaciones de las televisiones contenidos de carácter formativo (con el fin de llegar allí donde no alcanzaban unos sistemas educativos minados por los presupuestos de unos países en posguerra) y cultural, para rescatar unos valores estéticos y éticos pisoteados por los regímenes totalitarios. Esta orientación favoreció antes a la denominada ‘alta cultura’ (literatura, música clásica, artes plásticas) que a la cultura popular, portadora en ocasiones de incómodas reivindicaciones, y pecaba de imponer fuertes censuras sobre creadores e intelectuales críticos con el sistema. Este fenómeno es uno de los más interesantes y dignos de estudio de la Europa de la posguerra para explicar el auge de la cultura en la sociedad europea de estos años y que proporcionaron fenómenos mediáticos como los de los presentadores Bernard Pivot en Francia y Marcel Reich Ranicki en Alemania, así como el mantenimiento de un cierto nivel de calidad en otras manifestaciones de la programación televisiva. En la televisión pública española (TVE) la cultura también estuvo presente de una u otra forma desde los primeros años, a modo de información, de adaptación o de creación y recreación, si bien en este caso el efecto de la mediatización política del franquismo fue decisivo para ahogar iniciativas culturales originales.
El nuevo gobierno de España ha tomado una decisión sobre un tema que viene siendo una asignatura pendiente de nuestro sistema democrático, cual es la dependencia de la televisión pública de los gobiernos que dirigen el país y las distintas comunidades autónomas, con la iniciativa de desvincular al fin los resortes de la televisión pública de las necesidades propagandísticas de los gobiernos de turno. Para ello ha designado un denominado “comité de sabios”, una iniciativa que ya el ministerio de cultura francés había llegado a desarrollar en un proyecto similar, al encargar a un comité de características semejantes al español, dirigido por la filósofa Catherine Clément, la elaboración de un informe sobre la situación de la televisión en aquel país, en uno de cuyos apartados se solicita la presencia de la cultura en la televisión como una obligación del Estado, al mismo nivel que tiene como tal la educación o la sanidad.
13Originalmente publicado en octubre del 2004.
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